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DIVAGACIONES DE MEDIO SIGLO

Para todos mis seres amados

Medio siglo no parece ser tanto tiempo cuando tengo vívidas memorias de mi infancia. Los paseos en carretilla que me daba mi hermano, Robert. Los juegos de mi papá fingiendo que me comería; la vez que se puso una careta para asustarme. La complicidad de mi madre cuando me pintaba las uñas o me cortaba la pollina. La ocasión en que mis dos hermanos y yo nos acostamos juntos para esperar a los reyes magos. Mi primera mascota, un gato blanco que nunca tuvo nombre y se subía por la ventana para dormir conmigo. Aquella muñeca casi de mi tamaño que me regaló mi abuela. Y el cielo siempre estrellado que no he vuelto a ver…

El tiempo solo es la disposición del alma… Lo cierto es que ha pasado medio siglo y eso suena como si fuera muy vieja. Pero recientemente entreabrí mi tercer ojo y este despertar intuitivo es el comienzo de otra etapa de mi vida. Debo seguir mirando hacia adentro, conociéndome más profundamente y dándole espacio a la percepción extrasensorial. El tercer ojo es la metáfora de nuestra capacidad de ver más allá de la realidad, en un plano espiritual que potencia nuestras emociones, nuestro ser y nuestra alma.

Cada etapa de la vida tiene su razón de ser. Lo comprendemos una vez que la pasamos y quisiéramos volver a ella. Cuando era niña quería ser señorita, cuando llegué a esa etapa quise ser adulta y cuando desperté a la adultez la vida se volvió tan complicada que anhelé los años juveniles en los que vivía sin responsabilidades, bajo el cuidado y protección de mis padres. ¡Era tan feliz y no lo sabía!

Nacimos, crecemos, maduramos… Luego comenzamos a perder seres amados. Llega la muerte o la distancia y el corazón se nos arruga, inevitablemente. Aunque es parte de la vida no es el momento más lindo. Lloramos, nos fortalecemos, volvemos a reír, volvemos a llorar.

Viviendo

La vida debe golpearnos fuertemente para comprender que cada año cumplido es un privilegio. Envejecer con dignidad es un regalo. Cada surco en el rostro es una batalla ganada. Ahora lo entiendo. Hay que llegar a esta edad para volver atrás y valorar cada experiencia.  Estas nos hacen crecer y nos enseñan a mirar hacia adentro; donde el tiempo no tiene principio ni final, donde está nuestro espíritu viviendo una experiencia humana necesaria.

Yo, como todos ustedes, estoy en medio de acontecimientos que hace unos años eran historias en un salón de clases. Cosas que le había pasado a otra gente, en otra época. Desastres naturales, pandemias, guerras… Experiencias materiales que nos ayudan a comprender su significado en la vida personal de cada uno.

En mi caso, las consecuencias pandémicas me conectaron más con el silencio, lo que me ha llevado a descubrir y a practicar la meditación para conectar conmigo. La intuición ha despertado y me ha llevado a la visualización y a la contemplación de mi propio ser. Trabajo, cada día, en fomentar la compasión personal. No soy una iluminada, pero centrarme en el momento presente, en el aquí y ahora, me llena de paz, me da sosiego. Y tenía que llegar al medio siglo para entender que el verdadero significado de la vida es permitirle al espíritu trascender. Cuando era más joven no pensaba en esto, no estaba lista.

Sembrar, cuidar y cosechar… Me crie con un padre y una madre que hacían eso todo el tiempo, pero no era algo que me interesara. Muchos años después, como otra consecuencia pandémica, me dio por tener un jardín en mi balcón. Aunque mi interés inicial era meramente ornamental, el propósito universal era mucho más profundo. Así aprendí a cortar ramas secas para que la planta pudiera seguir fortaleciéndose, creciendo y floreciendo. Así aprendí a aplicar remedios y abonar la tierra. Así aprendí que, con los cuidados necesarios, con paciencia y a su tiempo, una planta marchita puede volver a florecer. Así aprendí que algunas simplemente mueren porque cumplieron su propósito. ¿Son acaso las plantas menos que yo? ¿Menos que tú?

Esta experiencia me ha ayudado a comprender el ciclo de la vida, de forma tangible. Me ha enseñado a practicar cada paso, en mi vida cotidiana. Me ha permitido entender la trascendencia de la vida espiritual. Enfocarme en mí, no es egoísmo, sino parte del propósito del Ser, de conectar con la Divinidad, de volverme una con el Todo.

En estos años he aprendido y desaprendido. Lo segundo es más difícil porque hemos sido domesticados. ¿Recuerdan al zorro y al principito? Cuando nos domestican nos enseñan un sistema de creencias y dependemos de otros. Sin embargo, para alcanzar la libertad tenemos que aprender a usar nuestra mente y nuestro cuerpo para vivir nuestro propio sueño y nuestra propia vida. Después de todo, la lección del zorro no es solo para el principito (El principito, Sainz-Exupéry). Nos toca desaprender para aprender a manifestar nuestra propia divinidad mediante el amor propio y el amor universal. Soy muy afortunada y estoy agradecida de mi familia, mis amigos, mis lectores.

Agradecida

Gracias a la vida que me ha dado tanto
me ha dado el sonido y el abecedario
con él las palabras que pienso y declaro […]

M. Sosa.

equilibrio · propósito · reflexión · relecturas

Divagaciones V (Jamás me abandonaré)

Si quieres controlar tu vida, tienes que controlar tu mente.

      En lugar de intentar controlar todo lo demás, céntrate en eso.

