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AUTOESTIMA Y FORTALEZA EMOCIONAL

¿Quiénes sufren más de baja autoestima? ¿Las niñas o los niños? Si analizamos los mensajes culturales que promueven los medios, podemos concluir que las niñas padecen de más baja autoestima que los niños. Los mensajes que reciben promueven estereotipos, por eso, hoy día, hay niñas muy inconformes con su apariencia. Según investigaciones, cada vez hay más niñas que no están felices con su peso, su estatura, su forma corporal, su cabello y otros aspectos de su apariencia.

Vale cueva

Pero no solo es el aspecto físico lo que lacera la autoestima de las niñas, es también la forma en como los niños las tratan, lo que también responde a los patrones culturales. Si los niños les dicen a las niñas que no hacen nada bien, que son aburridas, tontas, miedosas y estúpidas; ellas, lamentablemente, lo van a creer. Y lo peor del caso, es que como esto no ocurre en la intimidad del hogar, puede pasar tiempo antes de que mamá o papá, sepa lo que está ocurriendo.

Vale baloncesto

Recientemente mi hija demostró cierta laceración relacionada con este asunto, y me tomó por sorpresa. Siempre procuro decirle cosas positivas, bonitas y alentarla a que puede lograr cualquier cosa que se proponga. No obstante, cuando está en la escuela, solo sé lo que ella me cuenta. Aparentemente debo ser más inquisitiva respecto a cómo pasa los días, para evitar que guarde heridas que puedan hacerle daño a largo plazo.

La autoestima es tan importante como cualquier otro aspecto de la salud, por lo que hay que cuidarla para evitar trastornos graves. Una pobre autoestima en una niña la puede llevar a aislarse socialmente, deprimirse, sufrir trastornos de alimentación y hasta abusar de sustancias. Ninguna madre y ningún padre quiere eso para sus niñas.

Vale escalando

Tenemos que estar alertas para identificar las señales que nos alerten. Cualquier cambio repentino en ellas, puede ser una bandera que se levante. En mi caso fue el llanto. Un llanto que en un principio confundí con changuería. Afortunadamente mi hija habló. Me dijo todo lo que había pasado y cómo se sentía. Sin embargo, no siempre podemos contar con eso. Un problema de autoestima puede ocasionar que nuestras niñas dejen de comunicarse. Cada caso puede ser distinto, por eso tenemos que observarlas y mantener buena comunicación con las personas claves que están cerca de ellas en la escuela. Después de todo, es un trabajo en equipo.

Si eres padre o madre de una niña no te olvides de abrazarla y decirle cosas positivas que no se centren en su apariencia, sino en su esencia. Tenemos que enseñarles a nuestras niñas que todos tenemos derecho a ser como queramos: nosotros mismos; que cada uno es un molde diferente y esa diversidad nos hace maravillosos. Debemos promover el respeto, la igualdad y el perdón entre niñas y niños. Que aprendan que son seres grandiosos independientemente del sexo, que son iguales y se merecen el mismo trato. Promovamos la autoestima saludable y la fortaleza emocional.

Vale y yo mar

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¡HAY NIÑOS EN LA CALLE!

La isla de Puerto Rico fue impactada por el más grande desastre natural en su historia: el huracán María. El pasado 20 de septiembre de 2017 el país sufrió el embate de este terrible fenómeno dejando a la isla en un caos. Permearon los problemas de comunicación, la falta de electricidad y de agua potable. Sufrimos problemas con la distribución de diésel, gas, combustible, así también de otros suministros. No obstante, sobrevivimos y la infancia huracanada es un aliento.

Esa infancia que estuvo guardada en sus cuevas de concreto, conectada a aparatos electrónicos. Esas pequeñas personitas salieron de sus guaridas. Sacaron sus bicicletas, patinetas, bolas, barajas, juegos de mesa y su creatividad alegre. Por primera vez, después de casi ocho años, mi hija ha conocido a sus vecinos y ha jugado en los alrededores, por doquier. Yo que temía que no estuviera al alcance de mi vista, he soltado la cuerda y he alumbrado sus pasos con una linterna.

