autoconocimiento·búsqueda·pandemia·vida·yoga

Divagaciones III (El templo de mi alma)

Desde chica escuché que el cuerpo es el templo del alma. No creo que haya internalizado esa premisa de alguna manera en particular, por eso hoy divago sobre ella.

Desde muy joven he sido fanática de la moda porque tuve el primer modelo en mi propio hogar. Mi madre tenía la extraordinaria capacidad de lucir bien invirtiendo poco presupuesto. Teníamos muchísima ropa (algunas mi abuela la cosía), montones de zapatos, carteras y accesorios. Piezas económicas que mi mamá separaba en las tiendas y pagaba poco a poco.

De modo que de adulta seguí sus pasos. Sin embargo, admito que hago muchas compras caprichosas y prefiero pagar al momento. Me sigue gustando la moda. Me encanta vestirme, calzarme e innovar mi guardarropa continuamente. Lo hago para mí porque me agrada tener mi estilo y sentirme diva, pero esta etapa también ha estado en crisis.

Como a casi todos, el tiempo de pandemia me obligó a quedarme en casa. He estado 15 meses ofreciendo mis cursos de forma remota. Pasar tanto tiempo frente a la computadora ha sido devastador para mis hombros, cuello y espalda. Así también, para mi vanidad de vestir bien.

Para las molestias físicas tuve que acudir a médicos, masajistas, fármacos… con resultados limitados y alivio esporádico. Hasta que inmersa en todo este proceso de reconección conmigo volví a considerar el yoga con más conciencia. Siempre he ejercitado mi cuerpo indisciplinadamente. Gimnasios, caminatas y ejercicios en casa que terminaban aburriéndome y dejaba. Sin embargo, a través de una lectura reveladora decidí retarme por 21 días seguidos para crear un nuevo hábito.

Esta vez opté por el yoga. Leí, busqué instructores, hasta que di con una asiática, criada en París y residente en España con la que cocnecté. Sus clases son tan bien guiadas y explicadas que me ganaron como alumna a distancia. Superé el reto de los 21 días (llevo ya 42 días seguidos) y puedo decir sin reparos que el yoga está cambiando mi vida.

Ha sido en este tiempo que he comprendido el verdadero significado de la frase: “el cuerpo es el templo de tu alma”. Yoga significa unión de cuerpo, mente y espíritu. Es una práctica que busca la reunificación del Ser con el Todo y el acceso a la consciencia suprema que nos lleva a la iliminación. Con la poca experiencia que tengo hasta hoy, puedo dar fe de que cumple su propósito.

Me ha ayudado a comprender que cuidar la figura va más allá de vestirla bonita. El cuerpo es el recipiente a través del cual puedo sentir la vida. El yoga me ha permitido entender que mis dolencias físicas-musculares y mi primera divagación en la que expresaba que desconocía mi reflejo en el espejo, se debían a que me había desconectado de mi cuerpo. De modo que en este proceso de reencontrarme también he tenido que reconectar con mi complexión.

Ha sido una experiencia muy valiosa y un gran avance en mi proceso de búsqueda. Las clases de yoga han aliviado mis dolores musculares. Puedo hacer movimientos que hace 10 meses no podía, ya casi no tengo que tomar píldoras y he ido soltando espasmos. También estoy adquiriendo flexibilidad, perdiendo peso, tonificando, conociendo más mi cuerpo, entre muchos beneficios más (qué serán tema para otra columna). Pero lo más importante, es que me está guiando en mi proceso de búsqueda y equilibrio espiritual.

Hoy comprendo que el cuerpo de cada persona es una creación perfecta en su imperfección porque a través de este vivimos nuestra experiencia humana. He internalizado que, para no vivir un placer limitado, debo honrar, amar y cuidar mi complexión. El cuerpo muestra lo que hay en nuestro interior y por un tiempo reflejó mi descontento con la vida, al punto de no agradarme.

Ahora lo valoro como mi sagrado templo y es perfecto porque por medio de él experimento la vida y adquiero conocimientos a través de mis experiencias. Ahora me veo en el espejo y me sonrío. Ahora me siento más bonita porque me cuido. Ahora no salgo de mi casa sin antes hacer yoga. Ahora disfruto el fruto de mi disciplina y me reto cada día a verme y sentirme mejor. Ahora disfruto el placer de viajar en primera clase, contemplar la naturaleza y ser un Todo con el Universo. Ahora mi diosa acepta su templo y mi alma se regocija en ello.

P. D. Imágenes 1 Y 2 cortesía de Pixabay

agradecida·búsqueda·Espiritualidad·Ser

Divagaciones II (SER vs TENER)

¿Qué es más importante? ¿Ser o tener? Sobre eso divago hoy. Recuerdo que en mi tercera década me sentía frustrada porque no tenía casa propia ni un empleo regular. Tampoco tenía hijos y vivía lejos de mi familia y mi mascota. Estaba estudiando para terminar mi grado doctoral y me lamentaba porque no tenía lo que pensaba que a esa edad ya debía tener. Por supuesto, ahora comprendo que esa insatisfacción, obedecía a las construcciones sociales. Quería tener, tener y tener. Eso me condujo a tomar algunas malas decisiones.

