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¿Quiénes sufren más de baja autoestima?

¿Las niñas o los niños? Si analizamos los mensajes culturales que promueven los medios, podemos concluir que las niñas padecen de más baja autoestima que los niños. Los mensajes que reciben promueven estereotipos, por eso, hoy día, hay niñas muy inconformes con su apariencia. Según investigaciones, cada vez hay más niñas que no están felices con su peso, su estatura, fu forma corporal, su cabello y otros aspectos de su apariencia.

Esto se agrava durante la preadolescencia ya que están sufriendo cambios físicos. En unas surge el acné, otras suben o bajan de peso. El pecho, la cintura y las caderas de van transformando. Llega la menstruación y comienzan los cambios hormonales. A causa de esto sufren constantes cambios de humor: de la risa al llanto y viceversa.

Pero no solo es el aspecto físico lo que lacera la autoestima de las niñas, es también la forma en como los niños las tratan, lo que también responde a los patrones culturales. Si los niños les dicen a las niñas que no hacen nada bien, que son aburridas, tontas, miedosas y estúpidas; ellas, lamentablemente, pueden creerlo. Y lo peor del caso, es que como esto no ocurre en la intimidad del hogar, puede pasar tiempo antes de que Mamá o Papá, sepa lo que está ocurriendo.

La autoestima es tan importante como cualquier otro aspecto de la salud, por lo que hay que cuidarla para evitar trastornos graves. Una pobre autoestima en una niña la puede llevar a aislarse socialmente, deprimirse, sufrir trastornos de alimentación y hasta abusar de sustancias. Ninguna madre y ningún padre quiere eso para sus niñas.

Tenemos que estar alertas para identificar las señales que nos alertan. Cualquier cambio repentino en ellas, puede ser una bandera que se levanta. Un problema de autoestima puede ocasionar que nuestras niñas dejen de comunicarse. Cada caso puede ser distinto, por eso tenemos que observarlas y mantener buena comunicación.

Si eres padre o madre de una niña no te olvides de abrazarla y decirle cosas positivas que no se centren en su apariencia, sino en su esencia. Por ejemplo: eres inteligente, puedes lograr lo que te propongas, lo estás haciendo bien, tienes mucha creatividad, eres valiente, etc.

Tenemos que enseñarles a nuestras niñas que todos tenemos derecho a ser como queramos: que cada uno es un molde diferente y esa diversidad nos hace maravillosos. Debemos promover el respeto, la igualdad y el perdón entre niñas y niños. Que aprendan que son seres grandiosos independientemente del sexo, que ambos pueden lograr grandes cosas y se merecen el mismo trato. Promovamos la autoestima saludable y la fortaleza emocional.

P. D. Imágenes cortesía de Pixabay

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DETRÁS DE MÍ, SOY LA PRIMERA EN LA FILA

Según nuestras hijas crecen la relación entre madre e hija va cambiando. Los primeros años son tan apegadas a una que pueden ser algo empalagosas. No obstante, cuando asoma la preadolescencia no desean estar tan cerca de mamá. Ya no te ven tan linda, ni tan joven, ni tan amigable. Y por supuesto, dejas de tener la razón. Mas bien comienzan las críticas: “Esa ropa no te queda bien, ya estás vieja para eso, no tienes sentido del humor, tú no sabes, Mamá…” Ahora que mi hija está en esta etapa pienso en cuán insoportable pude ser. Es decir, la historia se repite, aunque con algunas variantes.

Se dan situaciones tolerables, pero otras no tanto. Especialmente cuando parece que nuestras hijas nos detestan. Algunas madres son capaces de sobrellevar estos cambios con humor y estoicismo, pero otras somos más sensibles y sufrimos por ello. Muchas veces nuestras hijas idolatran la figura del padre mientras nos ven como la regañona de la casa. Llega esa etapa en que no valoran todo lo que hacemos por ellas y viven en una fantasía con su papá, independientemente de que este viva o no bajo el mismo techo.

Irónicamente los expertos en el tema opinan que los enfrentamientos entre madre e hija ocurren, precisamente, porque es la relación más cercana que existe. Según explican esto sucede porque las niñas, cuando entran en la preadolescencia, buscan alejarse de los modelos de su niñez para encontrar su propia identidad y su camino. Por eso comienzan a reclamar espacio personal, dejan de estar receptivas ante nuestro afecto, la comunicación comienza a mermar y empiezan los conflictos.