      -Elizabeth Gilbert-

Doy la bienvenida al año 2022 con nuevas divagaciones. Esta es una reflexión de una segunda lectura del libro Come, reza, ama de Elizabeth Gilbert. Uno de los aspectos más interesantes que tienen algunos libros es que puedes leerlos varias veces y encontrar cosas distintas, no porque se hayan reescrito, sino porque la madurez adquirida a través de las experiencias de vida, nos permiten nuevas interpretaciones. El libro nos acoge como una madre o un padre con los brazos abiertos, dispuesto a dejarnos ser, a reencontrarnos con lo que siempre estuvo allí para nosotros. Pero eso ocurre en el momento en que estamos listos.

Tras dos años muy difíciles en busca de equilibro y hasta de mi propio ser (como habrán leído en las anteriores divagaciones) he hallado en estas líneas mucho esclarecimiento y fortaleza. Son palabras reflexivas que quiero compartir con ustedes con la esperanza de que le den acopio según su necesidad. Cito:

 «Esta es tu oportunidad. Saca todo lo que te hace sufrir. Enséñamelo todo. No ocultes nada». Entonces todos mis pensamientos y recuerdos tristes fueron levantando la mano, uno tras otro, y se pusieron en pie para identificarse. Al contemplar cada pensamiento, cada unidad de sufrimiento, asimilaba su existencia y (sin intentar resguardarme) soportaba la correspondiente congoja. Después decía a cada una de mis penas: «No pasa nada. Te quiero.  Te acepto. Te acojo con el corazón. Se acabó». Y la pena me entraba (como un ser vivo) en el corazón (como si fuera una habitación). Entonces yo decía: «¿Siguiente?» y afloraba a la superficie el siguiente sufrimiento.  Después de haberlo contemplado, experimentado y bendecido, lo invitaba a entrar en mi corazón también.  Esto lo hice con todos los pensamientos tristes que había tenido en mi vida -viajando por años de recuerdos- hasta que no quedó ni uno.

A continuación le dije a mi mente: «Ahora saca toda tu ira». Uno tras otro, todos los incidentes de mi vida relacionados con la furia fueron aflorando y dándose a conocer. Cada injusticia, cada traición, cada pérdida, cada indignación. Los fui viendo todos, uno por uno, y asimilé su existencia. Padecía cada fragmento de ira enteramente, como si estuviera sucediendo por primera vez, y decía: «Entra en mi corazón.  Al fin podrás descansar. Estarás a salvo. Se acabó. Te quiero». El proceso duró horas, en las que yo me columpiaba entre los poderosos polos opuestos de mis variados sentimientos. Tan pronto experimentaba una furia que me hacía crujir los huesos como una frialdad absoluta mientras la ira me entraba en el corazón como quien entra por una puerta, acurrucándose junto a sus hermanos y abandonando la lucha.

La última parte era la más difícil. «Saca toda tu vergüenza», pedí a mi mente. Y Santo Dios, qué horrores vi. Un desfile patético en que estaban todos mis fallos, mis mentiras, mi egoísmo, mis celos, mi arrogancia. Pero los contemplé sin pestañear. «Muéstrame lo peor», dije. Y al invitar a las peores unidades de vergüenza a entrar en mi corazón, se quedaron paradas en el umbral, diciendo: «No. A mí no querrás invitarme a entrar. ¿Sabes lo que he hecho?». Y yo decía: «Sí que quiero tenerte dentro. A pesar de todo sí que quiero. Hasta a ti te acojo en mi corazón. No pasa nada. Te perdono. Formas parte de mí. Al fin podrás descansar. Se acabó». Pág. 344

Al acabar, me quedé vacía. Ya no tenía la mente en guerra. Me miré dentro del corazón y me asombró lo grande que me pareció. Le quedaba mucho espacio para la bondad. Aún no estaba lleno, aunque había cobijado y atendido a todos los calamitosos golfillos de la tristeza, la ira y la vergüenza; sabía que mi corazón podía haber recibido y perdonado aún más. Su amor era infinito. Comprendí entonces que así es como Dios nos ama y recibe a todos […]

Pero también sabía, intuía, que ese remanso de paz era temporal.  Sabía que la labor no estaba terminada del todo, que mi furia, mi tristeza y mi vergüenza volverían a hacer acto de presencia, huyendo de mi corazón y volviendo a instalarse en mi cabeza.  Sabía que volvería a enfrentarme a esos pensamientos, una y otra vez, hasta que lenta y decididamente cambiase mi vida entera. Iba a ser una labor ardua y agotadora. Pero en la silenciosa penumbra de aquella playa mi corazón le dijo a mi mente: «Te quiero. Jamás te abandonaré. Siempre cuidaré de ti». Esa promesa me salió flotando del corazón y la atrapé con la boca, donde me la guardé, saboreándola mientras me iba de la playa a la caseta donde vivía. Saqué un cuaderno sin usar, lo abrí por la primera página y entonces abrí la boca por primera vez, pronunciando esas palabras en el vacío de la habitación, dejándolas salir en libertad.  Quebré mi silencio con esas palabras, cuyo colosal significado documenté a lápiz en la página: Te quiero. Jamás te abandonaré. Siempre cuidaré de ti».* Pág. 345

De estas últimas palabras escogí el título de esta quinta divagación: “Jamás me abandonaré”. De nuestros sufrimientos, nuestras iras y nuestras vergüenzas, surge el abandono de nuestro propio ser. Nos juzgamos duramente, nos desamamos y esto provoca un terrible desequilibrio. Necesitamos perdonarnos y dejar crecer nuestro amor propio para tener una vida con propósito. Ardua tarea. Un día a la vez.

*Citas de:
Gilbert, E. (2010) Come, reza, ama. Santillana USA Publishing Company, Inc.  
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P. D. Imágenes cortesía de Pixabay

destino · equilibrio · madre e hija · reconstrucción · valentía

[20]-[21]

“Los hechos llegarán por sí mismos, aunque yo los oculte con mi silencio”.

