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Divagaciones I (La del espejo)

Un 11 de abril le causé mucho dolor a mi madre y, llegado el momento, pujó y pujó hasta vomitarme al mundo. Sin saber que nuestros años, meses, días, horas, minutos y segundos ya estaban contados. Los de ella llegaron a su fin hace 11 años y 10 meses, a sus recién cumplidos 62 y los míos hoy suman 49, mientras el reloj sigue su curso. La extraño y llevo todos estos años tratando de entender…

Hace algún tiempo miro al espejo intentando de explicar quién es esa persona que se refleja. No soy yo, es como ver a alguien más. Esa pared de cristal muestra una imagen que se parece a mí, pero no me encuentro en ella. Me siento perdida como si caminara por un vasto horizonte donde no se diferencia el principio del final.

Este sendero llamado vida es un aprendizaje doloroso. En cada paso que doy gano y pierdo, pierdo y gano. Pero llegan momentos como este en los que reflexiono para que la vida no se me escape sin darme cuenta. Estoy aprendiendo a valorar un poco más las emociones.

 ¿Cuántas veces te han dicho que no estés triste? Varias… a ciencia cierta. ¿Cuántas veces te han dicho que no estés alegre? Ninguna… seguramente. Hace poco aprendí con Carla, mi masajista terapéutica, gurú espiritual, que todas las emociones son bienvenidas. Creo que la primera vez que me lo dijo no le di importancia, pero la segunda vez, me dejó pensando… Y recientemente conversaba sobre esto con mi amiga, July.

Desde nuestra infancia nos enseñan a abrazar las emociones de la alegría y la felicidad y nos instruyen para rechazar las de la tristeza y el sufrimiento. Nos preparan para compartir y celebrar los logros y para guardar y callar lo que nos causa dolor.  Definitivamente hay algo mal en esta lección. Si nuestra condición humana nos permite experimentar una gran variedad de emociones es porque son necesarias para crecer y aprender de la vida.

Recuerdo que cuando discutía en clases la obra de teatro Edipo Rey, hablaba sobre los postulados griegos que afirmaban que en la vida había que reír y llorar. Si la cultura griega creía en esto alrededor del año 429 antes de Cristo, ¿por qué la cultura moderna insiste en reinventar la rueda? Nos motivan a reír y nos condenan las lágrimas. Nos celebran los años que cumplimos, pero no nos preparan para aceptar la muerte como parte de la vida. Nos aplauden cuando las niñas nos convertimos en señoritas, nuestros pechos crecen y las caderas se ensanchan, pero nos ridiculizan cuando los pechos se caen y las caderas se quiebran. Nos aplauden que seamos madres, nos critican que seamos mujeres. Pero ya lo inquirió Sófocles cuando escribió Edipo Rey: “La ignorancia es la causa de todos los males”…

Nuestra sociedad avanza y evoluciona en la ciencia, en la tecnología, mientras retrocede en muchos principios fundamentales de la vida. Lo mismo nos ocurre como individuos. He adquirido muchos conocimientos textuales y he ignorado las lecciones de mi existencia. Por eso estoy perdida. Por eso ando buscándome. Por eso estoy más triste. Por eso lloro más. Divago… Y es mi momento de meditar, de dejar muchas cosas atrás y centrarme otra vez en lo auténtico. Al fin y al cabo, tengo que reconciliarme con esa imagen del espejo que dice ser yo.


¿Quién soy?
duelo·familia·pandemia·pérdida

HAY GOLPES EN LA VIDA…

26 de septiembre de 1967-11 de marzo de 2021

“Hermano: yo no te lo digo siempre, pero recuerda que te amo, cuídate que, si a ti te pasa algo, a mí se me cae el mundo”. Esas fueron las últimas palabras que le escribí a mi hermano, pero que no alcanzó a leer. Aunque su deceso era la “crónica de una muerte anunciada” no es fácil lidiar con la pérdida de un ser al que se ama tanto.


Familia Martínez Justiniano

Me quedan las trillitas en carretilla que me daba cuando éramos niños, los juegos con sus carritos en los que me dejaba participar. Conservo una cicatriz en mi brazo izquierdo producto de andar tras de él cuando salía a jugar.

De grandes siempre me cuidó, era muy protector con su hermana menor. Cuando yo iba a parir, recién nuestros padres habían muerto y él decidió irse a casa unos días para acompañarme. “Era lo que Mami hubiera querido”, me dijo. Y cómo no iba a ser así, si él poseía toda la bondad y la humildad de nuestra madre. Estuvo conmigo aquella primera mañana en que me levantaron y yo caminaba con dificultad hacia el baño mientras de mi cuerpo se desprendían coágulos de sangre.

