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DETRÁS DE MÍ, SOY LA PRIMERA EN LA FILA

Según nuestras hijas crecen la relación entre madre e hija va cambiando. Los primeros años son tan apegadas a una que pueden ser algo empalagosas. No obstante, cuando asoma la preadolescencia no desean estar tan cerca de mamá. Ya no te ven tan linda, ni tan joven, ni tan amigable. Y por supuesto, dejas de tener la razón. Mas bien comienzan las críticas: “Esa ropa no te queda bien, ya estás vieja para eso, no tienes sentido del humor, tú no sabes, Mamá…” Ahora que mi hija está en esta etapa pienso en cuán insoportable pude ser. Es decir, la historia se repite, aunque con algunas variantes.

Se dan situaciones tolerables, pero otras no tanto. Especialmente cuando parece que nuestras hijas nos detestan. Algunas madres son capaces de sobrellevar estos cambios con humor y estoicismo, pero otras somos más sensibles y sufrimos por ello. Muchas veces nuestras hijas idolatran la figura del padre mientras nos ven como la regañona de la casa. Llega esa etapa en que no valoran todo lo que hacemos por ellas y viven en una fantasía con su papá, independientemente de que este viva o no bajo el mismo techo.

Irónicamente los expertos en el tema opinan que los enfrentamientos entre madre e hija ocurren, precisamente, porque es la relación más cercana que existe. Según explican esto sucede porque las niñas, cuando entran en la preadolescencia, buscan alejarse de los modelos de su niñez para encontrar su propia identidad y su camino. Por eso comienzan a reclamar espacio personal, dejan de estar receptivas ante nuestro afecto, la comunicación comienza a mermar y empiezan los conflictos.

Me ocurre justo en estos momentos. Mi hija quiere estar sola haciendo sus cosas como ver televisión, escuchar música o jugar con sus aplicaciones tecnológicas. Si le pregunto: “¿Vemos algo juntas?” me responde con un “estoy ocupada” o “quiero seguir viendo mis videos”. Si le voy a dar un beso o un abrazo, me rechaza. “Me los das cuando esté dormida”, se ha atrevido a decirme. Nuestras conversaciones cada vez son menos o mucho más breves y superficiales. Es una etapa dura, por lo menos para mí. Algunas veces lo manejo con aparente indiferencia, pero en la mayoría de las ocasiones se me estruja el corazón.

¿Qué hacer? De acuerdo con los expertos en el tema, si nuestros hijos no nos dejan acariciarlos como cuando eran niños, debemos, entonces:

  • manifestar nuestro amor con las acciones.
  • darles espacio sin volvernos demasiado permisivos.
  • promover los valores de equidad y solidaridad con nuestro ejemplo.
  • reconocer nuestros errores y exaltar sus virtudes.
  • apoyarlos y alentarlos a perseguir sus metas.

Por otro lado, recomiendan que, en la relación de madre e hija, sigamos siendo las mamás, no sus amigas. Lo que tiene mucho sentido porque las amigas de nuestras hijas son las chicas de su edad. Nosotras somos la figura de autoridad. Podemos ser cercanas y comprensivas, pero sin perder el rol que nos corresponde y que nuestras hijas necesitan cococer.

Otro consejo es proyectar que estamos bien. A veces es muy difícil si nos volvemos muy sensibles o si la adolescencia coincide con la menopausia, ya que son las dos etapas más difíciles en la vida de una mujer. ¡Demasiadas alteraciones hormonales a la vez! En este caso hay que procurar toda la ayuda posible para que tanto las madres como las hijas estemos bien y logremos manejar el sube y baja emocional.

Por último, pase lo que pase, las madres tenemos la responsabilidad de mantener la disciplina y las normas del hogar. Por más rebeldes que se vuelvan nuestras hijas necesitan nuestras referencias para saber cómo proceder. Es una etapa dura, muy dura. Como dice el refrán: “A Dios que reparta suerte” y detrás de mí que soy la primera en la fila.