La escuché a lo lejos llamar a sus nuevos amigos y la vi correr hacia el corillo. Se movían como ráfagas jugando al escondite y a otros juegos que improvisaban en la oscuridad de la noche, alumbrando sus pasos a la luz de una lámpara o guiando los mismos tras el sonido de un grito.

¡Hay niños en la calle! Infantes que ignoraron las penurias adultas del calor mientras corrían eufóricos y sudaban la felicidad de entretenerse. Pequeños que no extrañaban la desgracia adulta de la ley seca, porque se tomaban lo que encontraran saciando la misma sed de antaño, sin hielo. Niños incapaces de reprochar el toque de queda que los obligó a quedarse en casa, pues superaron la barrera, una puerta tras otra, para jugar.

La infancia huracanada es modelo de enseñanza para los más grandes: vivir en comunidad, hablar con todos, compartir lo mucho y lo poco. Lo mejor es que a casi dos meses del desastre, y aunque en nuestra comunidad ya tenemos luz eléctrica, aún hay niños en la calle. Hacen ruido. Todavía mi hija me pide permiso para salir a jugar en los alrededores y para ir a buscar a alguna de sus nuevas amigas. Eso me parece genial. ¡Ojalá que la nueva costumbre dure por siempre! Estos pequeños sabios nos enseñan que la vida se vive en el momento y se disfruta con lo que tenemos. ¡Carpe diem!

 

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PREOCUPACIONES DE LAS JEFAS DE HOGAR

Para saber qué le preocupa a una jefa de hogar debes dialogar con ellas. Sobre este tema puedo hablar tanto por mi experiencia, como por la de mis homólogas. Ser la cabeza de la casa, significa hacerse cargo y responsabilizarse de todo lo que acarrea mantener un hogar y criar unos hijos. En mi caso soy madre de una, pero hay muchas jefas de hogar que tienen a su cargo varios hijos. Entre las principales preocupaciones figuran el bienestar físico y mental de la familia, el trabajo, el cuido, el sustento económico, la salud, la educación, entre otros.

La mayoría de las jefas de hogar trabaja fuera, ya sea ejerciendo un oficio o una carrera profesional. De modo que, cuando los niños son pequeños, estamos obligadas a buscar un cuido. Esa es una preocupación, máxime si no contamos con un familiar cercano para ello y tenemos que acudir a los centros de cuido privados. Ya no solo nos preocupa el bienestar del pequeño, sino también los gastos que esto acarrea y el tiempo en que estamos separados, que no podemos recuperar.

Recuerdo que cuando mi hija era pequeña tuve que buscar un centro de cuido. Por fortuna ella siempre se quedó tranquila, pero yo me retiraba con un nudo en la garganta. Los primeros días llamaba varias veces para saber cómo estaba. Me estresaba en las tardes en medio del tránsito para llegar a buscarla a tiempo. Me pasaba sacando cuentas para estirar, lo más posible, el presupuesto y muchas veces tuve que dejar una cuenta pendiente para pagar el cuido. Es una etapa difícil, que en mi caso ya pasé.

Cuando se enferman, la lucha es otra. Enfrentar salas de emergencia, enfermeros, médicos, análisis, recetas y estadías en un hospital, es horrible. Para mí es uno de los momentos en que más desolada me he sentido. Es una mezcla de tristeza e impotencia ante la situación que no podemos controlar. El día del alta es el más esperado y la atención de los cuidados médicos en el hogar para evitar una recaída, es la prioridad.