Robert tenía el espíritu trabajador de Papi. Siempre me ayudó en las cosas que necesitaba. Cuando ocurrió el huracán María él estaba en Estados Unidos y decidió volver a la isla para ayudar al país, eso decía. Lo busqué al aeropuerto y le dije: “Como vienes a reconstruir el país vas a empezar con mi apartamento” (chiste interno entre los tres hermanos). Y así fue, no lo llevé a San Germán hasta que terminó con todo lo que necesitaba reparar. Lo hizo con amor y con paciencia, virtud que necesitaba para lidiar conmigo.

Hermanos

Cuando yo aún vivía en San Germán era su paño de lágrimas. Los que lo conocieron bien saben que no hablaba mucho, pero cuando bebía se ponía muy sentimental y conversaba. Llegaba y me tocaba a la puerta o me llamaba y comenzaba a hablar. Su corazón estaba roto, sufría mucho por el desengaño de su origen. Era una sombra que lo atormentaba y lo llenaba de pena. Ahora entiendo el amor con el que mi padre lo quiso. Un amor inmensurable. Tanto, que se equivocó en quererlo por miedo a perderlo y a que él se perdiera.

También comprendo que fuera el favorito de mi madre. Lo era porque ella sabía que de nosotros tres, él era el más débil y el más sufrido. Necesitaba más amor, más atención, más compasión. Ella también sufría por eso, porque lo que retrasó fue inevitable y le causó mucho dolor. La vida lo golpeó con todo. Como escribió Vallejo:

“Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!”

Ahora que espero por tus cenizas evoco con amor y lágrimas nuestra última conversación. “Nena, no te preocupes que yo estoy bien”. Yo le replicaba y me hablaba de sus supuestos progresos y de que lo darían de alta en los próximos días. Me cuidó tanto que ahora comprendo que cuando lo llamaba y no me respondía, lo hacía para que no supiera que estaba mal. ¡Y tanto que me molestaba cuando no me contestaba! Era un enojo mezclado con preocupación y miedo.

Morirse en tiempos de pandemia es un proceso bien jodido para la familia. Todo se vuelve mucho más impersonal e insensible. No se pueden celebrar los ritos de la misma manera y para algunas personas esto es muy doloroso, como para nuestra abuela. A parte de la mía, siento la pena de ella, con quien mi hermano vivía. Esa viejita sí que sabe aguantar los golpes de la vida, pero hasta cuándo…

Robert: Ya no estás en cuerpo presente, pero te recuerdo y lo haré todos los días de mi vida de la misma forma en que tengo presente a nuestros padres. Irrevocable y dolorosamente. Tus virtudes eran más que las mías, tus defectos, No. Si la vida me diera la oportunidad de elegir, optaría por ti como hermano, otra vez. 

P. D. https://youtu.be/A_f_FWrHbx4

cuerpo, mente y espíritu·mantras·metamorfosis

La metamorfosis de Consuelo Mar y otros delirios…

En mi constante búsqueda del ser, he llegado a descubrir los mantras y su poder para liberar la mente y abrazar la espiritualidad. Los mantras son sílabas o grupos de sílabas en sánscrito, la lengua arcaica que se habló en el norte de la India desde fecha antigua hasta el siglo III antes de Cristo, y que después continuó existiendo como lengua escrita de las religiones, la literatura y el pensamiento. La palabra está compuesta de dos sílabas: man que significa mente y tra, liberación.

Los mantras contienen vibraciones altas que al repetirlas o escucharlas, con un propósito, tienen el poder de enfocar la mente y motivar cambios. Esto se logra porque en la medida que se repiten, la mente no tiene espacio ni tiempo para otros pensamientos, por lo que logramos relajarnos y meditar profundamente. El principio de un mantra es el concepto básico de que el sonido es vibración y toda ondulación, a su vez, genera energía y, por lo tanto, tiene la habilidad de provocar transformación en el campo donde se introduce con el propósito de alcanzar la sanación y el crecimiento espiritual.


Cortesía Pixabay

Así como el “Santo rosario” o el “Padre nuestro” son sagrados para los católicos y / o protestantes, los mantras suelen serlo para las personas que creemos en ellos. La repetición de un mantra origina un estado de tranquilidad y paz interior, pero también, activa la circulación sanguínea y controla la ansiedad. No hay que ser budista ni hinduista para creer en el poder transformador de un mantra. Lo utilizan, también, los practicantes del yoga y personas (como yo) que solo buscan la perfección espiritual y la unión con lo absoluto para obtener mayor eficacia en el dominio del cuerpo y la concentración anímica.

En mi proceso de cambio de vida, este “descubrimiento” me ha ayudado a conectar conmigo y comenzar el proceso de reconciliación con mi “yo” perdido. Cuando una mujer llega a esta etapa puede desconocerse a sí misma y, si bien las evoluciones físicas crean un desbalance en el cuerpo, los cambios mentales agotan el alma. A través de la lectura sobre este tema y el apoderamiento de varios mantras que escucho y / o repito, he aceptado que mi salud física y emocional van de la mano y que no puedo ser responsable de los sentimientos y opiniones de otras personas, ni de las expectativas que tengan de mí.