P. D. Imágenes cortesía de Pixabay

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PREADOLESCENCIA… UN DÍA A LA VEZ

Seguramente si tienes una hija preadolescente has comenzado a sentirla lejos, como me pasa a mí. Para una madre que no ha hecho otra cosa más que cuidarla y velar por su bienestar, es un momento duro. No obstante, según los expertos y las madres que ya han pasado por esto, es un proceso natural. A veces siento que vivo con una extraña, que solo compartimos el techo y tropezamos en algunos espacios, pero que cada una anda en lo suyo y ocupa una habitación, sola. Quizá influye el momento histórico que estamos viviendo, encerrados en el hogar. Pero, en definitiva, es una etapa más, un nuevo reto de la crianza.

Menos mal que existen las amigas que ya han pasado por eso, que existen los libros y una fuente inagotable de información a través de Internet. De lo contrario, estaría dando palos a ciegas. Cuando nuestra hija y nosotras giramos para el mismo lado, se siente bien, es como conducir un auto súper alineado. No obstante, cuando una gira hacia la derecha y la otra hacia la izquierda, parece que conducimos un carro desalineado y con una llanta media vacía. ¡Ah, pero como madre y conductora de ese vehículo, no podemos perder el control!

Mis amigas que son madres saben que las llamo cuando me encuentro en una nueva encrucijada de la maternidad. Sus palabras son luz y sus experiencias las páginas del libro que escribo diariamente. Porque el viejo dicho dice que no existe un manual para criar, pero cada hijo que una madre ha sacado adelante es una historia de éxito. Así lo creo.

El inicio de la preadolescencia en pleno auge del distanciamiento social es una soberana mierda porque es el momento en el que más necesitan socializar. Debemos entender que en esta etapa nuestros hijos no nos odian ni pretenden herirnos, solo necesitan explorar y experimentar… y no con una. Es natural. Su anhelo es tener un entorno social amplio, crear sus círculos sociales, elegir a sus amigos bajo sus propios criterios, desarrollar su pensamiento crítico, discernir entre el bien y el mal, encontrar su propósito en el mundo.

¿Qué hacemos entonces? Los estudios y la experiencia (que es más fidedigna aún) recomiendan que les demos espacio para explorar. Darles espacio no solo es un acto de confianza, también provocará que confíen más en nosotras y que no quieran huir. Tengamos fe.

Además, nos aconsejan a abrirnos ante ellos conversando sobre nuestras cosas, nuestras opiniones, nuestros sentimientos. No lo había considerado. Por el contrario, pensaba que mantenerla lejos de las situaciones de adultos evitaría que tuviera otras preocupaciones. Sin embargo, los expertos señalan que si nuestros hijos perciben que compartimos con ellos lo que nos importa, igualmente prestaremos atención a lo que ellos tengan que decir. Me parece que tiene sentido y lo voy a intentar. Debemos mostrarnos humanas y dejar de pensar que siempre tienen que vernos como heroínas invencibles.

Por otro lado, hay una recomendación importantísima que tenemos que encarar. Se trata de mantener el control, de modo que no duden de que seguimos siendo la figura de autoridad en el hogar. Recordemos que nuestros hijos seguirán creciendo y tendrán que lidiar con distintas personas y aprender a negociar aquello en lo que no estén de acuerdo. Y para esto necesitan nuestra dirección.

En fin, un día a la vez…Aceptemos los retos de la preadolescencia en lugar de intentar controlarlo todo y pretender que nuestros hijos sean lo que no desean ser. Seamos facilitadoras de la etapa de autoconocimiento en la que están. Aun si implica que se alejen un poco porque el secreto es mantenernos cerca, sin hacer ruido, pero estar alertas.

P. D. Imágenes cortesía de Pixabay

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Ni niña ni adolescente

Cuando llega esa etapa en la que nuestra hija no es ni niña ni adolescente, ¡que difícil es! Los cambios hormonales causan vaivenes en su humor, emociones y estado de ánimo. Y, ¿por qué no decirlo? Hay días en que la convivencia es insoportable. Mi hija y yo estamos pasando por esto y es bastante abrumador y exhaustivo. Los cambios físicos son visibles, pero los cognitivos y los de conducta son algo más inciertos.