Cuando los hijos llegan a la edad escolar, entonces nos preocupa la educación. No solo es escoger una buena escuela y evaluar si podemos pagar una educación privada. Nos corresponde también confiar en que estarán bien en otras manos, llevarlos, buscarlos y estudiar con ellos, entre otras cosas. A mí me causa tensión estudiar con mi hija por varias razones. Trabajo en la Academia, pero con adultos. Se me dificulta bajar al nivel infantil y bregar con tantas distracciones al momento de estudiar. Confieso que no lo hago muy bien porque pierdo la paciencia cuando ella se desenfoca, que es casi siempre. Así que la preocupación se acrecienta, ya que debo ser responsable por su ejecutoria estudiantil.

El bienestar emocional no es menos importante. Nos toca estar ahí en todo momento, vigilantes. Hablar con los hijos es sumamente importante. Nos preocupa encontrar el momento en medio del ajetreado día para conversar animadamente y así saber cómo se sienten, qué hicieron, qué les preocupa, etc. En nuestra rutina he identificado que la hora del baño es el mejor momento, pero pronto debo buscar otro espacio y momento. Está creciendo y ya casi no cabemos las dos juntas en la bañera. No obstante, ese momento del día en el que conversamos, no debe faltar. Ese lazo de confianza y complicidad es crucial para conocer cómo está su salud emocional. Son muchas las preocupaciones y más las ocupaciones, pero sin duda, podemos lograrlo.

 

 

 

 

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HIJOS ÚNICOS

Mucho se dice de los pros y los contras de tener hijos únicos. Sin embargo, quienes mejor podemos dar testimonio, de una cosa u otra, somos los padres de hijos únicos. Existe el mito de que los hijos únicos son niños egoístas, solitarios y que tienen menos práctica manejando conflictos con sus pares. También se ha creído que los hijos únicos no saben compartir ni socializar con los demás. No obstante, tras la alta tendencia de los hijos únicos, se han realizado estudios que rompen estas y otras leyendas sobre el tema.

Las investigaciones manifiestan que los hijos únicos no son más egoístas que los niños que tienen hermanos, como tampoco, más solitarios. Por el contrario, ante la falta de rivalidad entre hermanos, suelen compartir sus cosas, voluntariamente, con sus amigos y compañeros de clase. Así también, tienden a tener relaciones primarias fuertes con ellos mismos. Mi hija, por ejemplo, va al parque o a cualquier lugar donde hay niños, y aunque no conozca a ninguno, pide permiso para jugar con ellos y comparte sus juguetes con naturalidad. En la casa, juega sola y conversa consigo o con los personajes imaginarios del juego en cuestión.

Otros estudios han revelado, además, que los hijos únicos han demostrado tener una inteligencia más alta, al igual que una mejor ejecución escolar, que los hijos que tienen hermanos. Esto se debe a que los padres, los estimulamos más intelectualmente y los hijos únicos viven en un ambiente muy enriquecido por los adultos. Interesantemente, también, parece ser, que los hijos únicos tienen una muy buena autoestima y suelen ser más independientes.

Aunque tener un hijo único tiene todas estas ventajas y hoy día, una de cada cinco familias estadounidenses tiene solamente un hijo, al igual que en Japón y China, hay otros factores que sopesar antes de tomar tan importante decisión. Los hijos únicos no tienen hermanos y esa es la relación más larga que existe. En la adultez el hijo único puede lamentar mucho no tener hermanos. Al crecer y envejecer, es más necesaria la compañía de personas que hayan compartido el mismo seno familiar.

Además, según varios psicólogos, los niños con hermanos manejan mejor las situaciones difíciles de la vida, como la pérdida de una persona importante. Llegará el momento en que los padres ya no estemos a su lado y tendrá que hacer frente a este duro momento, solo. Deberá estar rodeado de personas que le quieran y le apoyen en ese momento. Sin embargo, aunque será un reto, no es una catástrofe, porque seguramente habrá cultivado fuertes lazos de amistad que lo apoyarán en ese momento.