En mi constante búsqueda del ser, el Universo ha puesto en mi camino distintos ángeles de luz que me han ayudado a descubrir cosas nuevas y a indagar en mí misma para encontrar las respuestas que busco. Así he balanceado mis chacras, una y otra vez y otra vez y otra vez. Ahora conozco que estos centros de energía que tiene el cuerpo humano rigen nuestras funciones orgánicas, psíquicas y emotivas y que todo debe estar en perfecto orden.

Aunque es un trabajo constante, el conocimiento de distintos mantras me ha permitido lidiar mejor con mis cambios físicos-hormonales, estados de humor e irritabilidad, propios de la menopausia, con el fin de no mandar al carajo a cualquier persona, en cualquier momento y sin el menor reparo. Enfatizo en que es “un trabajo constante”, aún no he alcanzado la Iluminación (ja, ja, ja…)

El mantra “Om”, por ejemplo, uno de los más conocidos, produce en el cuerpo y en la mente una gran armonía. La letra “O” hace vibrar la caja torácica y la letra “M” hace vibrar los nervios cerebrales, por lo que el sonido “OM” causa un efecto sedativo. Ahora bien, hoy por hoy, el mantra con el que más me identifico y me siento en control es “Ra Ma Da Sa Sa Say So Hung”. Según los estudiosos del tema, este es uno de los mantras más poderosos que existe y es ideal para elevar nuestra frecuencia hacia la sanación divina, deshacernos de lo que nos estorba y dejar ir lo que no necesitamos. Nada más oportuno para mí en estos momentos de metamorfosis.

¿Y qué significa? Ra es lo mismo que sol, energía; Ma, luna, receptividad; Da, tierra, fortaleza; Sa, energía sanadora del infinito hacia mí; Say, honrar a la divinidad; So, vibración de la unidad; Hung, lo real, la esencia de la creación y So Hung, yo soy tú. Los sonidos de este mantra invocan las energías del Sol, la Luna, la Tierra y el Espíritu Infinito, con el objetivo de traer sanación profunda. Se puede cantar para sanarse a una misma o enviar sanación a cualquier persona que lo necesite. Es un mantra que se usa por su poder sanador y por su poder para encontrar la fuerza y el brillo personal. Lo tengo muy presente en este momento de mi vida en el que, tras la madurez, afloran viejas heridas, debilidades, culpas y resentimientos con mi propio ser. Repito: aún no he alcanzado la Iluminación, pero me está ayudando.

Es un tema serio, aunque lo trato con algo de humor. Mujeres, esto no está fácil y a todas nos llega, irremediablemente. ¿Recuerdan el refrán “se juntó el hambre con la necesidad”? Pues en mi casa se juntó la adolescencia con la menopausia y esto está brutal. A mí ya no me quita el sueño el qué dirán y a mi hija le importa todo, a mí ya nada me da vergüenza y a mi hija todo le causa pudor; yo me enfoco con los mantras y ella con sus BTS. Para mi hija yo soy una brujita loca, para mí ella es una sirena nadando entre varios mares. Bruja o sirena, atravesamos por muchos cambios. La oruga se convierte en mariposa y la mariposa, ¿en qué se convierte? (tema para otra columna).

Mi metamorfosis está abriendo puertas y cerrando otras. Estoy dejando de angustiarme y aceptando que es parte de la vida. Así como mi cuerpo ha ganado peso, he perdido peso en mi alma y que para bien sea. “Ong Namo”, que quiere decir: llamo a la sabiduría divina para que esté con todos nosotros.

P. D. imágenes de nuevos productos en mi colección “Mantras”: libretas, azulejos, imanes, tazas, otros…Vean más en : https://www.zazzle.com/colecciones/mantras-119657002053400284?lang=es

agradecimientos·COVID-19·familia monoparental·Navidad·resiliencia

¡LO HEMOS LOGRADO!

El 2020 es un año difícil de describir. En Puerto Rico lo comenzamos con la tierra temblando y no bien los sismos habían menguado nos pusieron en cuarentena a causa de la pandemia de Covid-19. Desde entonces todo cambió: los que no perdimos el empleo, comenzamos a trabajar desde la casa, la educación presencial, abruptamente, pasó a ser virtual, el uso de mascarillas se convirtió en un accesorio obligatorio, el Gobierno impuso cuándo salir y cuándo volver a casa, se implantó la ley seca, el cierre de los comercios, etc., etc.

Desde marzo vivimos pendientes de los cambios en las “Órdenes ejecutivas” que restringen y flexibilizan medidas, según los números de contagios aumentan o disminuyen. Salir a hacer alguna diligencia o en busca de algún servicio es más complicado que antes de la pandemia. Algunas personas han tomado la gravedad del asunto con algo de ligereza, han sido irresponsables, se han contagiado y han infectado a terceros.  Otros individuos han tomado el riesgo del contagio con demasiada severidad. No solo la salud física se ha impactado, también, la salud mental. Muchas personas han perdido sus trabajos, sus bienes y hasta la vida.