Me ocurre justo en estos momentos. Mi hija quiere estar sola haciendo sus cosas como ver televisión, escuchar música o jugar con sus aplicaciones tecnológicas. Si le pregunto: “¿Vemos algo juntas?” me responde con un “estoy ocupada” o “quiero seguir viendo mis videos”. Si le voy a dar un beso o un abrazo, me rechaza. “Me los das cuando esté dormida”, se ha atrevido a decirme. Nuestras conversaciones cada vez son menos o mucho más breves y superficiales. Es una etapa dura, por lo menos para mí. Algunas veces lo manejo con aparente indiferencia, pero en la mayoría de las ocasiones se me estruja el corazón.

¿Qué hacer? De acuerdo con los expertos en el tema, si nuestros hijos no nos dejan acariciarlos como cuando eran niños, debemos, entonces:

  • manifestar nuestro amor con las acciones.
  • darles espacio sin volvernos demasiado permisivos.
  • promover los valores de equidad y solidaridad con nuestro ejemplo.
  • reconocer nuestros errores y exaltar sus virtudes.
  • apoyarlos y alentarlos a perseguir sus metas.

Por otro lado, recomiendan que, en la relación de madre e hija, sigamos siendo las mamás, no sus amigas. Lo que tiene mucho sentido porque las amigas de nuestras hijas son las chicas de su edad. Nosotras somos la figura de autoridad. Podemos ser cercanas y comprensivas, pero sin perder el rol que nos corresponde y que nuestras hijas necesitan cococer.

Otro consejo es proyectar que estamos bien. A veces es muy difícil si nos volvemos muy sensibles o si la adolescencia coincide con la menopausia, ya que son las dos etapas más difíciles en la vida de una mujer. ¡Demasiadas alteraciones hormonales a la vez! En este caso hay que procurar toda la ayuda posible para que tanto las madres como las hijas estemos bien y logremos manejar el sube y baja emocional.

Por último, pase lo que pase, las madres tenemos la responsabilidad de mantener la disciplina y las normas del hogar. Por más rebeldes que se vuelvan nuestras hijas necesitan nuestras referencias para saber cómo proceder. Es una etapa dura, muy dura. Como dice el refrán: “A Dios que reparta suerte” y detrás de mí que soy la primera en la fila.

P. D. Imágenes cortesía de Pixabay

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LA CRIANZA SIN TRIBU ES LA SOLEDAD DE LA MATERNIDAD

“A mamá que le mande una cebollita: escoja la grande o la más chiquita”. ¿Recuerdan este estribillo de nuestros juegos infantiles? Pues hablemos de soledad. Cuando yo me criaba, literalmente, de vecina a vecina se pedían una cebolla, un poco de azúcar o de café. De la misma forma se ayudaban en la crianza de los niños. Recuerdo tener una vecina, a quien quise como a una abuela, que nos cuidaba en caso de emergencia porque era parte de la “tribu” de mi familia. Solía hacerle maldades como encerrarla en el baño o tocarle una verruga que tenía. Travesuras de niña que no significaban otra cosa más que muestras de mi amor por ella. Fue una época de puertas abiertas y mandados compartidos. Tiempo en el que los vecinos, los abuelos, los tíos, los primos… componían una tribu que ayudaba en la formación de los pequeños.

Esos tiempos han quedado atrás. No tengo tribu. Ni siquiera conozco a mi vecina de al frente. Según María José Garrido (doctora en Antropología especializada en maternidad e infancia) no ha habido una generación de niños más solos en nuestro planeta que la actual. Así tampoco una generación de madres menos acompañadas en la crianza, cuenten o no, con los padres de sus hijos. “Dime tus circunstancias y te diré cómo lo vivirás…” En efecto, el contexto influye, inevitablemente, en la crianza como también en la forma de enfrentar la maternidad. Concuerdo con Garrigo cuando dice que la soledad invade cuando vives en una ciudad, sin demasiados o ningún apoyo familiar o con ese sostén lejos de ti. Maxime si se trata de madres solas por elección, como es mi caso.

