EL MEJOR REGALO PARA MAMÁ

A todas las que, como yo, están batidas

¿Cuántas de ustedes, al igual que yo, están hartas de que les digan que son unas “súper mamás”? ¿Cuántas de ustedes, al igual que yo, tragan hondo y con dificultad cada vez que nos dicen que somos madres y padres? ¿Cuántas de ustedes, al igual que yo, quisieran gritar a los cuatro vientos: “Mamá, ¡no puede con todo”! ¡Exacto! Somos muchas y seguiremos siendo más. ¡Desromanticemos la maternidad! No somos heroínas de una película, nos corresponde ser solo madres y no podemos con todo. ¡Estamos exhaustas! En lugar de romantizar la maternidad, humanicémosla. Poder con todo significa vivir esclavizadas, frustradas y desgastadas. Y así estamos muchas…

Cada etapa de la crianza acarrea un reto diferente y, en mi opinión, mayor que el anterior. En la que estoy ahora (la adolescencia) es durísima, ingrata y desgastante. Es un periodo de tonos grisáceos, de emociones confusas y sentimientos dolorosos. Es la fase en que nuestras (os) (es) hijas (os) (es) nos invisibilizan, se vuelven hurañas (os) (es), terriblemente egoístas y nos ven como estorbos en sus vidas. Como resultado, suele ser un ciclo en el que el peso de la maternidad es casi insoportable. Se rompe el mito de la “súper Mamá”, se reafirma la carencia de Papá y el peso de no “poder con todo” socava profundamente.

Las madres somos personas. Somos mujeres. Tenemos vida propia, ilusiones, desilusiones, miedos, audacias, fortalezas, debilidades, virtudes, defectos, alegrías, tristezas, luces, sombras, triunfos, fracasos, lealtades, traiciones, paz y guerra. Cuando la sociedad patriarcal nos impone la presión de una maternidad idealizada abona a la frustración de una realidad negada. Eso es brutal. Hay días en que el peso sobre los hombros parece un imán cuyo magnetismo nos hala a las profundidades infernales. Y estamos solas porque muchas no tenemos una tribu en la que apoyarnos y esa es la más terrible soledad de la maternidad.

Sí, ya no estamos en el siglo pasado. Pagamos el precio de la posmodernidad en la que vivimos solas, encerradas tras una puerta, sin conocer casi nada a la vecina (o) de al frente. Esa (e) que antes le “echaba un ojo” a las crías, les daba pon, les servía café con pan o galletitas y hasta regalaba consejos no pedidos. Yo disfruté de eso y mi mamá quizá de benefició un poco. Aún recuerdo a esas vecinas, fueron buenas conmigo. Mi hija y yo nunca hemos tenido eso. Vivimos el descaro del individualismo y la falta de compromiso social que caracteriza a esta época que en lugar de alivianarnos nos impone el peso de poder cargar con todo.

Pues no. ¡Basta ya! Una madre es solo una mujer clara-oscura que, además de criar, merece luchar por su libertad y su felicidad. Cada una de nosotras debería llevar una carga equilibrada que le permita ser quien es. Cada una de nosotras (aun si cría sola) únicamente es madre, no sustituimos al padre ni lo redimimos de sus responsabilidades. Cada una de nosotras debe poder soltar el peso de “poder con todo”. El mejor regalo que nos pueden dar es dejar de romantizar la maternidad y humanizarla. Es necesario romper el mito generacional que, para ser buenas madres, nos impone desaparecer, olvidarnos, entregarnos, darnos enteras. Eso es injusto y es inhumano. ¡Ya estamos hartas! La madre perfecta es la que existe en su imperfección.

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