No obstante, aquellos que tenemos salud, un techo, empleo y comida sobre la mesa, debemos agradecer estas bendiciones. Yo pensé que no resistiría, pero aquí estoy junto a mi hija. Hemos sufrido ansiedad y distanciamiento emocional, pero lo hemos superado. Mi hija cambió de colegio en medio de este caos, por lo que ha sido doblemente difícil para ella manejar las circunstancias. Estar todo el día en la casa, ella en su cuarto estudiando en línea y yo en el mío dando clases virtuales, ha sido una completa locura.

Nos ha dado mucho trabajo. No obtuvo las notas de excelencia que tenía antes y yo no di las clases ingeniosas que lograba antes. Por varios meses estuvimos irritables, gruñonas, deprimidas, pero nos hemos atendido con profesionales y ahora estamos bien. Lograr reencontramos y reconectarnos como madre e hija, es una ganancia invaluable. Mi mejor regalo es ver su sonrisa y ser testigo de su felicidad, y si eso viene acompañado de besos y abrazos para “Mamá”, soy más que afortunada.

Si resistimos y podemos despedir un año tan duro debemos ser agradecidos. Somos más fuertes. Ojalá que esta lección de vida nos haga más conscientes de las cosas verdaderamente importantes; como ser responsables de nuestro cuidado para salvaguardar a los demás, valorar la vida y agradecer los pequeños regalos del Universo que antes considerábamos que eran “derechos”.

Esta Navidad es distinta para mucha gente, pero lo superaremos. Cuidémonos para que en la próxima nos podamos abrazar libremente. Sigamos comprometidos con la familia. Brindemos por la salud, la paz, el amor y la prosperidad. ¡Hemos logrado llegar hasta aquí: agradezcamos!

P. D. Imagen # 1 cortesía de Pixabay

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¿Quiénes sufren más de baja autoestima?

¿Las niñas o los niños? Si analizamos los mensajes culturales que promueven los medios, podemos concluir que las niñas padecen de más baja autoestima que los niños. Los mensajes que reciben promueven estereotipos, por eso, hoy día, hay niñas muy inconformes con su apariencia. Según investigaciones, cada vez hay más niñas que no están felices con su peso, su estatura, fu forma corporal, su cabello y otros aspectos de su apariencia.

Esto se agrava durante la preadolescencia ya que están sufriendo cambios físicos. En unas surge el acné, otras suben o bajan de peso. El pecho, la cintura y las caderas de van transformando. Llega la menstruación y comienzan los cambios hormonales. A causa de esto sufren constantes cambios de humor: de la risa al llanto y viceversa.

Pero no solo es el aspecto físico lo que lacera la autoestima de las niñas, es también la forma en como los niños las tratan, lo que también responde a los patrones culturales. Si los niños les dicen a las niñas que no hacen nada bien, que son aburridas, tontas, miedosas y estúpidas; ellas, lamentablemente, pueden creerlo. Y lo peor del caso, es que como esto no ocurre en la intimidad del hogar, puede pasar tiempo antes de que Mamá o Papá, sepa lo que está ocurriendo.

La autoestima es tan importante como cualquier otro aspecto de la salud, por lo que hay que cuidarla para evitar trastornos graves. Una pobre autoestima en una niña la puede llevar a aislarse socialmente, deprimirse, sufrir trastornos de alimentación y hasta abusar de sustancias. Ninguna madre y ningún padre quiere eso para sus niñas.

Tenemos que estar alertas para identificar las señales que nos alertan. Cualquier cambio repentino en ellas, puede ser una bandera que se levanta. Un problema de autoestima puede ocasionar que nuestras niñas dejen de comunicarse. Cada caso puede ser distinto, por eso tenemos que observarlas y mantener buena comunicación.

Si eres padre o madre de una niña no te olvides de abrazarla y decirle cosas positivas que no se centren en su apariencia, sino en su esencia. Por ejemplo: eres inteligente, puedes lograr lo que te propongas, lo estás haciendo bien, tienes mucha creatividad, eres valiente, etc.

Tenemos que enseñarles a nuestras niñas que todos tenemos derecho a ser como queramos: que cada uno es un molde diferente y esa diversidad nos hace maravillosos. Debemos promover el respeto, la igualdad y el perdón entre niñas y niños. Que aprendan que son seres grandiosos independientemente del sexo, que ambos pueden lograr grandes cosas y se merecen el mismo trato. Promovamos la autoestima saludable y la fortaleza emocional.

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DETRÁS DE MÍ, SOY LA PRIMERA EN LA FILA

Según nuestras hijas crecen la relación entre madre e hija va cambiando. Los primeros años son tan apegadas a una que pueden ser algo empalagosas. No obstante, cuando asoma la preadolescencia no desean estar tan cerca de mamá. Ya no te ven tan linda, ni tan joven, ni tan amigable. Y por supuesto, dejas de tener la razón. Mas bien comienzan las críticas: “Esa ropa no te queda bien, ya estás vieja para eso, no tienes sentido del humor, tú no sabes, Mamá…” Ahora que mi hija está en esta etapa pienso en cuán insoportable pude ser. Es decir, la historia se repite, aunque con algunas variantes.