La publicidad divulga una imagen errónea de la maternidad y la crianza de este siglo. Olvidan mostrar a madres cansadas, agotadas y solas en medio de diversos referentes. Cuando la realidad es (como bien lo expresó Garrido y que parafraseo) que las madres de hoy vivimos en una sociedad que nos exige ser abnegadas, profesionales y asalariadas eficientes, modelos de juventud y belleza, rostros de una familia feliz y “perfecta”. Una sociedad individualista que prefiere que no hablemos de esto, que nos juzga y nos sentencia. 

No obstante, como buena subversiva, me quito la venda de la boca porque mis circunstancias son las de muchas otras mujeres que en este siglo XXI criamos sin tribu y nos sentimos solas. Cuando evoco 10 años atrás, después de parir me incorporé a la vida cotidiana y profesional como si nada hubiera pasado. Sin internalizar que mi vida había cambiado para siempre. No solo porque me había convertido en madre, sino también porque sufría la recién perdida de mi papá y mi mamá. Los que hubieran sido pilares de mi tribu habían desaparecido para siempre.

Nunca me detuve a preguntarme: ¿Volveré a ser la misma? Ni siquiera me di cuenta de que mi vida había cambiado. Me levantaba cada día y caminaba, gateaba, corría, me arrastraba…sin detenerme a pensar que estaba sola. Cuando la realidad era que ya no sería la que fui y que jamás volveré a ser aquella persona. Un día era hija, después estaba embarazada, luego me quedé huérfana y al siguiente me convertí en madre. Y creo que hoy, después de más de 10 años comienzo a digerir el triple duelo. Triple porque no es solo el luto por los que murieron, sino también por mi atropellado cambio de vida.

He oído que cada 10 años ocurren cambios trascendentales. Lo creo. Ya no soy madre de una dulce bebé, sino de una preadolescente que llena mi vida de felicidad y angustia. He criado sin tribu durante tantos años y ahora me doy cuenta de que nunca pedí ayuda. Tuve tantas experiencias fuertes que pensé que podía sola y, literalmente, decidí quedarme sola cuando mi hija tenía solo 9 meses de nacida. Y es ahora, en medio de una pandemia, ante los nuevos retos de la crianza, ante el cambio de vida de mi hija y el mío propio, cuando siento el peso del mundo en mis hombros. Ahora me doy cuenta de que estoy cansada de ser una madre abnegada y una profesional eficiente. Me percato de que mi juventud desvanece, de que mi rostro cobra huellas, de que la metamorfosis es tan inevitable como brutal.

Ahora internalizo de que la crianza sin tribu es la soledad de la maternidad y de que quisiera tener una que me ayude a guiar a mi hija hasta el final. Y lo expreso, finalmente, no solo porque esta situación me ha abofeteado fuerte, sino porque mis vivencias son las de muchas otras mujeres y porque esta sociedad individualista no nos va a dictar de lo podemos o no podemos hablar.

P. D. Imágenes cortesía de Pixabay

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EDUCACIÓN A DISTANCIA: EL NUEVO RETO DE LAS FAMILIAS MONOPARENTALES

Si para una familia monoparental ya era un reto lidiar con la educación de los hijos, ahora que es a distancia, constituye un desafío más apremiante. ¿Por qué? Porque es papá, mamá o tutor/a quien está a cargo. Este o esta debe trabajar para sustentar el hogar a la vez que tiene que supervisar y apoyar a los hijos estudiando en casa. Por lo tanto, es momento de que los empleadores sean empáticos y provean un horario flexible que permita que el jefe de hogar pueda cumplir con su trabajo a la vez que esté disponible para asistir e involucrarse en la educación en línea de sus hijos.

Estamos ante nuevas circunstancias porque la pandemia (COVID-19) nos ha tocado a todos. Apoyarnos debe ser el nuevo compromiso social y universal. En mi caso, estoy trabajando desde la casa así que no tengo la preocupación de quién estará a cargo de mi hija. Solo tengo que organizarme bien para cumplir con mi trabajo (que también es educativo) y apoyar a mi hija. No obstante, esta no es la realidad de todas las familias monoparentales. Sin embargo, espero que cuenten con otras personas que les apoyen en esta tremenda encomienda.