Tiresias (Edipo Rey)

¿Saben cómo la naturaleza nos alerta de una posible erupción volcánica? Según los estudios científicos, ocurre mediante una especie de grito agudo que deriva de la frecuencia de los temblores sísmicos previos a la erupción. Este acontecimiento es la mejor metáfora 20-21 que puedo nombrar. El año 2020 fue sísmico para la mayor parte de la humanidad, pero el 2021 para mi hija y para mí ha sido volcánico. La soledad impuesta por el encierro y el abrupto cambio de la rutina de nuestras vidas fueron el sismo que llevó a la erupción volcánica. Si bien es cierto que una explosión acarrea desolación, también es cierto que podemos utilizar las cenizas para reconstruir. Así lo hacen los agricultores cuando excavan conos en la capa de ceniza para que las plantas enraícen más fácilmente en suelo volcánico. Mi hija y yo hemos sufrido graves quemaduras, pero con las cenizas reconstruiremos, enraizaremos nuevas plantas en nuestra tierra, no importa el tiempo que nos tome.

Cortesía de Pixabay

El universo conspira y no nos deja desprovistos. La lectura de un libro me enseñó que no podemos cambiar las costumbres, pero sí crear nuevos hábitos, lo que equilibra perfectamente la balanza. Esta lección me llevó a establecer nuevas prácticas que me ayudaron a alcanzar el equilibrio. Entonces me sacudieron el piso para probar cuánto balance tenía.  ¿Y qué creen que pasó? ¿Me sostuve como acróbata? ¡Claro que no! Empecé a dar vueltas en el aire en medio de un vacío. La cabeza en los pies. Los pies en la cabeza. Hasta que poco a poco fui agarrando la cuerda, columpiándome.

Estuve un tiempo como en Babia. Tocaba mi pecho y no sentía el corazón. No podía llorar. No podía gritar. No sentía nada. Creí que estaba muerta. Pero después empecé a experimentar una fuerte ira y me sentí capaz de convertirme en una feroz depredadora que defendería a su cría con garras y dientes. Fue entonces que agarré la cuerda. Comprendí que el equilibrio que había logrado antes fue el que me preparó para alcanzar el trapecio. Me enseñó a balancearme en la cuerda floja y a comprender que el infinito no tiene principio ni fin. Es un ciclo. El nuevo hábito de cultivar mi espiritualidad, meditar y practicar yoga, asentó la tierra de mis entrañas para sobrevivir a la erupción volcánica. Aprendí a sembrar, a ser una con la tierra. En mi jardín he visto florecer, he visto morir y he tenido que podar casi hasta el tronco para ver renacer. Otra metáfora de mi vida.

Cortesía de Pixabay

Este año volcánico he cuestionado hasta mi propia maternidad. Lo que es brutal. Mi hija es carne de mi carne, sangre de mi sangre, una parte de mí. Por ella sufro cualquier pesar que la embargue. Lo que contradice esa idea romántica de que lo mejor que le ocurre a una mujer es ser madre. Una mujer no es más ni menos si ha procreado o no. El amor de una madre es profundamente doloroso. Aprender a ver a una hija como un ser independiente que debe vivir su propia vida y resistir sus propias tormentas, es atropellante. Aceptar que por mejores madres que seamos no somos omnipresentes y no podremos salvaguardarlas del mal ajeno, es devastador. No poder sanar su corazón, no poder cambiar sus pensamientos, es una agonía. Soportar que la traición la golpee inevitablemente, es un calvario. ¿Qué tiene esto de romántico? Solo el sentido literal de la palabra porque la buenaventura de ser madre es un idealismo.

No obstante, debo pagar el precio de conocer el acertijo de la esfinge. Somos criaturas que en la mañana caminamos en cuatro patas, al medio día en dos y en la noche en tres. El destino de cada uno es inminente porque cada espíritu que está en este plano viene a vivir su propia experiencia humana, quizá repetidamente hasta estar listos para ser Uno con el Todo. Así como soy protagonista de mi historia, lo es mi hija de la suya. Si me dejo llevar por los recientes acontecimientos creo que madurará y comprenderá los misterios de la vida mucho antes de lo que yo lo he hecho. Creo que será más fuerte que Consuelo (su bisabuela) y Consuelo (su madre). Me parece particularmente interesante cuando recuerdo las recientes palabras que me dijo mi abuela Consuelo: “Ya queda poco de tu abuela”. Mientras su mirada me decía “prepárate” exactamente igual que hace 12 años cuando ella y tía Mary me dijeron “tienes que prepararte”. En ese momento mi papá estaba muy enfermo y poco después se despidió de mí con una mirada que me arrebató el mundo y me dejó en un mar de lágrimas. Suceso que solo le conté (en aquel momento) a mi madre quien evitó las despedidas.

En fin, creo que mi abuela intenta pasarle el cetro a la persona equivocada porque sospecho que Sofia Valentina nos superará en demasía. Solo tiene 12 años e ignora lo fuerte y valiente que es (escogí bien su nombre).  Lo que ahora mi hija cree que es demasiado para ella no es más que el anticipo de su fortaleza. ¡Qué grande es mi niña, qué valiente!

P. D. Abuela ponte pa’ tu número porque ni en sueños estoy lista para dejarte ir (aunque sea muy egoísta de mi parte).

Cortesía de Pixabay

Septiembre (fragmento)

Septiembre, me debes turbulencias, penas, dudas…

Me debes un duelo, una tumba vacía,

un muerto en fuga…

[…]

Pero me ganas, septiembre.

Me ganas un corazón ardiente como el infierno,

me ganas una fuerza como de Hércules

y una fiereza de Can Cerbero.

¿Qué recriminarte, septiembre?

[…]

Inconcluso.S, 2014

madres e hijas · resiliencia · vida

Divagaciones IV (¿He de amar menos a la vida?)