Como madre de una hija única, creo que no se trata de señalar ventajas y desventajas, se trata, más bien, de perspectivas. Me corresponde criar a un ser humano, sin etiquetas. Una criatura que se desarrolle saludablemente física y emocionalmente.  No puedo darle hermanos, pero me toca educarla bien y proveerle las herramientas necesarias para que sobreviva y siga adelante, cuando yo ya no esté. Por lo que he visto hasta ahora, tengo una hija inteligente, independiente, con muy buena autoestima y una extraordinaria capacidad para socializar y amar. Le va bien y le irá mejor.

 

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ALGO MÁS QUE BUENAS NOTAS

A padres y docentes

Al inicio del año académico muchos padres exigen a sus hijos que saquen buenas notas. “Tráeme todas A”, dicen algunos, “te quiero en el cuadro de honor”, replican otros. Sin embargo, exigirles a nuestros hijos excelencia académica, no debe ser lo más importante. Estamos criando niños para la vida, por lo tanto, es urgente que inculquemos y exijamos otras cosas.

Nosotros somos modelos en el hogar y hay valores que se aprenden en casa y se cultivan en la escuela. Estos deben ser más imprescindibles que las notas que obtengan en las clases básicas, porque los definirán como seres humanos. Hoy propongo siete valores que debemos inculcar desde temprana edad.

  • Compañerismo

En mi caso, tengo una sola hija, pero desde pequeña le he enseñado a compartir con otros niños. Pasó la etapa del cuido, el preescolar y ahora está en grados primarios. Para mí es importante que ella sea buena compañera, comparta con los demás, ayude a sus condiscípulos y aprenda a trabajar en equipo. Mientras más armonía haya entre ella y sus compañeros, más fácil se le hará hacer amigos.

  • Amistad

La amistad es un tesoro que hay que valorar. Por eso es necesario que facilitemos a nuestros hijos la oportunidad de hacer amigos y que aprendan que la amistad nace del afecto, el desinterés y el deseo de compartir con otra persona. Así también, que entiendan que la amistad surge y se fortalece con el trato y el fortalecimiento de la conexión que sentimos con otros.

  • Respeto

Las personas que criamos debemos enseñar lo que es el respeto. Nuestros hijos deben aprender que tienen que considerar a los demás y tratar a las personas como esperan ser tratados. Es imperativo que fomentemos la deferencia hacia los adultos y hacia los maestros, quienes son la figura de autoridad cuando están en la escuela. No debemos minimizar las reglas del salón de clases, ni desautorizar a los docentes frente a los niños.

  • Honestidad

La honestidad debe ser ejemplificada en el seno del hogar para poder exigir a nuestros hijos, que la manifiesten. Ser honesto es ser decoroso, razonable, justo, recto. En el ambiente académico debe manifestarse también. Por eso debemos ser modelos de honestos. Si mentimos, ellos mentirán, si nos apoderamos de lo que no es nuestro, seguramente también ellos lo harán. Al ayudarlos a hacer las tareas, tenemos que enseñarles la importancia de la honestidad académica. Por ejemplo, citar fuentes, hacer bibliografías, etc.

  • Responsabilidad

Todos tenemos responsabilidades y nuestros hijos no están exentos, máxime en la etapa escolar, cuando tienen la obligación de cumplir con sus deberes escolares. Evitemos el error de hacer sus asignaciones, tareas, proyectos. Seamos facilitadores, pero no asumamos sus responsabilidades. Nuestros hijos deben entender que hay cosas que tienen que hacer y que, si no las hacen, sufrirán las consecuencias. Si queremos que se conviertan en ciudadanos ejemplares, tenemos la obligación de enseñarlos a ser responsables.

  • Solidaridad

El valor de la solidaridad nos permite apoyar incondicionalmente a causas, personas o intereses ajenos. Fomentar este valor en nuestros hijos creará seres humanos desinteresados y con genuinos sentimientos y deseos de ayudar a otros. Hará de nuestros hijos ciudadanos que buscarán el desarrollo sustentable en su entorno y en su país.