Cerca del final de esa década compré un apartamento, conseguí un trabajo más estable, tuve una hija, una mascota y terminé mi grado doctoral. Sí, como ven, tengo lo que quería. He pasado por etapas en las que he tenido problemas para pagar mi casa, pero la conservo y me gusta mucho mi espacio, mi hogar. En el trabajo ha habido sus altas y sus bajas, pero sigo ahí y disfruto mi vocación, mientras busco ampliar mis opciones profesionales. Tengo una hija que conlleva un gran compromiso, pero es el mejor regalo de amor del Universo. Sigo lejos de mi familia (los que quedan), pero me he reencontrado con otros que están más cerca. Y hasta he tenido dos maravillosas mascotas en este tiempo. Estoy agradecida.

No obstante, las cosas materiales no han sido suficientes. En los últimos meses me he dedicado a buscar lo que me falta y no es sencillo. Como escribí en la columna “Divagaciones I (La del espejo)”, ando intentando reencontrarme. Reencontrarse con una es más difícil que reencontrarse con otro. Ya no quiero tener cosas, ahora quiero ser. Es complicado porque no puedo ser sin reencontrarme, sin embargo, ya mis pasos están construyendo ese sendero. [… se hace camino al andar, golpe a golpe… Antonio Machado].

Estoy en un momento de mi vida que puede ser egoísta para algunos porque vivo centrada en mí. Pero parte de este trabajo es dejar de preocuparme por lo que otros piensen. Además, una vida con propósito me permitirá servir mejor a los demás. Ahora hago lecturas orientadas a lo que busco, escucho buenos consejos, creo nuevos hábitos, valoro más todo aquello que tiene vida. Cosas sencillas como sembrar una planta, recordar que debo regalarla, darle los cuidados apropiados para que crezca sana y hermosa y disfrutar su existencia con mis sentidos alertas.

También cultivo mi espiritualidad para conectarme con el Ser y centrarme en el momento presente. Es un trabajo de todos los días, pero estoy viendo resultados. En mi interior tengo más tranquilidad, paz y armonía. Y la intuición de que existo haciendo lo correcto porque quiero ser mejor persona, mejor mujer, mejor madre, mejor hermana, mejor tía, mejor prima, mejor amiga… Quiero ser porque ya lo tengo todo. Lo que me falta está en mí misma y debo encontrarlo.

Por lo menos hoy sé que no soy lo que otros piensan de mí, ni las voces negativas en mi cabeza, ni las piezas rotas que llevo en mi interior. Tampoco soy los errores que he cometido, ni las cosas que me causan dolor, ni siquiera soy mi cuerpo, ni mi edad, ni mi raza. No soy nada de eso. Soy una parte del Todo que busca Ser más auténtica.

crianza y educación·igualdad·sálvate a ti misma·solidaridad·violencia de género

TAMBIÉN TUVE MIEDO

Sí, yo también tuve miedo. Antes no escribí sobre esto porque no quería herir a terceras personas. No obstante, tras los recientes acontecimientos en Puerto Rico en los que se ha evidenciado (una vez más) que la violencia de género cobra vidas, me siento responsable de levantar “mi pluma”. Una víctima de violencia de género puede ser presa de esas circunstancias por largo tiempo. Salir de una relación tóxica no es tan fácil como parece.

Definitivamente la clave está en la crianza y en la educación que se recibe. En mi casa nunca me hablaron de eso y en la escuela tampoco. Por eso muchas veces la víctima da por “buenas” algunas actitudes del agresor. De pronto te gritan y recuerdas que en casa también el padre se enojaba y le gritaba a la mamá y piensas que eso es normal. Pero esos gritos pueden pasar a ser palabras ofensivas que te van hiriendo y socavando tu autoestima.

A lo mejor no recibes golpes físicos, pero esa persona rompe cosas en la casa. Te asustas. Te intimidas. Tienes miedo. Pero eso no está bien y en el fondo lo sabes, aunque no te hayan hablado de ello. Quizá el agresor solo se va, desaparece por días, sin comunicarse contigo y luego regresa como si te hubiera dejado hace un rato. No da explicaciones. No muestra respeto hacia ti. Tal vez solo te cela. Te dice: “No te pongas esa ropa. No hables con fulano”.

La lista puede ser muy variada y reconocer que estás en una relación que te pone en peligro es tan abrumadora como devastadora. Sin embargo, la realidad yace ahí, detrás de esa cortina en la que te escondes. Juzgar y ser juzgados, he aquí la divisa… A mí me resultó útil la solidaridad. Palabras como “estoy aquí para ti decidas lo que decidas”, “cuentas conmigo para lo que necesites”, “llámame a cualquier hora”, “sabes que te apoyaré incondicionalmente”. En la medida que juzgamos dejamos de crecer porque solo conocemos fragmentos. Seamos fraternos.