Recuerdo que cuando era pequeña en mi casa se recibía la revista Reader’s Digest y mi padre y mi madre la leían. En ocasiones, yo también. A principios de mi adolescencia recuerdo haber leído un artículo con el título: “¿He de amar menos a la vida?” Nunca he podido olvidar el relato de ese texto. Una madre contaba cómo había perdido a sus hijos y concluía diciendo que a pesar de ser el más terrible quebranto todavía amaba a la vida.

Ninguna pérdida supera el dolor de padres que sufren la muerte de algún hijo porque altera todo orden natural. (Algo así escuché decir a mi papá que enterró a varios de sus hijos y a mi abuela que ha pasado por lo mismo). Todos los seres humanos creemos que somos capaces de sobrellevar unas cosas y otras no, pero la vida nos sorprende con toda la ironía y la brutalidad posible.

Yo pensé y escribí un poema para mi madre (algo profético) titulado “Lo que creo insoportable”, en el que decía: […] Eras tan joven entonces y ahora envejeciste / y ni entonces ni ahora desplegaste tus alas. / Quisiera verte libre, / volar, / oírte reír. / ¡Pero jamás, jamás, quiero verte morir! / No obstante, mami murió frente a mis ojos. ¿Acaso puede ser más irónico y brutal? La realidad supera toda fantasía…

También escribí otro poema que se titula “Dile que no me mate” en el que plasmé otros pensamientos sobre la muerte como este: […] sin razón ni justicia / no siendo suficiente hoy he muerto otra vez / en el filo de una sentencia que se venía cumpliendo / y que he proclamado para sellar la tumba. / Se trataba de una muerte y una tumba metafórica, pero no menos real o dolorosa.

Lo que conocemos de la vida son solo fragmentos por eso es tan difícil comprenderla, por eso estamos propensos a errar tanto. Después de la experiencia de perder a mis papás, casi al unísono, pensé que podría sobrellevar cualquier cosa porque nada podría ser más desgarrador que esa orfandad y mi propia “muerte”, pero nació mi hija como un milagro, como un desafío ante leyes y prejuicios. Sin embargo, no es más que otro fragmento del misterio de la existencia humana. Entonces supe que otra vez estaría vulnerable, porque cualquier daño que ella sufriera lo sentiría también.

Cuando era adolescente estaba soportando un dolor emocional en silencio, muy calladamente. Pero mi padre lo intuía, lo sabía, y me dijo que lo que yo sufriera lo padecía él también.  En otra ocasión, ya siendo adulta, pasaba por otra situación tormentosa, de la que no hablaba y mi madre me dijo que si algo me pasaba se lo dijera y que ella me defendería de quien fuera. Esos fueron mis padres y yo aprendí de ellos que el amor hacia un hijo es incondicional y la lealtad, incuestionable, sagrada.

Ahora bien, como la vida es una caja de sorpresas, la vulnerabilidad tocó a mi puerta. Sin embargo, no me siento tan fuerte como aquella madre del relato de la revista, que ante el fallecimiento de sus hijos seguía amando a la vida. Hoy todo es un cuestionamiento ante nuevos fragmentos. Hoy honro el amor y la lealtad de mi padre y mi madre ante la desfachatez del egoísmo y la traición de quien no sabe amar, mucho menos honrar.

¿He de amar menos a la vida? (…) No debería juzgar para poder ser Una con el Todo, pero hoy he dejado de crecer porque he sacado conclusiones de fragmentos. No obstante, puedo permitirme un momento de equivocación, de burda humanidad y escaso entendimiento. Me ha costado mucho encontrar el equilibrio, la paz, la felicidad. Sin embargo, estoy presta a ser guiada, me sacaron del camino, pero no de la carrera. Le demostraré a mi hija de qué estamos hechas. Juntas, ante la alegría y el quebranto, amaremos a la vida. Encontraremos motivos.

Cortesía Pixabay
autoconocimiento · búsqueda · pandemia · vida · yoga

Divagaciones III (El templo de mi alma)

Desde chica escuché que el cuerpo es el templo del alma. No creo que haya internalizado esa premisa de alguna manera en particular, por eso hoy divago sobre ella.

Desde muy joven he sido fanática de la moda porque tuve el primer modelo en mi propio hogar. Mi madre tenía la extraordinaria capacidad de lucir bien invirtiendo poco presupuesto. Teníamos muchísima ropa (algunas mi abuela la cosía), montones de zapatos, carteras y accesorios. Piezas económicas que mi mamá separaba en las tiendas y pagaba poco a poco.

De modo que de adulta seguí sus pasos. Sin embargo, admito que hago muchas compras caprichosas y prefiero pagar al momento. Me sigue gustando la moda. Me encanta vestirme, calzarme e innovar mi guardarropa continuamente. Lo hago para mí porque me agrada tener mi estilo y sentirme diva, pero esta etapa también ha estado en crisis.

Como a casi todos, el tiempo de pandemia me obligó a quedarme en casa. He estado 15 meses ofreciendo mis cursos de forma remota. Pasar tanto tiempo frente a la computadora ha sido devastador para mis hombros, cuello y espalda. Así también, para mi vanidad de vestir bien.

Para las molestias físicas tuve que acudir a médicos, masajistas, fármacos… con resultados limitados y alivio esporádico. Hasta que inmersa en todo este proceso de reconección conmigo volví a considerar el yoga con más conciencia. Siempre he ejercitado mi cuerpo indisciplinadamente. Gimnasios, caminatas y ejercicios en casa que terminaban aburriéndome y dejaba. Sin embargo, a través de una lectura reveladora decidí retarme por 21 días seguidos para crear un nuevo hábito.

Esta vez opté por el yoga. Leí, busqué instructores, hasta que di con una asiática, criada en París y residente en España con la que cocnecté. Sus clases son tan bien guiadas y explicadas que me ganaron como alumna a distancia. Superé el reto de los 21 días (llevo ya 42 días seguidos) y puedo decir sin reparos que el yoga está cambiando mi vida.