Se dan situaciones tolerables, pero otras no tanto. Especialmente cuando parece que nuestras hijas nos detestan. Algunas madres son capaces de sobrellevar estos cambios con humor y estoicismo, pero otras somos más sensibles y sufrimos por ello. Muchas veces nuestras hijas idolatran la figura del padre mientras nos ven como la regañona de la casa. Llega esa etapa en que no valoran todo lo que hacemos por ellas y viven en una fantasía con su papá, independientemente de que este viva o no bajo el mismo techo.

Irónicamente los expertos en el tema opinan que los enfrentamientos entre madre e hija ocurren, precisamente, porque es la relación más cercana que existe. Según explican esto sucede porque las niñas, cuando entran en la preadolescencia, buscan alejarse de los modelos de su niñez para encontrar su propia identidad y su camino. Por eso comienzan a reclamar espacio personal, dejan de estar receptivas ante nuestro afecto, la comunicación comienza a mermar y empiezan los conflictos.

Me ocurre justo en estos momentos. Mi hija quiere estar sola haciendo sus cosas como ver televisión, escuchar música o jugar con sus aplicaciones tecnológicas. Si le pregunto: “¿Vemos algo juntas?” me responde con un “estoy ocupada” o “quiero seguir viendo mis videos”. Si le voy a dar un beso o un abrazo, me rechaza. “Me los das cuando esté dormida”, se ha atrevido a decirme. Nuestras conversaciones cada vez son menos o mucho más breves y superficiales. Es una etapa dura, por lo menos para mí. Algunas veces lo manejo con aparente indiferencia, pero en la mayoría de las ocasiones se me estruja el corazón.

¿Qué hacer? De acuerdo con los expertos en el tema, si nuestros hijos no nos dejan acariciarlos como cuando eran niños, debemos, entonces:

  • manifestar nuestro amor con las acciones.
  • darles espacio sin volvernos demasiado permisivos.
  • promover los valores de equidad y solidaridad con nuestro ejemplo.
  • reconocer nuestros errores y exaltar sus virtudes.
  • apoyarlos y alentarlos a perseguir sus metas.

Por otro lado, recomiendan que, en la relación de madre e hija, sigamos siendo las mamás, no sus amigas. Lo que tiene mucho sentido porque las amigas de nuestras hijas son las chicas de su edad. Nosotras somos la figura de autoridad. Podemos ser cercanas y comprensivas, pero sin perder el rol que nos corresponde y que nuestras hijas necesitan cococer.

Otro consejo es proyectar que estamos bien. A veces es muy difícil si nos volvemos muy sensibles o si la adolescencia coincide con la menopausia, ya que son las dos etapas más difíciles en la vida de una mujer. ¡Demasiadas alteraciones hormonales a la vez! En este caso hay que procurar toda la ayuda posible para que tanto las madres como las hijas estemos bien y logremos manejar el sube y baja emocional.

Por último, pase lo que pase, las madres tenemos la responsabilidad de mantener la disciplina y las normas del hogar. Por más rebeldes que se vuelvan nuestras hijas necesitan nuestras referencias para saber cómo proceder. Es una etapa dura, muy dura. Como dice el refrán: “A Dios que reparta suerte” y detrás de mí que soy la primera en la fila.

P. D. Imágenes cortesía de Pixabay

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LA CRIANZA SIN TRIBU ES LA SOLEDAD DE LA MATERNIDAD

“A mamá que le mande una cebollita: escoja la grande o la más chiquita”. ¿Recuerdan este estribillo de nuestros juegos infantiles? Pues hablemos de soledad. Cuando yo me criaba, literalmente, de vecina a vecina se pedían una cebolla, un poco de azúcar o de café. De la misma forma se ayudaban en la crianza de los niños. Recuerdo tener una vecina, a quien quise como a una abuela, que nos cuidaba en caso de emergencia porque era parte de la “tribu” de mi familia. Solía hacerle maldades como encerrarla en el baño o tocarle una verruga que tenía. Travesuras de niña que no significaban otra cosa más que muestras de mi amor por ella. Fue una época de puertas abiertas y mandados compartidos. Tiempo en el que los vecinos, los abuelos, los tíos, los primos… componían una tribu que ayudaba en la formación de los pequeños.

Esos tiempos han quedado atrás. No tengo tribu. Ni siquiera conozco a mi vecina de al frente. Según María José Garrido (doctora en Antropología especializada en maternidad e infancia) no ha habido una generación de niños más solos en nuestro planeta que la actual. Así tampoco una generación de madres menos acompañadas en la crianza, cuenten o no, con los padres de sus hijos. “Dime tus circunstancias y te diré cómo lo vivirás…” En efecto, el contexto influye, inevitablemente, en la crianza como también en la forma de enfrentar la maternidad. Concuerdo con Garrigo cuando dice que la soledad invade cuando vives en una ciudad, sin demasiados o ningún apoyo familiar o con ese sostén lejos de ti. Maxime si se trata de madres solas por elección, como es mi caso.

