destino · equilibrio · madre e hija · reconstrucción · valentía

[20]-[21]

“Los hechos llegarán por sí mismos, aunque yo los oculte con mi silencio”.

Tiresias (Edipo Rey)

¿Saben cómo la naturaleza nos alerta de una posible erupción volcánica? Según los estudios científicos, ocurre mediante una especie de grito agudo que deriva de la frecuencia de los temblores sísmicos previos a la erupción. Este acontecimiento es la mejor metáfora 20-21 que puedo nombrar. El año 2020 fue sísmico para la mayor parte de la humanidad, pero el 2021 para mi hija y para mí ha sido volcánico. La soledad impuesta por el encierro y el abrupto cambio de la rutina de nuestras vidas fueron el sismo que llevó a la erupción volcánica. Si bien es cierto que una explosión acarrea desolación, también es cierto que podemos utilizar las cenizas para reconstruir. Así lo hacen los agricultores cuando excavan conos en la capa de ceniza para que las plantas enraícen más fácilmente en suelo volcánico. Mi hija y yo hemos sufrido graves quemaduras, pero con las cenizas reconstruiremos, enraizaremos nuevas plantas en nuestra tierra, no importa el tiempo que nos tome.

Cortesía de Pixabay

El universo conspira y no nos deja desprovistos. La lectura de un libro me enseñó que no podemos cambiar las costumbres, pero sí crear nuevos hábitos, lo que equilibra perfectamente la balanza. Esta lección me llevó a establecer nuevas prácticas que me ayudaron a alcanzar el equilibrio. Entonces me sacudieron el piso para probar cuánto balance tenía.  ¿Y qué creen que pasó? ¿Me sostuve como acróbata? ¡Claro que no! Empecé a dar vueltas en el aire en medio de un vacío. La cabeza en los pies. Los pies en la cabeza. Hasta que poco a poco fui agarrando la cuerda, columpiándome.

Estuve un tiempo como en Babia. Tocaba mi pecho y no sentía el corazón. No podía llorar. No podía gritar. No sentía nada. Creí que estaba muerta. Pero después empecé a experimentar una fuerte ira y me sentí capaz de convertirme en una feroz depredadora que defendería a su cría con garras y dientes. Fue entonces que agarré la cuerda. Comprendí que el equilibrio que había logrado antes fue el que me preparó para alcanzar el trapecio. Me enseñó a balancearme en la cuerda floja y a comprender que el infinito no tiene principio ni fin. Es un ciclo. El nuevo hábito de cultivar mi espiritualidad, meditar y practicar yoga, asentó la tierra de mis entrañas para sobrevivir a la erupción volcánica. Aprendí a sembrar, a ser una con la tierra. En mi jardín he visto florecer, he visto morir y he tenido que podar casi hasta el tronco para ver renacer. Otra metáfora de mi vida.

Cortesía de Pixabay

Este año volcánico he cuestionado hasta mi propia maternidad. Lo que es brutal. Mi hija es carne de mi carne, sangre de mi sangre, una parte de mí. Por ella sufro cualquier pesar que la embargue. Lo que contradice esa idea romántica de que lo mejor que le ocurre a una mujer es ser madre. Una mujer no es más ni menos si ha procreado o no. El amor de una madre es profundamente doloroso. Aprender a ver a una hija como un ser independiente que debe vivir su propia vida y resistir sus propias tormentas, es atropellante. Aceptar que por mejores madres que seamos no somos omnipresentes y no podremos salvaguardarlas del mal ajeno, es devastador. No poder sanar su corazón, no poder cambiar sus pensamientos, es una agonía. Soportar que la traición la golpee inevitablemente, es un calvario. ¿Qué tiene esto de romántico? Solo el sentido literal de la palabra porque la buenaventura de ser madre es un idealismo.

No obstante, debo pagar el precio de conocer el acertijo de la esfinge. Somos criaturas que en la mañana caminamos en cuatro patas, al medio día en dos y en la noche en tres. El destino de cada uno es inminente porque cada espíritu que está en este plano viene a vivir su propia experiencia humana, quizá repetidamente hasta estar listos para ser Uno con el Todo. Así como soy protagonista de mi historia, lo es mi hija de la suya. Si me dejo llevar por los recientes acontecimientos creo que madurará y comprenderá los misterios de la vida mucho antes de lo que yo lo he hecho. Creo que será más fuerte que Consuelo (su bisabuela) y Consuelo (su madre). Me parece particularmente interesante cuando recuerdo las recientes palabras que me dijo mi abuela Consuelo: “Ya queda poco de tu abuela”. Mientras su mirada me decía “prepárate” exactamente igual que hace 12 años cuando ella y tía Mary me dijeron “tienes que prepararte”. En ese momento mi papá estaba muy enfermo y poco después se despidió de mí con una mirada que me arrebató el mundo y me dejó en un mar de lágrimas. Suceso que solo le conté (en aquel momento) a mi madre quien evitó las despedidas.