Ya para esta fecha tengo la habitación de estudios prácticamente lista. Lograr un espacio adecuado es importantísimo y acarrea unos gastos adicionales a los ya impuestos ante el regreso a clases. No solo necesitan los libros y materiales mandatorios, a eso se suma una computadora con acceso a Internet, más gastos de luz y agua, todas las comidas en casa y, además, seguir pagando la escuela normalmente (si su educación es privada). ¡Ufff! Solo enumerarlo me causa estrés, pero es el nuevo reto de las familias monoparentales.

Como parte de la organización, lo primero que nos corresponde hacer es establecer o seguir el horario de estudios recomendado por la escuela. Diligenciar que nuestros hijos puedan conectarse exitosamente a su plataforma de estudios y cumplir con lo que requiera cada maestro para cada clase. Así que recordemos que las horas de descanso previo (sueño) deben ser las adecuadas, como también la ingesta de un buen desayuno y cumplir con el aseo personal adecuado para presentarse a clases.

Es importante que entre clase y clase el niño o la niña se levante para que se estire, de modo que no vaya a sufrir dolores musculares por pasar mucho tiempo sentado frente a una computadora. Recordemos que debe merendar y consumir un buen almuerzo. Lo recomendable una vez termine sus clases es que descanse y realice alguna actividad que le guste, si es posible, física. Luego debemos instarlos a que repasen o realicen sus tareas, según sea el caso. Como padres nos toca supervisarlos y asistirlos en lo que haga falta, pero nunca debemos realizar los trabajos por ellos.

Cada familia es diferente por muchas razones, por ejemplo: unas tienen más recursos que otras, unas tienen más destrezas tecnológicas que otras y así sucesivamente. De la misma forma cada niño es distinto, como muestra: unos son más independientes que otros, unos están más comprometidos con su educación que otros, etc. Por lo tanto, debemos atemperarnos a la realidad que nos toque sin perder de perspectiva nuestra meta. ¿Y cuál es esta? La salud, la seguridad, la educación y el bienestar general de los nuestros.

Dicho esto, el día no debe terminar sin que haya un diálogo con nuestros hijos sobre cómo les fue, cómo más podemos ayudarlos y cómo se sienten física y emocionalmente. Estamos viviendo una época retante y muy difícil, la mayor parte del tiempo estamos solos y distantes de los demás. Para los niños, adolescentes y jóvenes la interacción con sus pares es esencial, por lo que, ante esta realidad del distanciamiento social, debemos buscar la forma de que no sientan solos y de que puedan interactuar con otros así sea por mensajes de textos, llamadas telefónicas, redes sociales, etc.

Día largo, ¿no? Me parece que sí y no ha empezado. Si bien es cierto que la educación a distancia constituye un nuevo reto para las familias monoparentales, también es innegable que es un desafío que venceremos. La “nueva realidad” es la de todos. ¡Adelante!

P. D. Segunda imagen cortesía de Pixabay

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PREADOLESCENCIA… UN DÍA A LA VEZ

Seguramente si tienes una hija preadolescente has comenzado a sentirla lejos, como me pasa a mí. Para una madre que no ha hecho otra cosa más que cuidarla y velar por su bienestar, es un momento duro. No obstante, según los expertos y las madres que ya han pasado por esto, es un proceso natural. A veces siento que vivo con una extraña, que solo compartimos el techo y tropezamos en algunos espacios, pero que cada una anda en lo suyo y ocupa una habitación, sola. Quizá influye el momento histórico que estamos viviendo, encerrados en el hogar. Pero, en definitiva, es una etapa más, un nuevo reto de la crianza.

Menos mal que existen las amigas que ya han pasado por eso, que existen los libros y una fuente inagotable de información a través de Internet. De lo contrario, estaría dando palos a ciegas. Cuando nuestra hija y nosotras giramos para el mismo lado, se siente bien, es como conducir un auto súper alineado. No obstante, cuando una gira hacia la derecha y la otra hacia la izquierda, parece que conducimos un carro desalineado y con una llanta media vacía. ¡Ah, pero como madre y conductora de ese vehículo, no podemos perder el control!

