A más de un año de silencio…

Para mi prima, Nilsita

“¿Tú sabes lo que es el silencio? / El silencio es lo que viene de pronto / y nos rompe los ojos. / El silencio es un corazón cortado. / Es un puño de plomo / clavado en el pecho. / Una zarpa que viene de lejos / como tigre implacable / que nos roe y escarba la sangre. / El silencio es una guillotina / decapitando el tiempo. / Es un cruel pavimento de lágrima” (Josemilio González). Cuando cumplí medio siglo lo celebré y escribí para compartir con ustedes. Fue un año de cosecha fabulosa. Sin embargo, mis 51 fue un año de arduo trabajo de arado y de silencio. Y no hay forma de describirlo mejor, que con estos versos que anteceden.

No viví un acontecimiento desgarrador, sino muchos momentos que rompieron mis ojos, que cortaron mi corazón, que clavaron mi pecho, que zarparon mi espíritu, que royeron mi sangre… Suena terrible, pero fueron males necesarios, maestros y maestras que tuvieron a bien enseñarme nuevas lecciones de vida. Hoy rompo mi silencio para decir que me siento profundamente agradecida. He superado un año de crisis personal.

Esas batallas que enfrentamos solos y en silencio son las pruebas que libramos con nuestra luz y nuestra oscuridad. Nadie las sabe, es imposible explicarlas, aunque queramos compartirlas. Quizás tienen que morir nuestros padres para aprender a escucharlos, tal vez debemos ser ignorados por nuestros hijos para entender esa sabia revelación del Universo. Lo cierto es que sus voces siempre han estado susurrando a mis oídos, aunque no siempre las he querido oír.  Supongo que fue parte de la decisión que tomé cuando planeé esta vida terrenal. El significado de la existencia cambia con cada experiencia.

Desaprender lo aprendido es más difícil que tomar el examen y sacar A. Pero ¡qué bueno que tuve un año tan duro! Ahora cobra más sentido para mí ese “haiku” de Mario Benedetti que dice: “Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas”. Tiene sentido. La vida es una gran maestra para quien quiere aprender. No hay aprendizaje sin cuestionamiento.

Cada desdén que he vivido como madre fue el mismo que di como hija. Por eso sé que pasará cada angustia. Aunque quisiera que mi hija viera hoy lo que yo veo, para evitarle pesares tan profundos, debo aceptar que no es posible, que ella escogió su camino de acuerdo con aquello que debe aprender y superar, y que esto ocurrirá a su propio ritmo, en su justo momento. Es una realidad inquietante, pero ineludible. Así como a mí me dejaron ser y golpearme contra el peñasco, debo yo dejarla ser y sufrir sus propios golpes. Ahora entiendo esa impotencia que cada madre y padre sufre ante lo inevitable. Es como estar al borde de un abismo.

En eso ha consistido más de un año de mi silencio textual: en Ser y dejar Ser. Y permitir que esa “guillotina” caiga “decapitando el tiempo”.  Pero no estoy derrotada, sino victoriosa porque hay que vivir la derrota para disfrutar y apreciar la victoria. Una y otra vez… hasta que la luz ilumine la oscuridad. Como escribió el poeta Augusto Branco: “Es bueno ir a la lucha con determinación, / abrazar la vida y vivir con pasión, / perder con clase y vencer con osadía, / porque el mundo pertenece a quien se atreve, / y la vida es demasiado preciosa / como para considerarla insignificante». Mis 25 al revés me lo confirman y agradezco al Universo que me tome tan en serio. ¡Enhorabuena!

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