Ha sido en este tiempo que he comprendido el verdadero significado de la frase: “el cuerpo es el templo de tu alma”. Yoga significa unión de cuerpo, mente y espíritu. Es una práctica que busca la reunificación del Ser con el Todo y el acceso a la consciencia suprema que nos lleva a la iliminación. Con la poca experiencia que tengo hasta hoy, puedo dar fe de que cumple su propósito.

Me ha ayudado a comprender que cuidar la figura va más allá de vestirla bonita. El cuerpo es el recipiente a través del cual puedo sentir la vida. El yoga me ha permitido entender que mis dolencias físicas-musculares y mi primera divagación en la que expresaba que desconocía mi reflejo en el espejo, se debían a que me había desconectado de mi cuerpo. De modo que en este proceso de reencontrarme también he tenido que reconectar con mi complexión.

Ha sido una experiencia muy valiosa y un gran avance en mi proceso de búsqueda. Las clases de yoga han aliviado mis dolores musculares. Puedo hacer movimientos que hace 10 meses no podía, ya casi no tengo que tomar píldoras y he ido soltando espasmos. También estoy adquiriendo flexibilidad, perdiendo peso, tonificando, conociendo más mi cuerpo, entre muchos beneficios más (qué serán tema para otra columna). Pero lo más importante, es que me está guiando en mi proceso de búsqueda y equilibrio espiritual.

Hoy comprendo que el cuerpo de cada persona es una creación perfecta en su imperfección porque a través de este vivimos nuestra experiencia humana. He internalizado que, para no vivir un placer limitado, debo honrar, amar y cuidar mi complexión. El cuerpo muestra lo que hay en nuestro interior y por un tiempo reflejó mi descontento con la vida, al punto de no agradarme.

Ahora lo valoro como mi sagrado templo y es perfecto porque por medio de él experimento la vida y adquiero conocimientos a través de mis experiencias. Ahora me veo en el espejo y me sonrío. Ahora me siento más bonita porque me cuido. Ahora no salgo de mi casa sin antes hacer yoga. Ahora disfruto el fruto de mi disciplina y me reto cada día a verme y sentirme mejor. Ahora disfruto el placer de viajar en primera clase, contemplar la naturaleza y ser un Todo con el Universo. Ahora mi diosa acepta su templo y mi alma se regocija en ello.

P. D. Imágenes 1 Y 2 cortesía de Pixabay

agradecida · búsqueda · Espiritualidad · Ser

Divagaciones II (SER vs TENER)

¿Qué es más importante? ¿Ser o tener? Sobre eso divago hoy. Recuerdo que en mi tercera década me sentía frustrada porque no tenía casa propia ni un empleo regular. Tampoco tenía hijos y vivía lejos de mi familia y mi mascota. Estaba estudiando para terminar mi grado doctoral y me lamentaba porque no tenía lo que pensaba que a esa edad ya debía tener. Por supuesto, ahora comprendo que esa insatisfacción, obedecía a las construcciones sociales. Quería tener, tener y tener. Eso me condujo a tomar algunas malas decisiones.

Cerca del final de esa década compré un apartamento, conseguí un trabajo más estable, tuve una hija, una mascota y terminé mi grado doctoral. Sí, como ven, tengo lo que quería. He pasado por etapas en las que he tenido problemas para pagar mi casa, pero la conservo y me gusta mucho mi espacio, mi hogar. En el trabajo ha habido sus altas y sus bajas, pero sigo ahí y disfruto mi vocación, mientras busco ampliar mis opciones profesionales. Tengo una hija que conlleva un gran compromiso, pero es el mejor regalo de amor del Universo. Sigo lejos de mi familia (los que quedan), pero me he reencontrado con otros que están más cerca. Y hasta he tenido dos maravillosas mascotas en este tiempo. Estoy agradecida.

No obstante, las cosas materiales no han sido suficientes. En los últimos meses me he dedicado a buscar lo que me falta y no es sencillo. Como escribí en la columna “Divagaciones I (La del espejo)”, ando intentando reencontrarme. Reencontrarse con una es más difícil que reencontrarse con otro. Ya no quiero tener cosas, ahora quiero ser. Es complicado porque no puedo ser sin reencontrarme, sin embargo, ya mis pasos están construyendo ese sendero. [… se hace camino al andar, golpe a golpe… Antonio Machado].

Estoy en un momento de mi vida que puede ser egoísta para algunos porque vivo centrada en mí. Pero parte de este trabajo es dejar de preocuparme por lo que otros piensen. Además, una vida con propósito me permitirá servir mejor a los demás. Ahora hago lecturas orientadas a lo que busco, escucho buenos consejos, creo nuevos hábitos, valoro más todo aquello que tiene vida. Cosas sencillas como sembrar una planta, recordar que debo regalarla, darle los cuidados apropiados para que crezca sana y hermosa y disfrutar su existencia con mis sentidos alertas.

También cultivo mi espiritualidad para conectarme con el Ser y centrarme en el momento presente. Es un trabajo de todos los días, pero estoy viendo resultados. En mi interior tengo más tranquilidad, paz y armonía. Y la intuición de que existo haciendo lo correcto porque quiero ser mejor persona, mejor mujer, mejor madre, mejor hermana, mejor tía, mejor prima, mejor amiga… Quiero ser porque ya lo tengo todo. Lo que me falta está en mí misma y debo encontrarlo.