¿Cómo lidiar con estas transformaciones? Los estudiosos recomiendan que fortalezcamos los lazos afectivos de la infancia porque necesitan la misma atención y el mismo amor que cuando eran pequeños. No obstante, lograrlo es todo un reto porque muchas veces no quieren ni que los toquemos… Pero insistamos.

También aconsejan que los apoyemos para que sientan que pueden contar con nosotros. Esto también es difícil porque ellos creen saberlo todo. Sin embargo, nos toca reforzar su identidad para impulsar la confianza en ellos mismos.

Comprendo que mi hija está intentando darle sentido al mundo mientras su cerebro pasa por una fase de algo así como una remodelación, pero es frustrante. A veces me quiere a su lado y otras, no desea ni verme. Como está en pleno proceso de su maduración emocional, sé que no debo asustarme, y aunque a veces, me cueste, debo tener más paciencia. 

En esta etapa enfrentamos la necesidad que muestran de tener más espacio para su intimidad. Se vuelven más reservadas, comienzan a tapar su desnudez, cierran la puerta de la habitación, etc. Por eso es tan importante mantener una buena comunicación, hablar libremente de temas como la sexualidad, el conocimiento y respeto por su propio cuerpo, entre otros temas.

Otra de las cosas con las que debemos lidiar son sus amistades. Las niñas se enojan unas con otras, se contentan, se vuelven a enojar y otra vez son amigas. Es un drama interminable y agotador. Esos chismes las hacen llorar de rabia y de sentimentalismo. Y estar ahí diciéndoles que todo pasará se vuelve insuficiente. Pero insistamos, en efecto, pasará.

¿Y qué me dicen de marcar límites? Odian los límites y cada vez que los planteamos sus caras largas son poca cosa ante la idea de todo lo que piensan en ese momento y que, por supuesto, callan.

Como estoy pasando por esto puedo decirles que no solo hay que respirar profundo una vez, sino otra, otra y otra. Somos madres, pero somos humanas, así que no siempre seremos comprensivas. Y no debemos juzgarnos tan duramente como lo hacemos, cada vez que fallamos. La vida es un aprendizaje. Volvamos a empezar.

P. D. Imágenes cortesía de Pixabay

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AYER BESOS Y ABRAZOS…

Ayer mi hija me llenaba de besos y abrazos y hoy casi no quiere que la toque. Así de drástica es la preadolescencia. Ocurre cuando menos te lo esperas y no a una edad predeterminada. De acuerdo con la psicóloga infantil Sara Tarrés, nuestro hijo será un preadolescente cuando en la construcción de su yo intervengan cambios corporales, conductuales y emocionales. De modo que, oficialmente soy madre de una preadolescente. Y busco desesperadamente cómo lidiar con ello.

Resulta que según los expertos nuestra mejor arma será la paciencia. (Lo que significa que tengo que alargar mi mecha…) Por fortuna es una etapa que pasa. Hay esperanza. Y como sé que no soy la única que está pasando por esto, compartiré con ustedes algunas recomendaciones que nos dan los expertos para amansar a nuestras pequeñas fieras.

  • Hay que destacar sus cualidades y cambiar el punto de vista

Es difícil hacerlo cuando nos asomamos al cuarto y vemos todo regado o cuando notamos que han olvidado realizar sus tareas cotidianas. No obstante, debemos luchar con ese impulso que nos mueve a reprocharles lo que han hecho y a destacar sus buenas cualidades. En mi caso creo que funcionaría así: En lugar de decirle “que reguero tienes en tu cuarto” podría optar por decir algo así como “tan bonito que te queda el cuarto cuando lo recoges…” Tengo que practicar.

  • Siempre hablar bien de ellos

Ese error lo cometemos mucho. Tenemos una charla con la abuela o con otro familiar y allí van nuestras quejas. “Es que esta nena se cree…” y por ahí seguimos. Los sicólogos recomiendan que no nos quejemos de ellos frente a otros. Por el contrario, debemos destacar lo bueno que hacen y hablar bien de nuestros preadolescentes, aunque estemos molestos o frustrados, como muchas veces pasa.