La vida es todo lo que tenemos. Y merecemos vivir con dignidad y ser respetadas. Si tu pareja te grita, no pienses que es aceptable. Si tu pareja te ofende, no es buena para ti. Si tu pareja rompe cosas, es un acto violento. Si tu pareja se pierde por días, no te merece. Si tu pareja te cela, trata de controlarte. Sin embargo, eres la única persona que puede salvarse a sí misma. La justicia, las leyes, la burocracia, pueden dejarte expuesta. Lo sé.

Hasta el que debe ser tu custodio, se equivoca. “Ustedes se ven tan bien juntos, pueden arreglar las cosas”. Esas palabras me las dijo un policía. Me sentí ultrajada, pero me salvé a mí misma. Ahora, lamentablemente, soy desconfiada. La única persona con la que me siento segura es conmigo misma.

Hoy lloro por todas las mujeres que no lo lograron. Y tengo el corazón en vilo por todas las niñas: mi hija, mis sobrinas, las hijas de mis amigas, las crías que veo en el parque y que no conozco. Pero hay que hablar del tema. Hay que educarlas en valentía, autoestima, dignidad, autosuficiencia, empoderamiento. No somos princesas, sino guerreras.

Madres, no las dejemos solas. No las echemos al mundo sin armadura. Criemos en igualdad de condiciones. Enseñémosle a cuidarse y a respetarse. No nos quedemos esperando que sea el gobierno quien las proteja ni la escuela quien las eduque. Hablemos en casa. Alertémoslas de las señales peligrosas. Criemos para la vida. Aunque sintamos miedo podemos salvarnos.

P. D. Imágenes de Pixabay

aprendizaje·emociones·enseñanza·identidad·muerte·vida

Divagaciones I (La del espejo)

Un 11 de abril le causé mucho dolor a mi madre y, llegado el momento, pujó y pujó hasta vomitarme al mundo. Sin saber que nuestros años, meses, días, horas, minutos y segundos ya estaban contados. Los de ella llegaron a su fin hace 11 años y 10 meses, a sus recién cumplidos 62 y los míos hoy suman 49, mientras el reloj sigue su curso. La extraño y llevo todos estos años tratando de entender…

Hace algún tiempo miro al espejo intentando de explicar quién es esa persona que se refleja. No soy yo, es como ver a alguien más. Esa pared de cristal muestra una imagen que se parece a mí, pero no me encuentro en ella. Me siento perdida como si caminara por un vasto horizonte donde no se diferencia el principio del final.

Este sendero llamado vida es un aprendizaje doloroso. En cada paso que doy gano y pierdo, pierdo y gano. Pero llegan momentos como este en los que reflexiono para que la vida no se me escape sin darme cuenta. Estoy aprendiendo a valorar un poco más las emociones.

 ¿Cuántas veces te han dicho que no estés triste? Varias… a ciencia cierta. ¿Cuántas veces te han dicho que no estés alegre? Ninguna… seguramente. Hace poco aprendí con Carla, mi masajista terapéutica, gurú espiritual, que todas las emociones son bienvenidas. Creo que la primera vez que me lo dijo no le di importancia, pero la segunda vez, me dejó pensando… Y recientemente conversaba sobre esto con mi amiga, July.

Desde nuestra infancia nos enseñan a abrazar las emociones de la alegría y la felicidad y nos instruyen para rechazar las de la tristeza y el sufrimiento. Nos preparan para compartir y celebrar los logros y para guardar y callar lo que nos causa dolor.  Definitivamente hay algo mal en esta lección. Si nuestra condición humana nos permite experimentar una gran variedad de emociones es porque son necesarias para crecer y aprender de la vida.

Recuerdo que cuando discutía en clases la obra de teatro Edipo Rey, hablaba sobre los postulados griegos que afirmaban que en la vida había que reír y llorar. Si la cultura griega creía en esto alrededor del año 429 antes de Cristo, ¿por qué la cultura moderna insiste en reinventar la rueda? Nos motivan a reír y nos condenan las lágrimas. Nos celebran los años que cumplimos, pero no nos preparan para aceptar la muerte como parte de la vida. Nos aplauden cuando las niñas nos convertimos en señoritas, nuestros pechos crecen y las caderas se ensanchan, pero nos ridiculizan cuando los pechos se caen y las caderas se quiebran. Nos aplauden que seamos madres, nos critican que seamos mujeres. Pero ya lo inquirió Sófocles cuando escribió Edipo Rey: “La ignorancia es la causa de todos los males”…

Nuestra sociedad avanza y evoluciona en la ciencia, en la tecnología, mientras retrocede en muchos principios fundamentales de la vida. Lo mismo nos ocurre como individuos. He adquirido muchos conocimientos textuales y he ignorado las lecciones de mi existencia. Por eso estoy perdida. Por eso ando buscándome. Por eso estoy más triste. Por eso lloro más. Divago… Y es mi momento de meditar, de dejar muchas cosas atrás y centrarme otra vez en lo auténtico. Al fin y al cabo, tengo que reconciliarme con esa imagen del espejo que dice ser yo.