Por lo menos hoy sé que no soy lo que otros piensan de mí, ni las voces negativas en mi cabeza, ni las piezas rotas que llevo en mi interior. Tampoco soy los errores que he cometido, ni las cosas que me causan dolor, ni siquiera soy mi cuerpo, ni mi edad, ni mi raza. No soy nada de eso. Soy una parte del Todo que busca Ser más auténtica.

crianza y educación · igualdad · sálvate a ti misma · solidaridad · violencia de género

TAMBIÉN TUVE MIEDO

Sí, yo también tuve miedo. Antes no escribí sobre esto porque no quería herir a terceras personas. No obstante, tras los recientes acontecimientos en Puerto Rico en los que se ha evidenciado (una vez más) que la violencia de género cobra vidas, me siento responsable de levantar “mi pluma”. Una víctima de violencia de género puede ser presa de esas circunstancias por largo tiempo. Salir de una relación tóxica no es tan fácil como parece.

Definitivamente la clave está en la crianza y en la educación que se recibe. En mi casa nunca me hablaron de eso y en la escuela tampoco. Por eso muchas veces la víctima da por “buenas” algunas actitudes del agresor. De pronto te gritan y recuerdas que en casa también el padre se enojaba y le gritaba a la mamá y piensas que eso es normal. Pero esos gritos pueden pasar a ser palabras ofensivas que te van hiriendo y socavando tu autoestima.

A lo mejor no recibes golpes físicos, pero esa persona rompe cosas en la casa. Te asustas. Te intimidas. Tienes miedo. Pero eso no está bien y en el fondo lo sabes, aunque no te hayan hablado de ello. Quizá el agresor solo se va, desaparece por días, sin comunicarse contigo y luego regresa como si te hubiera dejado hace un rato. No da explicaciones. No muestra respeto hacia ti. Tal vez solo te cela. Te dice: “No te pongas esa ropa. No hables con fulano”.

La lista puede ser muy variada y reconocer que estás en una relación que te pone en peligro es tan abrumadora como devastadora. Sin embargo, la realidad yace ahí, detrás de esa cortina en la que te escondes. Juzgar y ser juzgados, he aquí la divisa… A mí me resultó útil la solidaridad. Palabras como “estoy aquí para ti decidas lo que decidas”, “cuentas conmigo para lo que necesites”, “llámame a cualquier hora”, “sabes que te apoyaré incondicionalmente”. En la medida que juzgamos dejamos de crecer porque solo conocemos fragmentos. Seamos fraternos.

La vida es todo lo que tenemos. Y merecemos vivir con dignidad y ser respetadas. Si tu pareja te grita, no pienses que es aceptable. Si tu pareja te ofende, no es buena para ti. Si tu pareja rompe cosas, es un acto violento. Si tu pareja se pierde por días, no te merece. Si tu pareja te cela, trata de controlarte. Sin embargo, eres la única persona que puede salvarse a sí misma. La justicia, las leyes, la burocracia, pueden dejarte expuesta. Lo sé.

Hasta el que debe ser tu custodio, se equivoca. “Ustedes se ven tan bien juntos, pueden arreglar las cosas”. Esas palabras me las dijo un policía. Me sentí ultrajada, pero me salvé a mí misma. Ahora, lamentablemente, soy desconfiada. La única persona con la que me siento segura es conmigo misma.

Hoy lloro por todas las mujeres que no lo lograron. Y tengo el corazón en vilo por todas las niñas: mi hija, mis sobrinas, las hijas de mis amigas, las crías que veo en el parque y que no conozco. Pero hay que hablar del tema. Hay que educarlas en valentía, autoestima, dignidad, autosuficiencia, empoderamiento. No somos princesas, sino guerreras.

Madres, no las dejemos solas. No las echemos al mundo sin armadura. Criemos en igualdad de condiciones. Enseñémosle a cuidarse y a respetarse. No nos quedemos esperando que sea el gobierno quien las proteja ni la escuela quien las eduque. Hablemos en casa. Alertémoslas de las señales peligrosas. Criemos para la vida. Aunque sintamos miedo podemos salvarnos.

P. D. Imágenes de Pixabay

aprendizaje · emociones · enseñanza · identidad · muerte · vida

Divagaciones I (La del espejo)

Un 11 de abril le causé mucho dolor a mi madre y, llegado el momento, pujó y pujó hasta vomitarme al mundo. Sin saber que nuestros años, meses, días, horas, minutos y segundos ya estaban contados. Los de ella llegaron a su fin hace 11 años y 10 meses, a sus recién cumplidos 62 y los míos hoy suman 49, mientras el reloj sigue su curso. La extraño y llevo todos estos años tratando de entender…

Hace algún tiempo miro al espejo intentando de explicar quién es esa persona que se refleja. No soy yo, es como ver a alguien más. Esa pared de cristal muestra una imagen que se parece a mí, pero no me encuentro en ella. Me siento perdida como si caminara por un vasto horizonte donde no se diferencia el principio del final.

Este sendero llamado vida es un aprendizaje doloroso. En cada paso que doy gano y pierdo, pierdo y gano. Pero llegan momentos como este en los que reflexiono para que la vida no se me escape sin darme cuenta. Estoy aprendiendo a valorar un poco más las emociones.

 ¿Cuántas veces te han dicho que no estés triste? Varias… a ciencia cierta. ¿Cuántas veces te han dicho que no estés alegre? Ninguna… seguramente. Hace poco aprendí con Carla, mi masajista terapéutica, gurú espiritual, que todas las emociones son bienvenidas. Creo que la primera vez que me lo dijo no le di importancia, pero la segunda vez, me dejó pensando… Y recientemente conversaba sobre esto con mi amiga, July.

Desde nuestra infancia nos enseñan a abrazar las emociones de la alegría y la felicidad y nos instruyen para rechazar las de la tristeza y el sufrimiento. Nos preparan para compartir y celebrar los logros y para guardar y callar lo que nos causa dolor.  Definitivamente hay algo mal en esta lección. Si nuestra condición humana nos permite experimentar una gran variedad de emociones es porque son necesarias para crecer y aprender de la vida.

