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Divagaciones III (El templo de mi alma)

Desde chica escuché que el cuerpo es el templo del alma. No creo que haya internalizado esa premisa de alguna manera en particular, por eso hoy divago sobre ella.

Desde muy joven he sido fanática de la moda porque tuve el primer modelo en mi propio hogar. Mi madre tenía la extraordinaria capacidad de lucir bien invirtiendo poco presupuesto. Teníamos muchísima ropa (algunas mi abuela la cosía), montones de zapatos, carteras y accesorios. Piezas económicas que mi mamá separaba en las tiendas y pagaba poco a poco.

De modo que de adulta seguí sus pasos. Sin embargo, admito que hago muchas compras caprichosas y prefiero pagar al momento. Me sigue gustando la moda. Me encanta vestirme, calzarme e innovar mi guardarropa continuamente. Lo hago para mí porque me agrada tener mi estilo y sentirme diva, pero esta etapa también ha estado en crisis.

Como a casi todos, el tiempo de pandemia me obligó a quedarme en casa. He estado 15 meses ofreciendo mis cursos de forma remota. Pasar tanto tiempo frente a la computadora ha sido devastador para mis hombros, cuello y espalda. Así también, para mi vanidad de vestir bien.

Para las molestias físicas tuve que acudir a médicos, masajistas, fármacos… con resultados limitados y alivio esporádico. Hasta que inmersa en todo este proceso de reconección conmigo volví a considerar el yoga con más conciencia. Siempre he ejercitado mi cuerpo indisciplinadamente. Gimnasios, caminatas y ejercicios en casa que terminaban aburriéndome y dejaba. Sin embargo, a través de una lectura reveladora decidí retarme por 21 días seguidos para crear un nuevo hábito.

Esta vez opté por el yoga. Leí, busqué instructores, hasta que di con una asiática, criada en París y residente en España con la que cocnecté. Sus clases son tan bien guiadas y explicadas que me ganaron como alumna a distancia. Superé el reto de los 21 días (llevo ya 42 días seguidos) y puedo decir sin reparos que el yoga está cambiando mi vida.

Ha sido en este tiempo que he comprendido el verdadero significado de la frase: “el cuerpo es el templo de tu alma”. Yoga significa unión de cuerpo, mente y espíritu. Es una práctica que busca la reunificación del Ser con el Todo y el acceso a la consciencia suprema que nos lleva a la iliminación. Con la poca experiencia que tengo hasta hoy, puedo dar fe de que cumple su propósito.

Me ha ayudado a comprender que cuidar la figura va más allá de vestirla bonita. El cuerpo es el recipiente a través del cual puedo sentir la vida. El yoga me ha permitido entender que mis dolencias físicas-musculares y mi primera divagación en la que expresaba que desconocía mi reflejo en el espejo, se debían a que me había desconectado de mi cuerpo. De modo que en este proceso de reencontrarme también he tenido que reconectar con mi complexión.

Ha sido una experiencia muy valiosa y un gran avance en mi proceso de búsqueda. Las clases de yoga han aliviado mis dolores musculares. Puedo hacer movimientos que hace 10 meses no podía, ya casi no tengo que tomar píldoras y he ido soltando espasmos. También estoy adquiriendo flexibilidad, perdiendo peso, tonificando, conociendo más mi cuerpo, entre muchos beneficios más (qué serán tema para otra columna). Pero lo más importante, es que me está guiando en mi proceso de búsqueda y equilibrio espiritual.

Hoy comprendo que el cuerpo de cada persona es una creación perfecta en su imperfección porque a través de este vivimos nuestra experiencia humana. He internalizado que, para no vivir un placer limitado, debo honrar, amar y cuidar mi complexión. El cuerpo muestra lo que hay en nuestro interior y por un tiempo reflejó mi descontento con la vida, al punto de no agradarme.

Ahora lo valoro como mi sagrado templo y es perfecto porque por medio de él experimento la vida y adquiero conocimientos a través de mis experiencias. Ahora me veo en el espejo y me sonrío. Ahora me siento más bonita porque me cuido. Ahora no salgo de mi casa sin antes hacer yoga. Ahora disfruto el fruto de mi disciplina y me reto cada día a verme y sentirme mejor. Ahora disfruto el placer de viajar en primera clase, contemplar la naturaleza y ser un Todo con el Universo. Ahora mi diosa acepta su templo y mi alma se regocija en ello.

P. D. Imágenes 1 Y 2 cortesía de Pixabay

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Divagaciones I (La del espejo)

Un 11 de abril le causé mucho dolor a mi madre y, llegado el momento, pujó y pujó hasta vomitarme al mundo. Sin saber que nuestros años, meses, días, horas, minutos y segundos ya estaban contados. Los de ella llegaron a su fin hace 11 años y 10 meses, a sus recién cumplidos 62 y los míos hoy suman 49, mientras el reloj sigue su curso. La extraño y llevo todos estos años tratando de entender…

Hace algún tiempo miro al espejo intentando de explicar quién es esa persona que se refleja. No soy yo, es como ver a alguien más. Esa pared de cristal muestra una imagen que se parece a mí, pero no me encuentro en ella. Me siento perdida como si caminara por un vasto horizonte donde no se diferencia el principio del final.

Este sendero llamado vida es un aprendizaje doloroso. En cada paso que doy gano y pierdo, pierdo y gano. Pero llegan momentos como este en los que reflexiono para que la vida no se me escape sin darme cuenta. Estoy aprendiendo a valorar un poco más las emociones.