Mis amigas que son madres saben que las llamo cuando me encuentro en una nueva encrucijada de la maternidad. Sus palabras son luz y sus experiencias las páginas del libro que escribo diariamente. Porque el viejo dicho dice que no existe un manual para criar, pero cada hijo que una madre ha sacado adelante es una historia de éxito. Así lo creo.

El inicio de la preadolescencia en pleno auge del distanciamiento social es una soberana mierda porque es el momento en el que más necesitan socializar. Debemos entender que en esta etapa nuestros hijos no nos odian ni pretenden herirnos, solo necesitan explorar y experimentar… y no con una. Es natural. Su anhelo es tener un entorno social amplio, crear sus círculos sociales, elegir a sus amigos bajo sus propios criterios, desarrollar su pensamiento crítico, discernir entre el bien y el mal, encontrar su propósito en el mundo.

¿Qué hacemos entonces? Los estudios y la experiencia (que es más fidedigna aún) recomiendan que les demos espacio para explorar. Darles espacio no solo es un acto de confianza, también provocará que confíen más en nosotras y que no quieran huir. Tengamos fe.

Además, nos aconsejan a abrirnos ante ellos conversando sobre nuestras cosas, nuestras opiniones, nuestros sentimientos. No lo había considerado. Por el contrario, pensaba que mantenerla lejos de las situaciones de adultos evitaría que tuviera otras preocupaciones. Sin embargo, los expertos señalan que si nuestros hijos perciben que compartimos con ellos lo que nos importa, igualmente prestaremos atención a lo que ellos tengan que decir. Me parece que tiene sentido y lo voy a intentar. Debemos mostrarnos humanas y dejar de pensar que siempre tienen que vernos como heroínas invencibles.

Por otro lado, hay una recomendación importantísima que tenemos que encarar. Se trata de mantener el control, de modo que no duden de que seguimos siendo la figura de autoridad en el hogar. Recordemos que nuestros hijos seguirán creciendo y tendrán que lidiar con distintas personas y aprender a negociar aquello en lo que no estén de acuerdo. Y para esto necesitan nuestra dirección.

En fin, un día a la vez…Aceptemos los retos de la preadolescencia en lugar de intentar controlarlo todo y pretender que nuestros hijos sean lo que no desean ser. Seamos facilitadoras de la etapa de autoconocimiento en la que están. Aun si implica que se alejen un poco porque el secreto es mantenernos cerca, sin hacer ruido, pero estar alertas.

P. D. Imágenes cortesía de Pixabay

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CREA UN ÁREA DE ESTUDIO Y TRABAJO

Mucho se habla en estos días de la nueva realidad. Sin proponérnoslo el inicio de la nueva década llegó con una crisis mundial de salud que nos ha obligado a atemperarnos a otro entorno. Por fortuna esto ha ocurrido en una época de nuevas tecnologías que nos permiten mantenernos conectados, de alguna forma. Que nuestros hijos tengan la habilidad de hacer su trabajo escolar con un celular en la mano, un libro en la otra, mientras textean con un amigo, mantienen abierto un videojuego y hasta escuchan música es extraordinario. ¡Nos superan!

Hoy día, ellos están vinculados a los juguetes electrónicos, casi desde que nacen. Por eso no debe extrañarnos que sientan tanta pasión por las pantallas táctiles. Es innegable que la revolución informática ha impuesto cambios drásticos, tanto en la vida cotidiana, como en los vínculos interpersonales y en la educación que reciben nuestros hijos. ¡Y en estos momentos debemos aprovecharlo al máximo!

Estamos ante la nueva realidad del distanciamiento social, la educación y el trabajo en casa. Es un reto que tenemos que encarar. Nuestra vieja rutina quedó atrás no sabemos por cuánto tiempo. Los preparativos para el nuevo año escolar requieren unos cambios. Nuestros hijos pasarán más tiempo en casa y recibirán su educación a distancia o en formato híbrido, no sabemos por cuánto tiempo. Esto amerita que recreemos, en nuestra casa, algunos espacios apropiados para el estudio y el trabajo.