Recuerdo que cuando discutía en clases la obra de teatro Edipo Rey, hablaba sobre los postulados griegos que afirmaban que en la vida había que reír y llorar. Si la cultura griega creía en esto alrededor del año 429 antes de Cristo, ¿por qué la cultura moderna insiste en reinventar la rueda? Nos motivan a reír y nos condenan las lágrimas. Nos celebran los años que cumplimos, pero no nos preparan para aceptar la muerte como parte de la vida. Nos aplauden cuando las niñas nos convertimos en señoritas, nuestros pechos crecen y las caderas se ensanchan, pero nos ridiculizan cuando los pechos se caen y las caderas se quiebran. Nos aplauden que seamos madres, nos critican que seamos mujeres. Pero ya lo inquirió Sófocles cuando escribió Edipo Rey: “La ignorancia es la causa de todos los males”…

Nuestra sociedad avanza y evoluciona en la ciencia, en la tecnología, mientras retrocede en muchos principios fundamentales de la vida. Lo mismo nos ocurre como individuos. He adquirido muchos conocimientos textuales y he ignorado las lecciones de mi existencia. Por eso estoy perdida. Por eso ando buscándome. Por eso estoy más triste. Por eso lloro más. Divago… Y es mi momento de meditar, de dejar muchas cosas atrás y centrarme otra vez en lo auténtico. Al fin y al cabo, tengo que reconciliarme con esa imagen del espejo que dice ser yo.


¿Quién soy?
duelo · familia · pandemia · pérdida

HAY GOLPES EN LA VIDA…

26 de septiembre de 1967-11 de marzo de 2021

“Hermano: yo no te lo digo siempre, pero recuerda que te amo, cuídate que, si a ti te pasa algo, a mí se me cae el mundo”. Esas fueron las últimas palabras que le escribí a mi hermano, pero que no alcanzó a leer. Aunque su deceso era la “crónica de una muerte anunciada” no es fácil lidiar con la pérdida de un ser al que se ama tanto.


Familia Martínez Justiniano

Me quedan las trillitas en carretilla que me daba cuando éramos niños, los juegos con sus carritos en los que me dejaba participar. Conservo una cicatriz en mi brazo izquierdo producto de andar tras de él cuando salía a jugar.

De grandes siempre me cuidó, era muy protector con su hermana menor. Cuando yo iba a parir, recién nuestros padres habían muerto y él decidió irse a casa unos días para acompañarme. “Era lo que Mami hubiera querido”, me dijo. Y cómo no iba a ser así, si él poseía toda la bondad y la humildad de nuestra madre. Estuvo conmigo aquella primera mañana en que me levantaron y yo caminaba con dificultad hacia el baño mientras de mi cuerpo se desprendían coágulos de sangre.

Robert tenía el espíritu trabajador de Papi. Siempre me ayudó en las cosas que necesitaba. Cuando ocurrió el huracán María él estaba en Estados Unidos y decidió volver a la isla para ayudar al país, eso decía. Lo busqué al aeropuerto y le dije: “Como vienes a reconstruir el país vas a empezar con mi apartamento” (chiste interno entre los tres hermanos). Y así fue, no lo llevé a San Germán hasta que terminó con todo lo que necesitaba reparar. Lo hizo con amor y con paciencia, virtud que necesitaba para lidiar conmigo.

Hermanos

Cuando yo aún vivía en San Germán era su paño de lágrimas. Los que lo conocieron bien saben que no hablaba mucho, pero cuando bebía se ponía muy sentimental y conversaba. Llegaba y me tocaba a la puerta o me llamaba y comenzaba a hablar. Su corazón estaba roto, sufría mucho por el desengaño de su origen. Era una sombra que lo atormentaba y lo llenaba de pena. Ahora entiendo el amor con el que mi padre lo quiso. Un amor inmensurable. Tanto, que se equivocó en quererlo por miedo a perderlo y a que él se perdiera.

También comprendo que fuera el favorito de mi madre. Lo era porque ella sabía que de nosotros tres, él era el más débil y el más sufrido. Necesitaba más amor, más atención, más compasión. Ella también sufría por eso, porque lo que retrasó fue inevitable y le causó mucho dolor. La vida lo golpeó con todo. Como escribió Vallejo:

“Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!”

Ahora que espero por tus cenizas evoco con amor y lágrimas nuestra última conversación. “Nena, no te preocupes que yo estoy bien”. Yo le replicaba y me hablaba de sus supuestos progresos y de que lo darían de alta en los próximos días. Me cuidó tanto que ahora comprendo que cuando lo llamaba y no me respondía, lo hacía para que no supiera que estaba mal. ¡Y tanto que me molestaba cuando no me contestaba! Era un enojo mezclado con preocupación y miedo.

Morirse en tiempos de pandemia es un proceso bien jodido para la familia. Todo se vuelve mucho más impersonal e insensible. No se pueden celebrar los ritos de la misma manera y para algunas personas esto es muy doloroso, como para nuestra abuela. A parte de la mía, siento la pena de ella, con quien mi hermano vivía. Esa viejita sí que sabe aguantar los golpes de la vida, pero hasta cuándo…

Robert: Ya no estás en cuerpo presente, pero te recuerdo y lo haré todos los días de mi vida de la misma forma en que tengo presente a nuestros padres. Irrevocable y dolorosamente. Tus virtudes eran más que las mías, tus defectos, No. Si la vida me diera la oportunidad de elegir, optaría por ti como hermano, otra vez. 