En fin, creo que mi abuela intenta pasarle el cetro a la persona equivocada porque sospecho que Sofia Valentina nos superará en demasía. Solo tiene 12 años e ignora lo fuerte y valiente que es (escogí bien su nombre).  Lo que ahora mi hija cree que es demasiado para ella no es más que el anticipo de su fortaleza. ¡Qué grande es mi niña, qué valiente!

P. D. Abuela ponte pa’ tu número porque ni en sueños estoy lista para dejarte ir (aunque sea muy egoísta de mi parte).

Cortesía de Pixabay

Septiembre (fragmento)

Septiembre, me debes turbulencias, penas, dudas…

Me debes un duelo, una tumba vacía,

un muerto en fuga…

[…]

Pero me ganas, septiembre.

Me ganas un corazón ardiente como el infierno,

me ganas una fuerza como de Hércules

y una fiereza de Can Cerbero.

¿Qué recriminarte, septiembre?

[…]

Inconcluso.S, 2014

aspiraciones · firmeza · fuerza · niñas · riesgos · valentía

FORMEMOS NIÑAS VALIENTES

Aunque hoy día las mujeres hemos logrado incursionar en campos que antes nos eran negados, de acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas, solo el 23 % de los gobiernos nacionales alrededor mundo están ocupados por mujeres. De modo que se necesita mucho para lograr que la brecha de género pueda cerrarse.

Las madres que críamos niñas tenemos aún un gran reto. Sin embargo, es posible educar niñas valientes para que se conviertan en líderes mundiales. En un artículo que publicó la revista Forbes se revelan algunas recomendaciones para que inculquemos audacia, en las niñas que formamos hoy.

Una de las sugerencias es que las animemos a tomar más riesgos. Culturalmente solemos limitar ciertas actividades infantiles porque pensamos que son arriesgadas para las nenas. Por ejemplo, si un varón puede asumir el riesgo de hacer piruetas en el aire en una patineta, una niña también puede. Si un niño se arriesga a inscribirse en una competencia internacional de matemáticas, una nena también puede.  Mientras las niñas se enfrenten a más situaciones en las que tengan que demostrar su coraje, más valientes serán.

Como madres responsables debemos enseñarles a nuestras hijas sobre la firmeza. Desde pequeñas deben aprender que son libres de expresar sus opiniones y que deben defender sus posiciones. Eso no las hará ni menos femeninas ni menos amables. Debemos elogiar su firmeza de la misma forma que elogiaríamos su afabilidad.

Otra sugerencia que nos dan es mostrarles modelos femeninos fuertes. No solo deben seguir figuras famosas por su belleza física o por sus talentos artísticos. Sino también, ejemplos de mujeres exitosas que han logrado cambios significativos en el mundo, mujeres valientes y arriesgadas que han enfrentado los estereotipos y han alcanzado valiosos logros.

Por otro lado, es importante que las animemos a tener aspiraciones. Si sueña en grande, hará grandes cosas. Mientras criamos, debemos exponerlas a muchas experiencias para que descubran su vocación y forjen sus metas. Si desde pequeñas trabajan duro serán fuertes y valientes, lo que las conducirá al éxito.

Y lo más significativo, en mi opinión, es que les revelemos que “lo esencial es invisible a los ojos”, como le dijo el zorro al principito. El verdadero valor está en el interior no en la apariencia, ni en los bienes materiales, ni en la gente que las rodea. Una niña debe saber que es capaz de hacer grandes cambios con tenacidad, justicia, comprensión y tolerancia.

Eduquemos a nuestras hijas con amor y seamos ejemplo de lo que profesamos. No aprenderán a ser valientes, si somos madres cobardes. No serán arriesgadas si todo el tiempo nos quedamos en la zona segura. No serán fuertes si somos mujeres débiles. No tendrán aspiraciones si somos conformistas. No se valorarán internamente si no miramos con el corazón.