 ¿Cuántas veces te han dicho que no estés triste? Varias… a ciencia cierta. ¿Cuántas veces te han dicho que no estés alegre? Ninguna… seguramente. Hace poco aprendí con Carla, mi masajista terapéutica, gurú espiritual, que todas las emociones son bienvenidas. Creo que la primera vez que me lo dijo no le di importancia, pero la segunda vez, me dejó pensando… Y recientemente conversaba sobre esto con mi amiga, July.

Desde nuestra infancia nos enseñan a abrazar las emociones de la alegría y la felicidad y nos instruyen para rechazar las de la tristeza y el sufrimiento. Nos preparan para compartir y celebrar los logros y para guardar y callar lo que nos causa dolor.  Definitivamente hay algo mal en esta lección. Si nuestra condición humana nos permite experimentar una gran variedad de emociones es porque son necesarias para crecer y aprender de la vida.

Recuerdo que cuando discutía en clases la obra de teatro Edipo Rey, hablaba sobre los postulados griegos que afirmaban que en la vida había que reír y llorar. Si la cultura griega creía en esto alrededor del año 429 antes de Cristo, ¿por qué la cultura moderna insiste en reinventar la rueda? Nos motivan a reír y nos condenan las lágrimas. Nos celebran los años que cumplimos, pero no nos preparan para aceptar la muerte como parte de la vida. Nos aplauden cuando las niñas nos convertimos en señoritas, nuestros pechos crecen y las caderas se ensanchan, pero nos ridiculizan cuando los pechos se caen y las caderas se quiebran. Nos aplauden que seamos madres, nos critican que seamos mujeres. Pero ya lo inquirió Sófocles cuando escribió Edipo Rey: “La ignorancia es la causa de todos los males”…

Nuestra sociedad avanza y evoluciona en la ciencia, en la tecnología, mientras retrocede en muchos principios fundamentales de la vida. Lo mismo nos ocurre como individuos. He adquirido muchos conocimientos textuales y he ignorado las lecciones de mi existencia. Por eso estoy perdida. Por eso ando buscándome. Por eso estoy más triste. Por eso lloro más. Divago… Y es mi momento de meditar, de dejar muchas cosas atrás y centrarme otra vez en lo auténtico. Al fin y al cabo, tengo que reconciliarme con esa imagen del espejo que dice ser yo.


¿Quién soy?
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¡QUÉ BUENA VIDA!

Aunque se trata de una expresión muy común, encierra un significado muy profundo. ¿Qué es una buena vida? ¿Tengo una buena vida? ¿Contribuyo a que mi hija la tenga? Esta simple pregunta es un tema de profunda reflexión. Creo que debemos detenernos en distintos momentos de nuestro camino y examinar cómo estamos viviendo. Es lo que he hecho en estos días…

Claro está, el significado a esta interrogante puede ser distinto para todos. Para unos puede significar riqueza y placer, para otros; salud y paz, y así sucesivamente. No obstante, para mí, es una vida con propósito, alegría y satisfacción. Sin embargo, el propósito no es un camino recto al que se llega sin desvíos, por el contrario, es un laberinto. Por eso en distintos momentos podemos sentir que hemos perdido nuestro norte y nos toca arrear en busca de la salida que nos lleve nuevamente a ese sendero. En este proceso solemos perder la alegría, ya que nos invade la ansiedad ante nuestros pasos perdidos. Y como efecto dominó, la satisfacción de una buena vida, desaparece momentáneamente.

¿Qué hacer entonces? En mi caso, me detengo y pienso. No se trata de mí solamente, tengo a cargo la crianza de una niña, por lo que el llevar o no llevar una buena vida tiene un impacto en ella y es un asunto muy serio. Me toca soltar el ancla, examinar el horizonte y, poco a poco, halar la cuerda. Para lograrlo intento seguir algunos pasos, por ejemplo:

  • Disfrutar la alegría de los sencillos placeres de la vida: Un vino, un café, una buena lectura o conversación, un rato en mi balcón, la sonrisa de mi hija, los juegos con mi mascota…
  • Ayudar a hacer de este mundo un lugar mejor: Es importante tener una participación cívica. Ayudar a los demás y trabajar por un bien común, siempre trae satisfacción.
  • Ser agradecidos: La gratitud es un aspecto importante de la buena vida. Nos ayuda a superar la sensación de no tener suficiente.
  • No preocuparnos por las cosas que no podemos controlar: No somos capaces de controlar una gran variedad de eventos en la vida, pero sí de manejar nuestras respuestas ante estos eventos.
  • Valorar y mantener las relaciones interpersonales: Nada es más grato que pasar tiempo con las personas afines a nosotros, reír, charlar y disfrutar de esa compañía.
  • Vivir nuestras pasiones: Hacer lo que nos apasiona, nos da una sensación de plenitud, de realización y de verdadera satisfacción.
  • Vivir el momento: En lugar de estar atrapados en el pasado o temerosos sobre el futuro, debemos de disfrutar ahora, “Carpe diem”.

Desentender el rumbo que marca la brújula es permisible, perderla; inadmisible. Vivir una buena vida es tarea de todos los días. Reconocer que no nos fue bien; también. Detenernos siempre que haga falta y redirigirnos, es el reto que debemos enfrentar. Una vida con propósito, alegría y satisfacción, no se alcanza en un momento para siempre: se tiene, se pierde y se vuelve a tener. Con mucho esfuerzo. Nuestro bienestar es la garantía del equilibrio de nuestro hogar.