P. D. https://youtu.be/A_f_FWrHbx4

cuerpo, mente y espíritu · mantras · metamorfosis

La metamorfosis de Consuelo Mar y otros delirios…

En mi constante búsqueda del ser, he llegado a descubrir los mantras y su poder para liberar la mente y abrazar la espiritualidad. Los mantras son sílabas o grupos de sílabas en sánscrito, la lengua arcaica que se habló en el norte de la India desde fecha antigua hasta el siglo III antes de Cristo, y que después continuó existiendo como lengua escrita de las religiones, la literatura y el pensamiento. La palabra está compuesta de dos sílabas: man que significa mente y tra, liberación.

Los mantras contienen vibraciones altas que al repetirlas o escucharlas, con un propósito, tienen el poder de enfocar la mente y motivar cambios. Esto se logra porque en la medida que se repiten, la mente no tiene espacio ni tiempo para otros pensamientos, por lo que logramos relajarnos y meditar profundamente. El principio de un mantra es el concepto básico de que el sonido es vibración y toda ondulación, a su vez, genera energía y, por lo tanto, tiene la habilidad de provocar transformación en el campo donde se introduce con el propósito de alcanzar la sanación y el crecimiento espiritual.


Cortesía Pixabay

Así como el “Santo rosario” o el “Padre nuestro” son sagrados para los católicos y / o protestantes, los mantras suelen serlo para las personas que creemos en ellos. La repetición de un mantra origina un estado de tranquilidad y paz interior, pero también, activa la circulación sanguínea y controla la ansiedad. No hay que ser budista ni hinduista para creer en el poder transformador de un mantra. Lo utilizan, también, los practicantes del yoga y personas (como yo) que solo buscan la perfección espiritual y la unión con lo absoluto para obtener mayor eficacia en el dominio del cuerpo y la concentración anímica.

En mi proceso de cambio de vida, este “descubrimiento” me ha ayudado a conectar conmigo y comenzar el proceso de reconciliación con mi “yo” perdido. Cuando una mujer llega a esta etapa puede desconocerse a sí misma y, si bien las evoluciones físicas crean un desbalance en el cuerpo, los cambios mentales agotan el alma. A través de la lectura sobre este tema y el apoderamiento de varios mantras que escucho y / o repito, he aceptado que mi salud física y emocional van de la mano y que no puedo ser responsable de los sentimientos y opiniones de otras personas, ni de las expectativas que tengan de mí.

En mi constante búsqueda del ser, el Universo ha puesto en mi camino distintos ángeles de luz que me han ayudado a descubrir cosas nuevas y a indagar en mí misma para encontrar las respuestas que busco. Así he balanceado mis chacras, una y otra vez y otra vez y otra vez. Ahora conozco que estos centros de energía que tiene el cuerpo humano rigen nuestras funciones orgánicas, psíquicas y emotivas y que todo debe estar en perfecto orden.

Aunque es un trabajo constante, el conocimiento de distintos mantras me ha permitido lidiar mejor con mis cambios físicos-hormonales, estados de humor e irritabilidad, propios de la menopausia, con el fin de no mandar al carajo a cualquier persona, en cualquier momento y sin el menor reparo. Enfatizo en que es “un trabajo constante”, aún no he alcanzado la Iluminación (ja, ja, ja…)

El mantra “Om”, por ejemplo, uno de los más conocidos, produce en el cuerpo y en la mente una gran armonía. La letra “O” hace vibrar la caja torácica y la letra “M” hace vibrar los nervios cerebrales, por lo que el sonido “OM” causa un efecto sedativo. Ahora bien, hoy por hoy, el mantra con el que más me identifico y me siento en control es “Ra Ma Da Sa Sa Say So Hung”. Según los estudiosos del tema, este es uno de los mantras más poderosos que existe y es ideal para elevar nuestra frecuencia hacia la sanación divina, deshacernos de lo que nos estorba y dejar ir lo que no necesitamos. Nada más oportuno para mí en estos momentos de metamorfosis.

¿Y qué significa? Ra es lo mismo que sol, energía; Ma, luna, receptividad; Da, tierra, fortaleza; Sa, energía sanadora del infinito hacia mí; Say, honrar a la divinidad; So, vibración de la unidad; Hung, lo real, la esencia de la creación y So Hung, yo soy tú. Los sonidos de este mantra invocan las energías del Sol, la Luna, la Tierra y el Espíritu Infinito, con el objetivo de traer sanación profunda. Se puede cantar para sanarse a una misma o enviar sanación a cualquier persona que lo necesite. Es un mantra que se usa por su poder sanador y por su poder para encontrar la fuerza y el brillo personal. Lo tengo muy presente en este momento de mi vida en el que, tras la madurez, afloran viejas heridas, debilidades, culpas y resentimientos con mi propio ser. Repito: aún no he alcanzado la Iluminación, pero me está ayudando.

Es un tema serio, aunque lo trato con algo de humor. Mujeres, esto no está fácil y a todas nos llega, irremediablemente. ¿Recuerdan el refrán “se juntó el hambre con la necesidad”? Pues en mi casa se juntó la adolescencia con la menopausia y esto está brutal. A mí ya no me quita el sueño el qué dirán y a mi hija le importa todo, a mí ya nada me da vergüenza y a mi hija todo le causa pudor; yo me enfoco con los mantras y ella con sus BTS. Para mi hija yo soy una brujita loca, para mí ella es una sirena nadando entre varios mares. Bruja o sirena, atravesamos por muchos cambios. La oruga se convierte en mariposa y la mariposa, ¿en qué se convierte? (tema para otra columna).

Mi metamorfosis está abriendo puertas y cerrando otras. Estoy dejando de angustiarme y aceptando que es parte de la vida. Así como mi cuerpo ha ganado peso, he perdido peso en mi alma y que para bien sea. “Ong Namo”, que quiere decir: llamo a la sabiduría divina para que esté con todos nosotros.

P. D. imágenes de nuevos productos en mi colección “Mantras”: libretas, azulejos, imanes, tazas, otros…Vean más en : https://www.zazzle.com/colecciones/mantras-119657002053400284?lang=es