¿Quién soy?
duelo·familia·pandemia·pérdida

HAY GOLPES EN LA VIDA…

26 de septiembre de 1967-11 de marzo de 2021

“Hermano: yo no te lo digo siempre, pero recuerda que te amo, cuídate que, si a ti te pasa algo, a mí se me cae el mundo”. Esas fueron las últimas palabras que le escribí a mi hermano, pero que no alcanzó a leer. Aunque su deceso era la “crónica de una muerte anunciada” no es fácil lidiar con la pérdida de un ser al que se ama tanto.


Familia Martínez Justiniano

Me quedan las trillitas en carretilla que me daba cuando éramos niños, los juegos con sus carritos en los que me dejaba participar. Conservo una cicatriz en mi brazo izquierdo producto de andar tras de él cuando salía a jugar.

De grandes siempre me cuidó, era muy protector con su hermana menor. Cuando yo iba a parir, recién nuestros padres habían muerto y él decidió irse a casa unos días para acompañarme. “Era lo que Mami hubiera querido”, me dijo. Y cómo no iba a ser así, si él poseía toda la bondad y la humildad de nuestra madre. Estuvo conmigo aquella primera mañana en que me levantaron y yo caminaba con dificultad hacia el baño mientras de mi cuerpo se desprendían coágulos de sangre.

Robert tenía el espíritu trabajador de Papi. Siempre me ayudó en las cosas que necesitaba. Cuando ocurrió el huracán María él estaba en Estados Unidos y decidió volver a la isla para ayudar al país, eso decía. Lo busqué al aeropuerto y le dije: “Como vienes a reconstruir el país vas a empezar con mi apartamento” (chiste interno entre los tres hermanos). Y así fue, no lo llevé a San Germán hasta que terminó con todo lo que necesitaba reparar. Lo hizo con amor y con paciencia, virtud que necesitaba para lidiar conmigo.

Hermanos

Cuando yo aún vivía en San Germán era su paño de lágrimas. Los que lo conocieron bien saben que no hablaba mucho, pero cuando bebía se ponía muy sentimental y conversaba. Llegaba y me tocaba a la puerta o me llamaba y comenzaba a hablar. Su corazón estaba roto, sufría mucho por el desengaño de su origen. Era una sombra que lo atormentaba y lo llenaba de pena. Ahora entiendo el amor con el que mi padre lo quiso. Un amor inmensurable. Tanto, que se equivocó en quererlo por miedo a perderlo y a que él se perdiera.

También comprendo que fuera el favorito de mi madre. Lo era porque ella sabía que de nosotros tres, él era el más débil y el más sufrido. Necesitaba más amor, más atención, más compasión. Ella también sufría por eso, porque lo que retrasó fue inevitable y le causó mucho dolor. La vida lo golpeó con todo. Como escribió Vallejo:

“Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!”

Ahora que espero por tus cenizas evoco con amor y lágrimas nuestra última conversación. “Nena, no te preocupes que yo estoy bien”. Yo le replicaba y me hablaba de sus supuestos progresos y de que lo darían de alta en los próximos días. Me cuidó tanto que ahora comprendo que cuando lo llamaba y no me respondía, lo hacía para que no supiera que estaba mal. ¡Y tanto que me molestaba cuando no me contestaba! Era un enojo mezclado con preocupación y miedo.

Morirse en tiempos de pandemia es un proceso bien jodido para la familia. Todo se vuelve mucho más impersonal e insensible. No se pueden celebrar los ritos de la misma manera y para algunas personas esto es muy doloroso, como para nuestra abuela. A parte de la mía, siento la pena de ella, con quien mi hermano vivía. Esa viejita sí que sabe aguantar los golpes de la vida, pero hasta cuándo…

Robert: Ya no estás en cuerpo presente, pero te recuerdo y lo haré todos los días de mi vida de la misma forma en que tengo presente a nuestros padres. Irrevocable y dolorosamente. Tus virtudes eran más que las mías, tus defectos, No. Si la vida me diera la oportunidad de elegir, optaría por ti como hermano, otra vez. 

P. D. https://youtu.be/A_f_FWrHbx4

cuerpo, mente y espíritu·mantras·metamorfosis

La metamorfosis de Consuelo Mar y otros delirios…

En mi constante búsqueda del ser, he llegado a descubrir los mantras y su poder para liberar la mente y abrazar la espiritualidad. Los mantras son sílabas o grupos de sílabas en sánscrito, la lengua arcaica que se habló en el norte de la India desde fecha antigua hasta el siglo III antes de Cristo, y que después continuó existiendo como lengua escrita de las religiones, la literatura y el pensamiento. La palabra está compuesta de dos sílabas: man que significa mente y tra, liberación.