  • Compasión

Si logramos inculcar la solidaridad en nuestros hijos, será más fácil lograr que desarrollen el valor de la compasión, tan importante para identificarnos ante los males ajenos. Debemos lograr que ellos quieran un mundo mejor y para esto deben ser compasivos.

Este nuevo año académico modelemos, fomentemos y exijamos algo más que buenas notas. Así tendremos maravillosos niños que se convertirán en excelentes seres humanos y vivirán en un mundo mejor.

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“QUIERO MEJORAR MI CONDUCTA”

A padres y docentes

Cuando tu hija te dice: “Este año quiero mejorar mi conducta”, es una buena señal. Sofía Valentina está cerca de cumplir 8 años y va para tercer grado. No es una niña problemática, pero su conducta en el salón de clases ha sido tema de discusión. Los señalamientos son que se pone de pie en medio de la clase, contesta sin levantar la mano, conversa mucho, entre otras cosas. Por eso las maestras tienen que llamarle la atención, con frecuencia.

A mí también me cuesta corregir a mi hija. Sin embargo, por lo que he leído, es normal que los niños, en el desarrollo, muestren problemas de conducta. No obstante, los padres y los docentes debemos intervenir para erradicarlos antes de que se puedan convertir en un trastorno.

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Según estudios sobre el comportamiento infantil, la conducta de un niño puede mejorar. Entre las recomendaciones profesionales figuran las siguientes:

  • mantener un buen vínculo afectivo
  • dedicarles tiempo de calidad
  • jugar con ellos
  • prestar atención a sus actitudes
  • ejercer el control, siempre que sea necesario
  • poner límites a sus demandas

Si nos fijamos en estos consejos, podemos darnos cuenta que a veces fallamos en varias cosas. El amor es la base de todo, pero no basta sentirlo, hay que demostrarlo. El tiempo a veces nos traiciona porque nos ocupamos en tantas cosas que perdemos la ocasión de compartir con nuestros hijos, sin embargo, es algo que podemos cambiar; conversar con ellos, reír y jugar un poco.

Las actitudes de nuestros hijos, muchas veces, son un reflejo de nosotros mismos, así que nos toca mirarnos y evaluar qué estamos trasmitiendo. Y no podemos olvidar, que tenemos que ser firmes en los límites que establecemos, porque no valdrán nada si no nos mantenemos decididos y si no tomamos las medidas pertinentes.

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Por otro lado, es igualmente importante el refuerzo positivo. No solo debemos estar ahí para recriminar, error que muchos comentemos. También debemos dar refuerzo positivo y halagar las buenas acciones de los niños para reforzar su autoestima, ya que muchas veces el comportamiento inadecuado es una forma de llamar la atención y si solo los atendemos cuando muestran un comportamiento errado, continuarán haciéndolo.

Algunos pasos que recomiendan los especialistas para corregir los problemas de conducta infantil son:

  • ser claros
  • constantes
  • coherentes
  • asegurar el consenso

Por ejemplo, en lugar de decirles “pórtate bien” hay que aclararles lo que es correcto y lo que no lo es. Si les llamamos la atención por “equis” comportamiento, tenemos que hacerlo todas las veces que muestren la acción que queremos erradicar. Así también debemos cuidarnos de no mostrar nosotros mismos la conducta que estamos señalando, porque ellos imitan lo que observan en su entorno. Asegurar el consenso puede ser lo más difícil si todos los miembros de la familia no colaboran. O en el caso de que nuestro hijo sea disciplinado por más de una persona, ya que a veces lo que permite papá no es lo que permite mamá o viceversa. Debemos estar de acuerdo.

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Corregir los problemas de conducta es un reto, pero no es una misión imposible. Máxime si ellos mismos reconocen que algunas cosas que hacen no son correctas, pero están dispuestos a mejorar. Así que aplaudo la determinación de mi hija sobre mejorar su conducta. Sé que puede hacerlo porque es una niña decidida y maravillosa.