Cada familia se enfrenta a este reto de forma particular dependiendo de los espacios que tenga en su casa y que pueda atemperar a un nuevo ambiente. Nos toca transformar algunos elementos hogareños y adecuarlos a las necesidades actuales; puede ser una habitación o un espacio particular dentro de la casa. Veamos algunas recomendaciones para esa área de estudio y trabajo:

  • Un espacio delimitado y tranquilo: si el lugar de estudio es creativo, agradable y cuidado, de por sí crea bienestar y eficiencia.
  • Lejos de ruidos y distracciones: es importante hacer respetar la ausencia de ruido y gritos en casa durante las horas de estudio y trabajo.
  • Materiales accesibles: todo aquel material necesario para estudiar y / o trabajar tiene que estar cerca para no perder tiempo teniéndonos que levantar continuamente.
  • Luz y ventilación:  la luz ambiental es esencial para la productividad, si se ha de estudiar con luz artificial, que sea cálida. También es importante que la zona de estudio tenga una buena ventilación y la temperatura sea adecuada, ya que de esta forma aumentará el rendimiento.
  • Orden: Tener todo el material superpuesto y una mesa repleta de cosas lleva a la confusión y ese desorden puede provocar distracciones innecesarias. El espacio, sin embargo, no ha de estar sobrecargado. Tengamos lo necesario.
  • Horario y planificación: Tener un horario y un plan de trabajo también ayudará a conseguir los objetivos de estudio. Se recomienda entre tarea y tarea unos minutos de descanso.

Ante nuestra llamada “nueva realidad” debemos estar haciendo los cambios recomendados. Tenemos que separar las actividades y espacios hogareños de los de estudio y trabajo. Redistribuyamos nuestros espacios para cumplir con esto. Nos pretendamos tener un buen ambiente de estudio y trabajo cerca de la televisión y la cama o cualquier otro accesorio que podría distraernos.

Es difícil, pero posible. Hagamos esa planificación con nuestros hijos para que internalicen que deben adaptarse a una nueva rutina y una forma de estudio diferente. Y que cuentan con nosotros para alcanzar el éxito.

P. D. Primeras dos imágenes cortesía de Pixabay

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SÉ TU FANÁTICA NÚMERO UNO

A veces pensamos que el maltrato proviene de otras personas y pocas veces reflexionamos sobre la forma en que nosotras nos maltratamos. Pues sí, lo hacemos y muy frecuentemente. Cada vez ves que nos culpamos por la forma en la que reaccionamos ante situaciones difíciles con nuestros hijos, nos lastimamos. La culpa es una imputación como consecuencia de alguna conducta, es un sentimiento de responsabilidad por un daño causado. Y todo lo que hace sufrir a un hijo nuestro, pensamos que es nuestra culpa porque no estuvimos allí para evitarlo. No somos infalibles y culparnos es una forma de maltratarnos. ¡Rompamos con la culpa!

Nos maltratamos autocriticándonos. Solemos tener la mala costumbre de minimizar nuestros esfuerzos y logros. Cuando la verdad es que hacemos un gran trabajo, diariamente. Sí, claro que sí. Somos jefas de hogar responsables y cada día hacemos un mayor esfuerzo para tener una familia feliz y productiva. Así que vamos a darnos un poco de reconocimiento por ello.

La duda es otra forma de maltratarnos. Dudamos de nuestros dones y capacidades cuando la verdad es que nos fueron dados para realizarnos como personas y ayudar a otros. Cada momento difícil que superamos en familia es una prueba de la confianza absoluta que debemos tener en nosotras mismas.

Sabotear nuestro éxito con miedo suele ser otra manera de maltratarnos. En efecto, muchas veces obstruimos nuestros proyectos por temor al fracaso o por pena de destacar demasiado. De una u otra forma no tiene sentido. Seamos nuestras aliadas, nuestras fanáticas número uno. Nadie creerá en nosotras si nos damos la espalda primero. En vez de sabotearnos, echémonos porras.

Mantenernos cerca de personas tóxicas es otra forma de maltrato. La gente que solo aporta quejas, dudas, enojo, pesimismo, envidia…nos roba nuestra energía. Por lo tanto, debemos alejarnos de ellas y alimentarnos de nuestra luz interior para brillar.

También nos hacemos daño cuando ocultamos a los demás quiénes somos. La vida no nos fue conferida para complacer a otros, sino para vivirla de forma individual y plena. En vez de buscar agradar a otros debemos lograr agradarnos un poco más cada día.