  • Recordar nuestra adolescencia

¡Que horror! ¡Que vergüenza! Seguro que a ustedes como a mí nos da pena recordar esa etapa. Las ridiculeces que hicimos y las groserías que manifestamos frente a nuestros papás. Si cuando fuimos preadolescentes pensábamos que nuestros padres eran anticuados y que no sabían fluir, lo mismo pensarán nuestros hijos de nosotros. Seguramente yo miré a mi madre de la misma manera que me mira mi hija cuando dice una palabra de una jerga desconocida para mí.  

  • Pensar en lo que realmente es importante

Si estudia escuchando música, pero saca buenas notas, ¿por qué prohibirle que oiga música? No debemos ser demasiado prohibitivos porque si a todo le decimos que no, será más difícil que nos obedezcan en las cosas realmente importantes. De vez en cuando hay que ser sus cómplices como cuando mi hija me pidió hacerse un “piercing” en la parte de arriba de la oreja y yo no solo la llevé a que se la hicieran, sino que también me hice el mismo “piercing”. He recibido críticas por eso, pero es un ejemplo de la complicidad que hubiera querido que mis padres tuvieran conmigo cuando pasé esa etapa.

  • Recordemos que aún nos aman

Ah, a veces lloramos en silencio porque ya reclaman su espacio y no nos andan besando y abrazando. Me pasa mucho. Hasta he pensado que la estoy perdiendo. Pero luego, inesperadamente, llega ese momento en que te buscan, te cuentan algo íntimo y una siente que el alma regresa al cuerpo y que aún hay amor. Y en efecto lo hay y lo habrá siempre.

No podemos seguir lamentándonos porque nuestros bebés han crecido. Yo miro las fotos con nostalgia y evoco aquellos momentos, pero debo aprender a disfrutar esta etapa tan difícil. Porque lo mejor de todo es que pasará. Así que voy a aplicarme estas recomendaciones que nos dan los expertos y que he compartido con ustedes, y seguiré instruyéndome para superar cada fase de esta dulce locura de criar sola a la ya oficialmente: preadolescente.

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MEJORES AMIGAS

Según mi hija crece veo cómo evoluciona el día de San Valentín para ella. En la etapa en la que está tiene más importancia el amor de “mejores amigas”. A parte del clásico intercambio de dulces con sus compañeros de clase, busca un regalo especial para su mejor amiga. Debo admitir que me place que celebre la amistad de esa manera, ya que las amigas son la familia que una escoge y pueden ser para toda la vida.

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Honrar la amistad es un acto de amor de todos los días y hay muchos valores que podemos fomentar con la misma. Cuando se es amigo verdaderamente se es leal, sincero, compasivo, solidario, comunicativo, agradecido, entre otras cosas. Por lo tanto, avivar la amistad entre nuestros hijos y sus pares resulta trascendental.

Durante la preadolescencia las madres no somos las mejores amigas de nuestras hijas, pero que eso no nos quite el sueño porque ser madres supera cualquier cosa y somos las que estaremos día a día, durante toda su existencia. Nuestro lugar ahora es ser sus cómplices para buscar ese detalle especial con el que le dirán a su amiga lo importante que es para ella. Debe ser un presente auténtico que refleje el valor y no el costo. Digo esto porque es imprescindible que aprendan que el valor y el costo son dos cosas distintas y la amistad es un valor, sobre cualquier otra cosa.

Roguemos que la vida sea generosa y les permita a nuestros hijos cosechar las virtudes de la amistad, como nos lo ha permitido a nosotros. Los dejo con este breve cuento anónimo de origen árabe que bien muestra la verdadera amistad.

“Amigos”

Dos amigos viajaban por el desierto y en un determinado punto del viaje discutieron.

El otro, ofendido, sin nada que decir, escribió en la arena:

“Hoy mi mejor amigo me pegó una bofetada en el rostro”.