 

 

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SIN MÁSCARAS

A las niñas

Creo que todas las madres y padres de este siglo nos hemos preguntado si es más fácil criar a un varón que a una niña. Esta interrogante ha sido tema de discusión en muchos paneles que  coinciden en que es más retante criar a una niña. Muchas madres de esta época aplazamos la maternidad hasta educarnos profesionalmente, tener un buen trabajo y alcanzar cierta estabilidad económica. Además, salimos a la calle a disputarnos hombro a hombro el espacio público que pertenecía a los hombres. Por estas razones, las mujeres que criamos hoy, esperamos más de nuestras hijas que lo que exigieron nuestros padres de nosotras. Ciertamente, no queremos presionarlas, pero entendemos que tienen un mundo de posibilidades que deben aprovechar al máximo.

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Ahora bien, ¿por qué es más difícil criar a una niña? Lo es, no por lo que esperamos de ellas las madres, sino por las fuertes presiones sociales y mediáticas a las que nos enfrentamos hoy. Según Helen Wright, directora de la Asociación de Colegios de Niñas de Inglaterra y autora del libro “Tu hija: Una guía para criar niñas”, la sociedad espera que nuestras hijas no solo sean inteligentes y exitosas, que es lo mismo que se le ha exigido a los hombres siempre, sino también “lindas”.

La tecnología y los medios influyen grandemente en la percepción de la realidad, lo que hace aún más difícil criar niñas hoy día. Concuerdo con Wright cuando dice que actualmente vivimos en la cultura de las celebridades, con un foco abrumador en la apariencia y la forma en la que supuestamente se debería vivir, de una manera que es irreal. El “bombardeo” mediático es tal, que nuestras niñas ya no quieren ser ellas, quieren parecerse a otras. Y este asunto en particular, me parece preocupante.

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Creo que cada niña es bella en apariencia y esencia y que no deberían preocuparse por parecerse a alguien más. Constantemente, nuestras hijas están expuestas a mensajes implícitos o explícitos que acarrean el rechazo a su apariencia y la exaltación de un modelo equívoco. Digo equívoco, porque la belleza está en la diversidad. Y la exigencia social de que no solo sean inteligentes y exitosas, sino también “lindas”, no es más que una muestra, de lo que yo llamo, “quita y ponte la máscara”.

El otro día me sentí indignada ante un video que mostraba como el rostro de una adolescente se transformaba totalmente a través del maquillaje. La chica tapó todas las supuestas imperfecciones que tenía, y cuando terminó de aplicarse el maquillaje, no se parecía a su rostro inicial. Era otra, era una máscara. Creo que mientras menos maquillaje y más naturalidad, mejor lucimos. Ese video me dolió porque entendí que el estereotipo de la belleza pretende borrar la autenticidad de cada niña, cada adolescente y cada mujer.

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En este caso, nos corresponde guiar a nuestras hijas y fomentar su autoestima constantemente. Creo que parte de la forma en cómo criamos a nuestras niñas debe enfocarse en este particular, asunto que no atañe a los niños. Debemos proclamar, eres bella porque eres tú: alta o baja, con pelo rizo o lacio, blanca o negra, con ojos oscuros o claros, gorda o flaca, en fin… sin máscara.Criemos niñas auténticas, libres, felices y de lo demás se encargarán ellas.

 

 

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¿LAS MUJERES ACARICIAMOS MÁS?

A Cocó

Yo creo que sí. Es fruto de la crianza patriarcal que educa a las mujeres para que sean afectivas y a los hombres, para que se muestren más parcos. Sin embargo, las caricias son una necesidad humana y la cantidad de caricias que recibamos en la infancia, puede determinar cuán pacíficos, empáticos, sanos y felices lleguemos a ser.

Cuando las mujeres nos convertimos en madres, solemos acunar, mecer, acariciar, besar y abrazar a nuestras crías, la mayor parte del tiempo. Hay estudios que muestran que infantes acogidos en orfanatos sobrepoblados, cuyos cuidados se suscriben a las necesidades básicas de alimentación y aseo, han muerto prematuramente. Las caricias, además de ser una forma de comunicación primaria que aporta seguridad y bienestar durante el primer año de vida, sirven para enviar señales que estimulan el cerebro y activan respuestas de crecimiento garantizando un desarrollo saludable.