Los mantras contienen vibraciones altas que al repetirlas o escucharlas, con un propósito, tienen el poder de enfocar la mente y motivar cambios. Esto se logra porque en la medida que se repiten, la mente no tiene espacio ni tiempo para otros pensamientos, por lo que logramos relajarnos y meditar profundamente. El principio de un mantra es el concepto básico de que el sonido es vibración y toda ondulación, a su vez, genera energía y, por lo tanto, tiene la habilidad de provocar transformación en el campo donde se introduce con el propósito de alcanzar la sanación y el crecimiento espiritual.


Cortesía Pixabay

Así como el “Santo rosario” o el “Padre nuestro” son sagrados para los católicos y / o protestantes, los mantras suelen serlo para las personas que creemos en ellos. La repetición de un mantra origina un estado de tranquilidad y paz interior, pero también, activa la circulación sanguínea y controla la ansiedad. No hay que ser budista ni hinduista para creer en el poder transformador de un mantra. Lo utilizan, también, los practicantes del yoga y personas (como yo) que solo buscan la perfección espiritual y la unión con lo absoluto para obtener mayor eficacia en el dominio del cuerpo y la concentración anímica.

En mi proceso de cambio de vida, este “descubrimiento” me ha ayudado a conectar conmigo y comenzar el proceso de reconciliación con mi “yo” perdido. Cuando una mujer llega a esta etapa puede desconocerse a sí misma y, si bien las evoluciones físicas crean un desbalance en el cuerpo, los cambios mentales agotan el alma. A través de la lectura sobre este tema y el apoderamiento de varios mantras que escucho y / o repito, he aceptado que mi salud física y emocional van de la mano y que no puedo ser responsable de los sentimientos y opiniones de otras personas, ni de las expectativas que tengan de mí.

En mi constante búsqueda del ser, el Universo ha puesto en mi camino distintos ángeles de luz que me han ayudado a descubrir cosas nuevas y a indagar en mí misma para encontrar las respuestas que busco. Así he balanceado mis chacras, una y otra vez y otra vez y otra vez. Ahora conozco que estos centros de energía que tiene el cuerpo humano rigen nuestras funciones orgánicas, psíquicas y emotivas y que todo debe estar en perfecto orden.

Aunque es un trabajo constante, el conocimiento de distintos mantras me ha permitido lidiar mejor con mis cambios físicos-hormonales, estados de humor e irritabilidad, propios de la menopausia, con el fin de no mandar al carajo a cualquier persona, en cualquier momento y sin el menor reparo. Enfatizo en que es “un trabajo constante”, aún no he alcanzado la Iluminación (ja, ja, ja…)

El mantra “Om”, por ejemplo, uno de los más conocidos, produce en el cuerpo y en la mente una gran armonía. La letra “O” hace vibrar la caja torácica y la letra “M” hace vibrar los nervios cerebrales, por lo que el sonido “OM” causa un efecto sedativo. Ahora bien, hoy por hoy, el mantra con el que más me identifico y me siento en control es “Ra Ma Da Sa Sa Say So Hung”. Según los estudiosos del tema, este es uno de los mantras más poderosos que existe y es ideal para elevar nuestra frecuencia hacia la sanación divina, deshacernos de lo que nos estorba y dejar ir lo que no necesitamos. Nada más oportuno para mí en estos momentos de metamorfosis.

¿Y qué significa? Ra es lo mismo que sol, energía; Ma, luna, receptividad; Da, tierra, fortaleza; Sa, energía sanadora del infinito hacia mí; Say, honrar a la divinidad; So, vibración de la unidad; Hung, lo real, la esencia de la creación y So Hung, yo soy tú. Los sonidos de este mantra invocan las energías del Sol, la Luna, la Tierra y el Espíritu Infinito, con el objetivo de traer sanación profunda. Se puede cantar para sanarse a una misma o enviar sanación a cualquier persona que lo necesite. Es un mantra que se usa por su poder sanador y por su poder para encontrar la fuerza y el brillo personal. Lo tengo muy presente en este momento de mi vida en el que, tras la madurez, afloran viejas heridas, debilidades, culpas y resentimientos con mi propio ser. Repito: aún no he alcanzado la Iluminación, pero me está ayudando.

Es un tema serio, aunque lo trato con algo de humor. Mujeres, esto no está fácil y a todas nos llega, irremediablemente. ¿Recuerdan el refrán “se juntó el hambre con la necesidad”? Pues en mi casa se juntó la adolescencia con la menopausia y esto está brutal. A mí ya no me quita el sueño el qué dirán y a mi hija le importa todo, a mí ya nada me da vergüenza y a mi hija todo le causa pudor; yo me enfoco con los mantras y ella con sus BTS. Para mi hija yo soy una brujita loca, para mí ella es una sirena nadando entre varios mares. Bruja o sirena, atravesamos por muchos cambios. La oruga se convierte en mariposa y la mariposa, ¿en qué se convierte? (tema para otra columna).

Mi metamorfosis está abriendo puertas y cerrando otras. Estoy dejando de angustiarme y aceptando que es parte de la vida. Así como mi cuerpo ha ganado peso, he perdido peso en mi alma y que para bien sea. “Ong Namo”, que quiere decir: llamo a la sabiduría divina para que esté con todos nosotros.