Trabajar en una misma es muy complejo, pero necesario. Para una buena salud debemos cuidar de nuestras emociones y sentimientos porque son capaces de dañar nuestros órganos. Si nos preocupamos demasiado nos da dolor de cabeza, el estrés excesivo nos daña el corazón, la tristeza afecta a los pulmones y la angustia, al estómago. Si nos enojamos mucho el hígado corre riesgos, los riñones son afectados por el miedo y el páncreas por la frustración. De modo que, para cuidar de nuestra familia hay que cuidar de una misma. ¡La pésima costumbre de colocarnos al final de la fila debe cambiar porque el auto maltrato debe parar!

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Ni niña ni adolescente

Cuando llega esa etapa en la que nuestra hija no es ni niña ni adolescente, ¡que difícil es! Los cambios hormonales causan vaivenes en su humor, emociones y estado de ánimo. Y, ¿por qué no decirlo? Hay días en que la convivencia es insoportable. Mi hija y yo estamos pasando por esto y es bastante abrumador y exhaustivo. Los cambios físicos son visibles, pero los cognitivos y los de conducta son algo más inciertos.

¿Cómo lidiar con estas transformaciones? Los estudiosos recomiendan que fortalezcamos los lazos afectivos de la infancia porque necesitan la misma atención y el mismo amor que cuando eran pequeños. No obstante, lograrlo es todo un reto porque muchas veces no quieren ni que los toquemos… Pero insistamos.

También aconsejan que los apoyemos para que sientan que pueden contar con nosotros. Esto también es difícil porque ellos creen saberlo todo. Sin embargo, nos toca reforzar su identidad para impulsar la confianza en ellos mismos.

Comprendo que mi hija está intentando darle sentido al mundo mientras su cerebro pasa por una fase de algo así como una remodelación, pero es frustrante. A veces me quiere a su lado y otras, no desea ni verme. Como está en pleno proceso de su maduración emocional, sé que no debo asustarme, y aunque a veces, me cueste, debo tener más paciencia. 

En esta etapa enfrentamos la necesidad que muestran de tener más espacio para su intimidad. Se vuelven más reservadas, comienzan a tapar su desnudez, cierran la puerta de la habitación, etc. Por eso es tan importante mantener una buena comunicación, hablar libremente de temas como la sexualidad, el conocimiento y respeto por su propio cuerpo, entre otros temas.

Otra de las cosas con las que debemos lidiar son sus amistades. Las niñas se enojan unas con otras, se contentan, se vuelven a enojar y otra vez son amigas. Es un drama interminable y agotador. Esos chismes las hacen llorar de rabia y de sentimentalismo. Y estar ahí diciéndoles que todo pasará se vuelve insuficiente. Pero insistamos, en efecto, pasará.

¿Y qué me dicen de marcar límites? Odian los límites y cada vez que los planteamos sus caras largas son poca cosa ante la idea de todo lo que piensan en ese momento y que, por supuesto, callan.

Como estoy pasando por esto puedo decirles que no solo hay que respirar profundo una vez, sino otra, otra y otra. Somos madres, pero somos humanas, así que no siempre seremos comprensivas. Y no debemos juzgarnos tan duramente como lo hacemos, cada vez que fallamos. La vida es un aprendizaje. Volvamos a empezar.

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¿SENTIMIENTOS REALES O CHANTAJE EMOCIONAL?

En algún momento te has preguntado si tus hijos te están manipulando… Esos sentimientos, lagrimitas o perretas, ¿son reales? ¿O se trata de un chantaje emocional? Según los expertos en el tema, la manipulación pone en marcha una conducta para inducir al otro a que piense, sienta o actúe sin darse cuenta, de la forma en que el manipulador quiere que lo haga. Parece cosa de adultos, pero es una conducta que hasta un niño puede cursar.

Si nuestros hijos comienzan a manipularnos es porque lo han aprendido probablemente de nosotros mismos o de alguien cercano. En cuyo caso, la recomendación de los estudiosos es prestarle más atención, con el fin de identificar patrones recurrentes y situaciones desencadenantes de la manipulación. Debemos contestarnos preguntas como: ¿Cuándo ocurre?, ¿dónde sucede?, ¿con quién?, ¿qué ocurre?, etc.