La publicidad divulga una imagen errónea de la maternidad y la crianza de este siglo. Olvidan mostrar a madres cansadas, agotadas y solas en medio de diversos referentes. Cuando la realidad es (como bien lo expresó Garrido y que parafraseo) que las madres de hoy vivimos en una sociedad que nos exige ser abnegadas, profesionales y asalariadas eficientes, modelos de juventud y belleza, rostros de una familia feliz y “perfecta”. Una sociedad individualista que prefiere que no hablemos de esto, que nos juzga y nos sentencia. 

No obstante, como buena subversiva, me quito la venda de la boca porque mis circunstancias son las de muchas otras mujeres que en este siglo XXI criamos sin tribu y nos sentimos solas. Cuando evoco 10 años atrás, después de parir me incorporé a la vida cotidiana y profesional como si nada hubiera pasado. Sin internalizar que mi vida había cambiado para siempre. No solo porque me había convertido en madre, sino también porque sufría la recién perdida de mi papá y mi mamá. Los que hubieran sido pilares de mi tribu habían desaparecido para siempre.

Nunca me detuve a preguntarme: ¿Volveré a ser la misma? Ni siquiera me di cuenta de que mi vida había cambiado. Me levantaba cada día y caminaba, gateaba, corría, me arrastraba…sin detenerme a pensar que estaba sola. Cuando la realidad era que ya no sería la que fui y que jamás volveré a ser aquella persona. Un día era hija, después estaba embarazada, luego me quedé huérfana y al siguiente me convertí en madre. Y creo que hoy, después de más de 10 años comienzo a digerir el triple duelo. Triple porque no es solo el luto por los que murieron, sino también por mi atropellado cambio de vida.

He oído que cada 10 años ocurren cambios trascendentales. Lo creo. Ya no soy madre de una dulce bebé, sino de una preadolescente que llena mi vida de felicidad y angustia. He criado sin tribu durante tantos años y ahora me doy cuenta de que nunca pedí ayuda. Tuve tantas experiencias fuertes que pensé que podía sola y, literalmente, decidí quedarme sola cuando mi hija tenía solo 9 meses de nacida. Y es ahora, en medio de una pandemia, ante los nuevos retos de la crianza, ante el cambio de vida de mi hija y el mío propio, cuando siento el peso del mundo en mis hombros. Ahora me doy cuenta de que estoy cansada de ser una madre abnegada y una profesional eficiente. Me percato de que mi juventud desvanece, de que mi rostro cobra huellas, de que la metamorfosis es tan inevitable como brutal.

Ahora internalizo de que la crianza sin tribu es la soledad de la maternidad y de que quisiera tener una que me ayude a guiar a mi hija hasta el final. Y lo expreso, finalmente, no solo porque esta situación me ha abofeteado fuerte, sino porque mis vivencias son las de muchas otras mujeres y porque esta sociedad individualista no nos va a dictar de lo podemos o no podemos hablar.

P. D. Imágenes cortesía de Pixabay

COVID-19·educación a distancia·hijas e hijos·madres y padres·retos

EDUCACIÓN A DISTANCIA: EL NUEVO RETO DE LAS FAMILIAS MONOPARENTALES

Si para una familia monoparental ya era un reto lidiar con la educación de los hijos, ahora que es a distancia, constituye un desafío más apremiante. ¿Por qué? Porque es papá, mamá o tutor/a quien está a cargo. Este o esta debe trabajar para sustentar el hogar a la vez que tiene que supervisar y apoyar a los hijos estudiando en casa. Por lo tanto, es momento de que los empleadores sean empáticos y provean un horario flexible que permita que el jefe de hogar pueda cumplir con su trabajo a la vez que esté disponible para asistir e involucrarse en la educación en línea de sus hijos.

Estamos ante nuevas circunstancias porque la pandemia (COVID-19) nos ha tocado a todos. Apoyarnos debe ser el nuevo compromiso social y universal. En mi caso, estoy trabajando desde la casa así que no tengo la preocupación de quién estará a cargo de mi hija. Solo tengo que organizarme bien para cumplir con mi trabajo (que también es educativo) y apoyar a mi hija. No obstante, esta no es la realidad de todas las familias monoparentales. Sin embargo, espero que cuenten con otras personas que les apoyen en esta tremenda encomienda.

Ya para esta fecha tengo la habitación de estudios prácticamente lista. Lograr un espacio adecuado es importantísimo y acarrea unos gastos adicionales a los ya impuestos ante el regreso a clases. No solo necesitan los libros y materiales mandatorios, a eso se suma una computadora con acceso a Internet, más gastos de luz y agua, todas las comidas en casa y, además, seguir pagando la escuela normalmente (si su educación es privada). ¡Ufff! Solo enumerarlo me causa estrés, pero es el nuevo reto de las familias monoparentales.