P. D. imágenes de nuevos productos en mi colección “Mantras”: libretas, azulejos, imanes, tazas, otros…Vean más en : https://www.zazzle.com/colecciones/mantras-119657002053400284?lang=es

agradecimientos·COVID-19·familia monoparental·Navidad·resiliencia

¡LO HEMOS LOGRADO!

El 2020 es un año difícil de describir. En Puerto Rico lo comenzamos con la tierra temblando y no bien los sismos habían menguado nos pusieron en cuarentena a causa de la pandemia de Covid-19. Desde entonces todo cambió: los que no perdimos el empleo, comenzamos a trabajar desde la casa, la educación presencial, abruptamente, pasó a ser virtual, el uso de mascarillas se convirtió en un accesorio obligatorio, el Gobierno impuso cuándo salir y cuándo volver a casa, se implantó la ley seca, el cierre de los comercios, etc., etc.

Desde marzo vivimos pendientes de los cambios en las “Órdenes ejecutivas” que restringen y flexibilizan medidas, según los números de contagios aumentan o disminuyen. Salir a hacer alguna diligencia o en busca de algún servicio es más complicado que antes de la pandemia. Algunas personas han tomado la gravedad del asunto con algo de ligereza, han sido irresponsables, se han contagiado y han infectado a terceros.  Otros individuos han tomado el riesgo del contagio con demasiada severidad. No solo la salud física se ha impactado, también, la salud mental. Muchas personas han perdido sus trabajos, sus bienes y hasta la vida.

No obstante, aquellos que tenemos salud, un techo, empleo y comida sobre la mesa, debemos agradecer estas bendiciones. Yo pensé que no resistiría, pero aquí estoy junto a mi hija. Hemos sufrido ansiedad y distanciamiento emocional, pero lo hemos superado. Mi hija cambió de colegio en medio de este caos, por lo que ha sido doblemente difícil para ella manejar las circunstancias. Estar todo el día en la casa, ella en su cuarto estudiando en línea y yo en el mío dando clases virtuales, ha sido una completa locura.

Nos ha dado mucho trabajo. No obtuvo las notas de excelencia que tenía antes y yo no di las clases ingeniosas que lograba antes. Por varios meses estuvimos irritables, gruñonas, deprimidas, pero nos hemos atendido con profesionales y ahora estamos bien. Lograr reencontramos y reconectarnos como madre e hija, es una ganancia invaluable. Mi mejor regalo es ver su sonrisa y ser testigo de su felicidad, y si eso viene acompañado de besos y abrazos para “Mamá”, soy más que afortunada.

Si resistimos y podemos despedir un año tan duro debemos ser agradecidos. Somos más fuertes. Ojalá que esta lección de vida nos haga más conscientes de las cosas verdaderamente importantes; como ser responsables de nuestro cuidado para salvaguardar a los demás, valorar la vida y agradecer los pequeños regalos del Universo que antes considerábamos que eran “derechos”.

Esta Navidad es distinta para mucha gente, pero lo superaremos. Cuidémonos para que en la próxima nos podamos abrazar libremente. Sigamos comprometidos con la familia. Brindemos por la salud, la paz, el amor y la prosperidad. ¡Hemos logrado llegar hasta aquí: agradezcamos!

P. D. Imagen # 1 cortesía de Pixabay

apariencia·autoestima·esencia·niñas

¿Quiénes sufren más de baja autoestima?

¿Las niñas o los niños? Si analizamos los mensajes culturales que promueven los medios, podemos concluir que las niñas padecen de más baja autoestima que los niños. Los mensajes que reciben promueven estereotipos, por eso, hoy día, hay niñas muy inconformes con su apariencia. Según investigaciones, cada vez hay más niñas que no están felices con su peso, su estatura, fu forma corporal, su cabello y otros aspectos de su apariencia.

Esto se agrava durante la preadolescencia ya que están sufriendo cambios físicos. En unas surge el acné, otras suben o bajan de peso. El pecho, la cintura y las caderas de van transformando. Llega la menstruación y comienzan los cambios hormonales. A causa de esto sufren constantes cambios de humor: de la risa al llanto y viceversa.

Pero no solo es el aspecto físico lo que lacera la autoestima de las niñas, es también la forma en como los niños las tratan, lo que también responde a los patrones culturales. Si los niños les dicen a las niñas que no hacen nada bien, que son aburridas, tontas, miedosas y estúpidas; ellas, lamentablemente, pueden creerlo. Y lo peor del caso, es que como esto no ocurre en la intimidad del hogar, puede pasar tiempo antes de que Mamá o Papá, sepa lo que está ocurriendo.

La autoestima es tan importante como cualquier otro aspecto de la salud, por lo que hay que cuidarla para evitar trastornos graves. Una pobre autoestima en una niña la puede llevar a aislarse socialmente, deprimirse, sufrir trastornos de alimentación y hasta abusar de sustancias. Ninguna madre y ningún padre quiere eso para sus niñas.