La sicóloga Eugenia Ocampo, explica que todo puede comenzar cuando, por ejemplo, el niño hace una perreta pidiendo alguna cosa, y nosotros al no saber sobrellevar la vergüenza del espectáculo, preferimos ceder ante las exigencias de nuestros hijos. A todos nos ha pasado. El berrinche es una técnica infantil que puede ir cambiando según van creciendo. A lo mejor, cuando son más grandes acuden al llanto porque saben que los amamos y no los queremos ver “sufrir”. No obstante, como padres, el primer paso es identificar sus patrones de manipulación y el segundo, reafirmarnos como autoridad, ya que esta actitud lo que pretende es hacernos perder el control.

De acuerdo a la sicóloga, podemos lograr detener esta conducta haciendo ajustes a nuestros modelos de educación y fijando límites. Debemos acostumbrarlos a la palabra: no. Si no tomamos el mando y si no corregimos ese comportamiento a edad temprana, posiblemente será mucho más difícil según vayan creciendo. De modo que en el momento que nos demos cuenta de que estamos siendo manipulados, debemos enseñarles que si quieren algo deben trabajar por eso, deben ganárselo.

Por otro lado, el sicólogo Ángel Peralbo, nos ofrece los siguientes consejos:

  • Ser firmes cuando le decimos que no.
  • Enseñarlos a pedir las cosas con amor y respeto.
  • Controlar nuestras emociones, como el coraje y el estrés.
  • De no poder controlar la situación, consultar un sicólogo infantil.

¡Así que manos a la obra! No seamos manipuladores, pero tampoco manipulables.

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ÉL ME HACE FALTA

Hablemos de padres. Mucho se ha escrito sobre la relación de las hijas con los padres. Sin embargo, no hay nada como la experiencia para constatar los datos. Algunas mujeres hemos tenido el privilegio de tener a nuestro padre presente durante muchas etapas de nuestra vida. No obstante, otras no han gozado de esa fortuna. Mi hija, por ejemplo.

La experiencia de haber tenido al mío y la de que mi hija no tenga al suyo, me lleva a reflexionar sobre la importancia de su figura durante el desarrollo. Es un reto para nosotras (las madres) lidiar con esa carencia. Papá hace falta, papá es insustituible y pretender lo contrario es el primer error.

Mi hija no vive con su padre desde que tenía 9 meses. Durante los primeros años de su vida mantuvo una buena relación con él, como no, “si las nenas son de papi”. En la actualidad la relación es muy distante porque, para empezar, él no vive en nuestro país. Eso le afecta, le duele mucho y yo sufro ese dolor, veo sus lágrimas, escucho sus lamentos, estoy ahí…

Yo extraño a mi papá todos los días de mi vida y lo tuve hasta mi adultez, así que puedo imaginar cuánto ella extraña al suyo. Ahora que mi hija ha llegado a la preadolescencia sus estados de ánimo cambian constantemente y todo se vuelve un poco más complejo. Hoy la consuela una frase que mañana no significa nada. Hoy la sostiene un abrazo, pero mañana no quiere que la toque. Es difícil para ambas.

Ante esta situación nos conviene buscar toda la ayuda posible: familia, amigos, profesionales, etc. He leído que fomentar otras relaciones en las que haya una figura masculina en la vida de las niñas, suele ser bueno. Un abuelo, si lo hay (no es nuestro caso), algún tío, padrino, entre otros. Sucede que esa presencia es vital para abonar a una buena autoestima, expresar amor y respeto. Una figura paternal que sepa escuchar, dedicarle tiempo y hacerla sentir valiosa, contribuye a que esa niña crezca y sea una mujer poderosa.

Es otro reto para las que somos madres solteras. Será un desafío, pero no es el fin del mundo. No fracasaremos como familia. Por el contrario, como mujeres empoderadas buscaremos toda la ayuda posible. Seremos mediadoras en la relación de hija y papá. Fomentaremos el trato de sobrina y tío. Extenderemos nuestra familia como red de apoyo. Si la ausencia de papá ahora es un reto, lo superaremos.

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