La sicología evidencia que la manifestación de afecto puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte, la soledad y la alegría, la sensación de abandono o de compañía. Muchos seres humanos, en general, han disminuido el contacto físico, sin darse cuenta de que supone un mecanismo de comunicación emocional muy importante, como afirma la sicóloga Zubiri Oteiza.

Hay que aclarar que las caricias pueden manifestarse de muchas formas. A través de un beso, un abrazo, un apretón de mano, o una palmada en el hombro. Así también, podemos acariciar con la mirada y con las palabras, por medio de un saludo amable, un halago o una frase alentadora.

Ahora bien, las caricias no pueden limitarse a la infancia. Científicamente se ha comprobado que esta necesidad de contacto sigue manteniéndose a lo largo de toda nuestra vida, ya que es la base del desarrollo emocional de nuestra personalidad, de nuestro equilibrio físico y psíquico. Seamos niños, adolescentes, adultos o ancianos, necesitamos de las caricias para sentirnos aceptados y queridos.

Lamentablemente, hay culturas que han convertido las caricias en tabú y han llegado a controlar las formas de contacto físico, reduciéndolas a lo agresivo o a lo sexual. De ninguna forma, esa falta de afecto, es saludable para el ser humano. Aquí, en Puerto Rico, afortunadamente, nos gusta mucho manifestar afecto. Y las mujeres, acariciamos más. Si no estás convencido de mi afirmación, dedícate a observar parejas en un parque, familias de paseo, personas con mascotas, el entorno laboral y todos los lugares públicos donde cohabitamos.

Comprobarás que las mujeres acariciamos más que los hombres. No obstante, las que criamos en este siglo, debemos comenzar a cambiar eso, fomentando la manifestación de afecto entre niños y niñas por igual. Y los hombres que también crían o comparten la crianza, deben romper con el paternalismo y acariciar mucho más. No hay nada más saludable que compartir el calor y escuchar el corazón que estrechamos. Lo digo yo que ando de luto, sin poder acariciar una vez más a la que fue mi compañera fiel por los últimos 8 años y medio. ¡Qué muchas caricias compartimos Cocó y yo! Ando coja de cariño, con caricias guardadas, en la espera de darlas.

 

 

 

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DONDE DEJO MI CORAZÓN

A los que me han abrazado durante estos meses

Cada día dejo mi corazón en algún lado. En las mañanas lo dejo en la escuela donde estudia mi hija, Sofía Valentina. Me marcho con la esperanza de que la atiendan bien, tanto en lo educativo como en lo personal. Sin embargo, es solo un voto de confianza que hasta he sentido transgredido, algunas veces. Esas, en las que se queja de lo que supuestamente le hicieron sus compañeros, del regaño que le dio la maestra o de la comida que no le gustó. Tonterías que pueden causarme angustia si lo pienso mucho.

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Los fines de semana dejo mi corazón en manos del padre de mi hermosa. Allí lo deposito con la certeza de que al amarla tanto como yo, la cuidará de igual modo. Pero no siempre me siento satisfecha de los cuentos que me hace cuando regresa, y que juzgo como bien o mal, erróneamente. Porque para crecer hay que dejar de juzgar y en realidad, él es un buen papá.

Durante los últimos meses dejé mi corazón en los libros que leí y en las palabras que escribí. Fui egoísta, estuve mal humorada, me exigí demasiado. Terminé mi trabajo con disciplina y placer, pero en el camino mi hija recibió más regaños de la cuenta y más exigencias de mi parte. Tuve menos tolerancia, lo admito, y me duele.