Tenemos que estar alertas para identificar las señales que nos alertan. Cualquier cambio repentino en ellas, puede ser una bandera que se levanta. Un problema de autoestima puede ocasionar que nuestras niñas dejen de comunicarse. Cada caso puede ser distinto, por eso tenemos que observarlas y mantener buena comunicación.

Si eres padre o madre de una niña no te olvides de abrazarla y decirle cosas positivas que no se centren en su apariencia, sino en su esencia. Por ejemplo: eres inteligente, puedes lograr lo que te propongas, lo estás haciendo bien, tienes mucha creatividad, eres valiente, etc.

Tenemos que enseñarles a nuestras niñas que todos tenemos derecho a ser como queramos: que cada uno es un molde diferente y esa diversidad nos hace maravillosos. Debemos promover el respeto, la igualdad y el perdón entre niñas y niños. Que aprendan que son seres grandiosos independientemente del sexo, que ambos pueden lograr grandes cosas y se merecen el mismo trato. Promovamos la autoestima saludable y la fortaleza emocional.

P. D. Imágenes cortesía de Pixabay

conflictos·etapas·madres e hijas·preadolescencia

DETRÁS DE MÍ, SOY LA PRIMERA EN LA FILA

Según nuestras hijas crecen la relación entre madre e hija va cambiando. Los primeros años son tan apegadas a una que pueden ser algo empalagosas. No obstante, cuando asoma la preadolescencia no desean estar tan cerca de mamá. Ya no te ven tan linda, ni tan joven, ni tan amigable. Y por supuesto, dejas de tener la razón. Mas bien comienzan las críticas: “Esa ropa no te queda bien, ya estás vieja para eso, no tienes sentido del humor, tú no sabes, Mamá…” Ahora que mi hija está en esta etapa pienso en cuán insoportable pude ser. Es decir, la historia se repite, aunque con algunas variantes.

Se dan situaciones tolerables, pero otras no tanto. Especialmente cuando parece que nuestras hijas nos detestan. Algunas madres son capaces de sobrellevar estos cambios con humor y estoicismo, pero otras somos más sensibles y sufrimos por ello. Muchas veces nuestras hijas idolatran la figura del padre mientras nos ven como la regañona de la casa. Llega esa etapa en que no valoran todo lo que hacemos por ellas y viven en una fantasía con su papá, independientemente de que este viva o no bajo el mismo techo.

Irónicamente los expertos en el tema opinan que los enfrentamientos entre madre e hija ocurren, precisamente, porque es la relación más cercana que existe. Según explican esto sucede porque las niñas, cuando entran en la preadolescencia, buscan alejarse de los modelos de su niñez para encontrar su propia identidad y su camino. Por eso comienzan a reclamar espacio personal, dejan de estar receptivas ante nuestro afecto, la comunicación comienza a mermar y empiezan los conflictos.

Me ocurre justo en estos momentos. Mi hija quiere estar sola haciendo sus cosas como ver televisión, escuchar música o jugar con sus aplicaciones tecnológicas. Si le pregunto: “¿Vemos algo juntas?” me responde con un “estoy ocupada” o “quiero seguir viendo mis videos”. Si le voy a dar un beso o un abrazo, me rechaza. “Me los das cuando esté dormida”, se ha atrevido a decirme. Nuestras conversaciones cada vez son menos o mucho más breves y superficiales. Es una etapa dura, por lo menos para mí. Algunas veces lo manejo con aparente indiferencia, pero en la mayoría de las ocasiones se me estruja el corazón.

¿Qué hacer? De acuerdo con los expertos en el tema, si nuestros hijos no nos dejan acariciarlos como cuando eran niños, debemos, entonces:

  • manifestar nuestro amor con las acciones.
  • darles espacio sin volvernos demasiado permisivos.
  • promover los valores de equidad y solidaridad con nuestro ejemplo.
  • reconocer nuestros errores y exaltar sus virtudes.
  • apoyarlos y alentarlos a perseguir sus metas.

Por otro lado, recomiendan que, en la relación de madre e hija, sigamos siendo las mamás, no sus amigas. Lo que tiene mucho sentido porque las amigas de nuestras hijas son las chicas de su edad. Nosotras somos la figura de autoridad. Podemos ser cercanas y comprensivas, pero sin perder el rol que nos corresponde y que nuestras hijas necesitan cococer.

Otro consejo es proyectar que estamos bien. A veces es muy difícil si nos volvemos muy sensibles o si la adolescencia coincide con la menopausia, ya que son las dos etapas más difíciles en la vida de una mujer. ¡Demasiadas alteraciones hormonales a la vez! En este caso hay que procurar toda la ayuda posible para que tanto las madres como las hijas estemos bien y logremos manejar el sube y baja emocional.

