En mi recorrido mental sobre la selección de las madres ejemplares que escogen los líderes de las iglesias, organizaciones y comunidades, en general, he llegado a la conclusión de que nunca recibiré tan preciado galardón. Las memorias que guardo sobre los reconocimientos del día de las madres eran mujeres representativas de los roles tradicionales y patriarcales de la sociedad. Madres de muchos hijos, amas de casa, esposas sumisas, cuidadoras, en fin: mujeres que anteponían las necesidades de otros a las suyas. No cumplo con ninguno de estos requisitos. ¡Y qué bueno! ¡Soy una mala madre! ¡Hasta mi hija lo sabe! Y en nombre de nosotras tengo algunas cosas que decir.
Las malas madres también perdemos el sueño. Y los que piensen que se pierde solo durante los primeros años están equivocados. Perderlo no es meramente despertar en medio de la noche porque una vez eres madre, sobre todo mala madre, no vuelves a dormir igual cuando hasta en sueños te asaltan los roles de la maternidad. Aunque podamos dormir toda la noche y levantarnos tarde, no nos hemos librado de una responsabilidad descomunal porque cualquier cosa que pasa con ellos es nuestra carga.
Las malas madres también sentimos culpa y lidiar con esta conlleva un trabajo mental monumental. Sentimos culpa por muchas cosas, por ejemplo, si los dejamos al cuidado de alguien más, alguien que supone cumplirá el rol de cuidador tan bien o mejor que nosotras y no lo hace. Sentimos culpa cuando los llevamos a la escuela y nos vamos al trabajo con el corazón atravesado. Sentimos culpa cuando subimos el tono de voz para llamar su atención. Sentimos culpa cuando algo los entristece o los daña de alguna manera. Sí, sentimos culpa, las malas madres sentimos mucha culpa porque no siempre estamos ahí y no podemos protegerlos de los pensamientos y acciones propias y ajenas.
Las malas madres lamentamos no poder detener el tiempo. Sufrimos de esa “pendejá” de todo tiempo pasado fue mejor. Añoramos cargarlos, asearlos, vestirlos, alimentarlos y apapacharlos. Nos quejamos cuando crecen y ya no quieren ni que los tomemos de las manos. Odiamos que tengamos que mandarlos a bañar y que, para colmo, dejen la cortina del baño abierta, la alfombra empapada y el piso mojado. ¡Sí…! Nos fastidia que siempre se pongan la misma ropa como si su clóset no pareciera una vitrina de tienda fina. Nos enloquece que coman tantas porquerías y osen exigirnos comer afuera como si fueran dioses y nosotras sus esclavas. Pero lo peor de todo es que las malas madres extrañamos terriblemente esos besos y abrazos incondicionales que ellos nos daban cuando aún pensaban que éramos buenas mamás. Y sufrimos inmensurablemente la ingratitud de la adolescencia.
Las malas madres tenemos que armonizar sin perder la cordura ante la falta de corresponsabilidad en el proceso de la crianza. Y no nos referimos únicamente a la figura paterna (si es que la hay), nos referimos a todo un conglomerado social que sobrepone lo que concierne al sexo que mata en lugar del sexo que da vida. La historia y la literatura glorifican los relatos de guerra y muerte e invisibilizan los de paz y vida. Y por supuesto, entendamos que el primero ensalza lo masculino y el segundo denigra lo femenino.
Las malas madres, a fuerza de ser tan modernas, no entendemos cómo nuestras antecesoras madres ejemplares no dejaron escrito el manual de la crianza ideal, pero de eso no nos quejamos. Conocemos el veredicto y no nos importa ser condenadas. Así que amigas mías, vámonos a malamadrear que sin nosotras no hay posibilidad alguna de un mejor futuro. ¡A la calle! ¡A formar y a crear una nueva madre selva! Para que otras, como nosotras, sean libres de escoger la forma en la que quieren vivir y la maternidad que quieran ejercer, si lo desean. ¡Solo si lo desean!