Como parte de la organización, lo primero que nos corresponde hacer es establecer o seguir el horario de estudios recomendado por la escuela. Diligenciar que nuestros hijos puedan conectarse exitosamente a su plataforma de estudios y cumplir con lo que requiera cada maestro para cada clase. Así que recordemos que las horas de descanso previo (sueño) deben ser las adecuadas, como también la ingesta de un buen desayuno y cumplir con el aseo personal adecuado para presentarse a clases.

Es importante que entre clase y clase el niño o la niña se levante para que se estire, de modo que no vaya a sufrir dolores musculares por pasar mucho tiempo sentado frente a una computadora. Recordemos que debe merendar y consumir un buen almuerzo. Lo recomendable una vez termine sus clases es que descanse y realice alguna actividad que le guste, si es posible, física. Luego debemos instarlos a que repasen o realicen sus tareas, según sea el caso. Como padres nos toca supervisarlos y asistirlos en lo que haga falta, pero nunca debemos realizar los trabajos por ellos.

Cada familia es diferente por muchas razones, por ejemplo: unas tienen más recursos que otras, unas tienen más destrezas tecnológicas que otras y así sucesivamente. De la misma forma cada niño es distinto, como muestra: unos son más independientes que otros, unos están más comprometidos con su educación que otros, etc. Por lo tanto, debemos atemperarnos a la realidad que nos toque sin perder de perspectiva nuestra meta. ¿Y cuál es esta? La salud, la seguridad, la educación y el bienestar general de los nuestros.

Dicho esto, el día no debe terminar sin que haya un diálogo con nuestros hijos sobre cómo les fue, cómo más podemos ayudarlos y cómo se sienten física y emocionalmente. Estamos viviendo una época retante y muy difícil, la mayor parte del tiempo estamos solos y distantes de los demás. Para los niños, adolescentes y jóvenes la interacción con sus pares es esencial, por lo que, ante esta realidad del distanciamiento social, debemos buscar la forma de que no sientan solos y de que puedan interactuar con otros así sea por mensajes de textos, llamadas telefónicas, redes sociales, etc.

Día largo, ¿no? Me parece que sí y no ha empezado. Si bien es cierto que la educación a distancia constituye un nuevo reto para las familias monoparentales, también es innegable que es un desafío que venceremos. La “nueva realidad” es la de todos. ¡Adelante!

P. D. Segunda imagen cortesía de Pixabay

comunicación·madres e hijas·preadolescencia

PREADOLESCENCIA… UN DÍA A LA VEZ

Seguramente si tienes una hija preadolescente has comenzado a sentirla lejos, como me pasa a mí. Para una madre que no ha hecho otra cosa más que cuidarla y velar por su bienestar, es un momento duro. No obstante, según los expertos y las madres que ya han pasado por esto, es un proceso natural. A veces siento que vivo con una extraña, que solo compartimos el techo y tropezamos en algunos espacios, pero que cada una anda en lo suyo y ocupa una habitación, sola. Quizá influye el momento histórico que estamos viviendo, encerrados en el hogar. Pero, en definitiva, es una etapa más, un nuevo reto de la crianza.

Menos mal que existen las amigas que ya han pasado por eso, que existen los libros y una fuente inagotable de información a través de Internet. De lo contrario, estaría dando palos a ciegas. Cuando nuestra hija y nosotras giramos para el mismo lado, se siente bien, es como conducir un auto súper alineado. No obstante, cuando una gira hacia la derecha y la otra hacia la izquierda, parece que conducimos un carro desalineado y con una llanta media vacía. ¡Ah, pero como madre y conductora de ese vehículo, no podemos perder el control!

Mis amigas que son madres saben que las llamo cuando me encuentro en una nueva encrucijada de la maternidad. Sus palabras son luz y sus experiencias las páginas del libro que escribo diariamente. Porque el viejo dicho dice que no existe un manual para criar, pero cada hijo que una madre ha sacado adelante es una historia de éxito. Así lo creo.

El inicio de la preadolescencia en pleno auge del distanciamiento social es una soberana mierda porque es el momento en el que más necesitan socializar. Debemos entender que en esta etapa nuestros hijos no nos odian ni pretenden herirnos, solo necesitan explorar y experimentar… y no con una. Es natural. Su anhelo es tener un entorno social amplio, crear sus círculos sociales, elegir a sus amigos bajo sus propios criterios, desarrollar su pensamiento crítico, discernir entre el bien y el mal, encontrar su propósito en el mundo.

¿Qué hacemos entonces? Los estudios y la experiencia (que es más fidedigna aún) recomiendan que les demos espacio para explorar. Darles espacio no solo es un acto de confianza, también provocará que confíen más en nosotras y que no quieran huir. Tengamos fe.