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También he dejado mi corazón flotando. Esos días no me soporto a mí misma, todo lo cuestiono, nada es suficiente. Únicamente contemplar el rostro de mi hija mientras duerme, tan quietamente (al fin), me conmueve. Y si es un día de los que ella no está, mi sueño es un desasosiego.

He dejado mi corazón en el teléfono, en el iPad y en la computadora. A la espera de una llamada, de un mensaje, improvisando alguna aventura que rompa mi rutina, complazca mi cuerpo y eleve mi alma. No siempre ocurre lo que espero cuando quiero y con quien quiero.  En esos momentos mi corazón se tuerce y recuerdo la mujer que soy,  fuera de mi rol de madre y de profesional. Una mujer de dureza aparente, de gracias y carencias, de fuerzas y debilidades, de ganancias y pérdidas. Solo una mujer.

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Hay otros días que permito que mi corazón lata en mi pecho. Son los momentos en los que estoy en paz, conmigo misma, en equilibrio. Ese es el tiempo perfecto en el que sé que tengo todo lo que necesito. Y como valor añadido, cuido a una bella hija, inteligente, creativa y amorosa. Donde dejo mi corazón, dejo mi pasión, dejo mi vida…

 




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ME GUSTA SER DE LA CALLE

El otro día conversaba con un caballero que en tono de broma me dijo: “Las mujeres son de la casa y los hombres de la calle”. Ja, ja, ja. ¡Sí claro! El comentario se dio porque en medio de la plática le decía lo ajetreada que era mi semana, ya de vuelta a la rutina de dar clases en la Universidad. Entre risas e ironías le dije que aunque tengo un horario complicado y hasta hay días que doy cuatro clases corridas, sin receso ni hora de almuerzo, me encanta mi trabajo y no sería una “mujer de la casa”, jamás.
Lo cierto es que, aunque se trató de un chiste,  todavía muchas personas creen que las mujeres son de la casa y los hombres de la calle. Digo “personas” con toda la intención de incluir a hombres y a mujeres. Conozco a féminas que se han preparado profesionalmente, se han casado, han parido y han decidido fungir como amas de casa porque entienden que el marido tiene la obligación de mantenerlas, máxime si le “han parido”.
También conozco a hombres que se han casado con mujeres profesionales y luego le han exigido que dejen de trabajar porque afirman que una mujer casada se debe a su casa, a su marido y a sus hijos. Incluso dicen que una dama en “la calle” es una presa fácil para otros.
Mi caso es distinto. No soy casada, pero sí profesional y madre soltera. Cuando conviví con el padre de mi hija jamás pensé en dejar de ejercer mi profesión. Tampoco él me lo exigió ni me lo sugirió. Ahora, podría dejar de trabajar para que el Gobierno me mantuviera, pero no es opción para mí porque me gusta ser de “la calle”, ja, ja, ja.
En Puerto Rico la realidad es que muchas mujeres, sobre todo madres solteras, somos de “la calle”. De acuerdo con el más reciente censo federal, uno de cada tres hogares en este país está dirigido por una madre soltera. En la capital, nada más, el 41 % de las mujeres afrontamos todas las responsabilidades y retos a cargo de nuestras familias y nos lanzamos día a día a la calle a buscar el sustento para nuestros hijos.
De modo que, el viejo dicho de que las mujeres son de la casa y los hombres de la calle está más que obsoleto porque no es la realidad. Además, hoy día, ante las dificultades económicas, es prácticamente imposible que un hogar compuesto por una pareja y sus hijos sea sustentado solo por uno de ellos.
Yo reafirmo que soy de “la calle”, a mucha honra. Ser madre es parte de la persona que soy, pero no lo es todo. Soy una profesional y disfruto ejercer mi oficio, como también, seguir preparándome cada día. Quizá no tengo mucha vida social (eso lo admito), pero trabajar es algo que me ayuda a crecer como mujer, es una de las formas en las que contribuyo al bienestar de mi patria y es el mejor ejemplo que quiero darle a mi hija.
P. D. Como dice el viejo adagio: “El trabajo honra”.