Por último, pase lo que pase, las madres tenemos la responsabilidad de mantener la disciplina y las normas del hogar. Por más rebeldes que se vuelvan nuestras hijas necesitan nuestras referencias para saber cómo proceder. Es una etapa dura, muy dura. Como dice el refrán: “A Dios que reparta suerte” y detrás de mí que soy la primera en la fila.

P. D. Imágenes cortesía de Pixabay

cambios·crianza·maternidad·pandemia·sociedad·soledad·tribu

LA CRIANZA SIN TRIBU ES LA SOLEDAD DE LA MATERNIDAD

“A mamá que le mande una cebollita: escoja la grande o la más chiquita”. ¿Recuerdan este estribillo de nuestros juegos infantiles? Pues hablemos de soledad. Cuando yo me criaba, literalmente, de vecina a vecina se pedían una cebolla, un poco de azúcar o de café. De la misma forma se ayudaban en la crianza de los niños. Recuerdo tener una vecina, a quien quise como a una abuela, que nos cuidaba en caso de emergencia porque era parte de la “tribu” de mi familia. Solía hacerle maldades como encerrarla en el baño o tocarle una verruga que tenía. Travesuras de niña que no significaban otra cosa más que muestras de mi amor por ella. Fue una época de puertas abiertas y mandados compartidos. Tiempo en el que los vecinos, los abuelos, los tíos, los primos… componían una tribu que ayudaba en la formación de los pequeños.

Esos tiempos han quedado atrás. No tengo tribu. Ni siquiera conozco a mi vecina de al frente. Según María José Garrido (doctora en Antropología especializada en maternidad e infancia) no ha habido una generación de niños más solos en nuestro planeta que la actual. Así tampoco una generación de madres menos acompañadas en la crianza, cuenten o no, con los padres de sus hijos. “Dime tus circunstancias y te diré cómo lo vivirás…” En efecto, el contexto influye, inevitablemente, en la crianza como también en la forma de enfrentar la maternidad. Concuerdo con Garrigo cuando dice que la soledad invade cuando vives en una ciudad, sin demasiados o ningún apoyo familiar o con ese sostén lejos de ti. Maxime si se trata de madres solas por elección, como es mi caso.

La publicidad divulga una imagen errónea de la maternidad y la crianza de este siglo. Olvidan mostrar a madres cansadas, agotadas y solas en medio de diversos referentes. Cuando la realidad es (como bien lo expresó Garrido y que parafraseo) que las madres de hoy vivimos en una sociedad que nos exige ser abnegadas, profesionales y asalariadas eficientes, modelos de juventud y belleza, rostros de una familia feliz y “perfecta”. Una sociedad individualista que prefiere que no hablemos de esto, que nos juzga y nos sentencia. 

No obstante, como buena subversiva, me quito la venda de la boca porque mis circunstancias son las de muchas otras mujeres que en este siglo XXI criamos sin tribu y nos sentimos solas. Cuando evoco 10 años atrás, después de parir me incorporé a la vida cotidiana y profesional como si nada hubiera pasado. Sin internalizar que mi vida había cambiado para siempre. No solo porque me había convertido en madre, sino también porque sufría la recién perdida de mi papá y mi mamá. Los que hubieran sido pilares de mi tribu habían desaparecido para siempre.

Nunca me detuve a preguntarme: ¿Volveré a ser la misma? Ni siquiera me di cuenta de que mi vida había cambiado. Me levantaba cada día y caminaba, gateaba, corría, me arrastraba…sin detenerme a pensar que estaba sola. Cuando la realidad era que ya no sería la que fui y que jamás volveré a ser aquella persona. Un día era hija, después estaba embarazada, luego me quedé huérfana y al siguiente me convertí en madre. Y creo que hoy, después de más de 10 años comienzo a digerir el triple duelo. Triple porque no es solo el luto por los que murieron, sino también por mi atropellado cambio de vida.

He oído que cada 10 años ocurren cambios trascendentales. Lo creo. Ya no soy madre de una dulce bebé, sino de una preadolescente que llena mi vida de felicidad y angustia. He criado sin tribu durante tantos años y ahora me doy cuenta de que nunca pedí ayuda. Tuve tantas experiencias fuertes que pensé que podía sola y, literalmente, decidí quedarme sola cuando mi hija tenía solo 9 meses de nacida. Y es ahora, en medio de una pandemia, ante los nuevos retos de la crianza, ante el cambio de vida de mi hija y el mío propio, cuando siento el peso del mundo en mis hombros. Ahora me doy cuenta de que estoy cansada de ser una madre abnegada y una profesional eficiente. Me percato de que mi juventud desvanece, de que mi rostro cobra huellas, de que la metamorfosis es tan inevitable como brutal.

Ahora internalizo de que la crianza sin tribu es la soledad de la maternidad y de que quisiera tener una que me ayude a guiar a mi hija hasta el final. Y lo expreso, finalmente, no solo porque esta situación me ha abofeteado fuerte, sino porque mis vivencias son las de muchas otras mujeres y porque esta sociedad individualista no nos va a dictar de lo que podemos o no podemos hablar.

P. D. Imágenes cortesía de Pixabay