Además, nos aconsejan a abrirnos ante ellos conversando sobre nuestras cosas, nuestras opiniones, nuestros sentimientos. No lo había considerado. Por el contrario, pensaba que mantenerla lejos de las situaciones de adultos evitaría que tuviera otras preocupaciones. Sin embargo, los expertos señalan que si nuestros hijos perciben que compartimos con ellos lo que nos importa, igualmente prestaremos atención a lo que ellos tengan que decir. Me parece que tiene sentido y lo voy a intentar. Debemos mostrarnos humanas y dejar de pensar que siempre tienen que vernos como heroínas invencibles.

Por otro lado, hay una recomendación importantísima que tenemos que encarar. Se trata de mantener el control, de modo que no duden de que seguimos siendo la figura de autoridad en el hogar. Recordemos que nuestros hijos seguirán creciendo y tendrán que lidiar con distintas personas y aprender a negociar aquello en lo que no estén de acuerdo. Y para esto necesitan nuestra dirección.

En fin, un día a la vez…Aceptemos los retos de la preadolescencia en lugar de intentar controlarlo todo y pretender que nuestros hijos sean lo que no desean ser. Seamos facilitadoras de la etapa de autoconocimiento en la que están. Aun si implica que se alejen un poco porque el secreto es mantenernos cerca, sin hacer ruido, pero estar alertas.

P. D. Imágenes cortesía de Pixabay

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CREA UN ÁREA DE ESTUDIO Y TRABAJO

Mucho se habla en estos días de la nueva realidad. Sin proponérnoslo el inicio de la nueva década llegó con una crisis mundial de salud que nos ha obligado a atemperarnos a otro entorno. Por fortuna esto ha ocurrido en una época de nuevas tecnologías que nos permiten mantenernos conectados, de alguna forma. Que nuestros hijos tengan la habilidad de hacer su trabajo escolar con un celular en la mano, un libro en la otra, mientras textean con un amigo, mantienen abierto un videojuego y hasta escuchan música es extraordinario. ¡Nos superan!

Hoy día, ellos están vinculados a los juguetes electrónicos, casi desde que nacen. Por eso no debe extrañarnos que sientan tanta pasión por las pantallas táctiles. Es innegable que la revolución informática ha impuesto cambios drásticos, tanto en la vida cotidiana, como en los vínculos interpersonales y en la educación que reciben nuestros hijos. ¡Y en estos momentos debemos aprovecharlo al máximo!

Estamos ante la nueva realidad del distanciamiento social, la educación y el trabajo en casa. Es un reto que tenemos que encarar. Nuestra vieja rutina quedó atrás no sabemos por cuánto tiempo. Los preparativos para el nuevo año escolar requieren unos cambios. Nuestros hijos pasarán más tiempo en casa y recibirán su educación a distancia o en formato híbrido, no sabemos por cuánto tiempo. Esto amerita que recreemos, en nuestra casa, algunos espacios apropiados para el estudio y el trabajo.

Cada familia se enfrenta a este reto de forma particular dependiendo de los espacios que tenga en su casa y que pueda atemperar a un nuevo ambiente. Nos toca transformar algunos elementos hogareños y adecuarlos a las necesidades actuales; puede ser una habitación o un espacio particular dentro de la casa. Veamos algunas recomendaciones para esa área de estudio y trabajo:

  • Un espacio delimitado y tranquilo: si el lugar de estudio es creativo, agradable y cuidado, de por sí crea bienestar y eficiencia.
  • Lejos de ruidos y distracciones: es importante hacer respetar la ausencia de ruido y gritos en casa durante las horas de estudio y trabajo.
  • Materiales accesibles: todo aquel material necesario para estudiar y / o trabajar tiene que estar cerca para no perder tiempo teniéndonos que levantar continuamente.
  • Luz y ventilación:  la luz ambiental es esencial para la productividad, si se ha de estudiar con luz artificial, que sea cálida. También es importante que la zona de estudio tenga una buena ventilación y la temperatura sea adecuada, ya que de esta forma aumentará el rendimiento.
  • Orden: Tener todo el material superpuesto y una mesa repleta de cosas lleva a la confusión y ese desorden puede provocar distracciones innecesarias. El espacio, sin embargo, no ha de estar sobrecargado. Tengamos lo necesario.
  • Horario y planificación: Tener un horario y un plan de trabajo también ayudará a conseguir los objetivos de estudio. Se recomienda entre tarea y tarea unos minutos de descanso.

Ante nuestra llamada “nueva realidad” debemos estar haciendo los cambios recomendados. Tenemos que separar las actividades y espacios hogareños de los de estudio y trabajo. Redistribuyamos nuestros espacios para cumplir con esto. Nos pretendamos tener un buen ambiente de estudio y trabajo cerca de la televisión y la cama o cualquier otro accesorio que podría distraernos.

Es difícil, pero posible. Hagamos esa planificación con nuestros hijos para que internalicen que deben adaptarse a una nueva rutina y una forma de estudio diferente. Y que cuentan con nosotros para alcanzar el éxito.

P. D. Primeras dos imágenes cortesía de Pixabay