Siguieron adelante y llegaron a un oasis donde resolvieron bañarse. El que había sido abofeteado y lastimado comenzó a ahogarse, siendo salvado por el amigo. Al recuperarse tomó un estilete y escribió en una piedra:

“Hoy mi mejor amigo me salvó la vida”.

Intrigado, el amigo preguntó:

-¿Por qué, después que te lastimé, escribiste en la arena, y ahora escribes en una piedra?

Sonriendo, el otro amigo respondió:

-Cuando un gran amigo nos ofende, deberemos escribir en la arena donde el viento del olvido y el perdón se encargarán de borrarlo y apagarlo; por otro lado, cuando nos pase algo grandioso, deberemos grabarlo en la piedra de la memoria del corazón donde viento ninguno en todo el mundo podrá borrarlo.

P. D. Cuento tomado de biblioteca digital de ciudadseva. Imagen de las niñas cortesía de Pixabay. Recuerda visitar mi tienda para que encuentres un detalle especial creado pensando en ti: https://www.zazzle.com/store/solteraconcompromiso

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¡QUÉ VERGÜENZA! Cambios emocionales en la preadolescencia

¡Qué vergüenza! ¡Fo, qué asco! Si tienes hijos preadolescentes es posible que estés escuchando expresiones como estas. Es que en esta etapa no solo surgen cambios físicos, también, emocionales. Uno de los más característicos es el exceso de pudor. Todo les da vergüenza: temen hacer el ridículo, les da pavor su cuerpo y hasta recibir expresiones afectivas frente a sus amigos.

Comienzan a alejarse y a pasar más tiempo solos. Esa etapa en la que siempre andaban pegados a nosotras se convierte en un recuerdo y a veces hasta en un anhelo. Quieren ver la televisión solos porque están interesados en otros programas al mismo tiempo que se “enganchan” con la tecnología. Ya la presencia de Mami no es tan importante y crece su sentido de independencia. Es natural, debemos darle su espacio.

En este periodo comienzan a imitar a la gente que admiran, que por supuesto, son chicos más o menos de su edad, esos que siguen en las redes sociales, sus nuevos héroes. Quieren vestir como ellos, pensar como ellos, hablar como ellos… Para seguir formando parte de la vida de nuestros preadolescentes no podemos competir, tenemos que usar estrategias, ser sus aliados. De lo contrario, nos alejamos y eso no es lo que deseamos.

Otro cambio notable surge con el humor. Están contentos y están tristes en un abrir y cerrar de ojos. Además, se ruborizan o se irritan con mucha facilidad. Parecen una montaña rusa emocional. ¡Y se aburren con tanta habilidad que desesperan!

Ante esta realidad debemos acoplarnos proactivamente. Las madres solemos sentir nostalgia ante la perdida de la infancia de nuestros hijos en la que éramos el centro de atención. No obstante, se trata de una etapa más. No podemos resentirnos, por el contrario, agradezcamos que siguen desarrollándose con naturalidad.

Podemos crear nuevas rutinas para mantener el contacto con ellos. Por ejemplo, comer juntos y conversar en ese rato. Mostrarles nuestro cariño de forma sutil para que no sientan vergüenza. Mantenernos actualizadas y conocer las cosas que les gustan en este nuevo periodo. Asimismo, podemos relacionarnos con sus amigos y mostrar interés por las cosas que nos cuentan. Practicar algún pasatiempo con ellos para mantener la cercanía. Y permitirles lograr su éxito o experimentar el fracaso, como parte natural de su desarrollo. ¡Ya no tenemos bebés, pero aún tenemos hijos!

P. D. Imagen cortesía de Pixabay.

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DE CARA A LOS NUEVE

El otro día fui a tomarle una foto a mi hija y cuando hizo la “pose”, quedé de una pieza. Lo que veía a través del lente ya no era una bebé ni una niña muy infantil. La mirada de sus ojos, el gesto de sus labios, el vestido largo, moderno y las sandalias de plataformas me alertaron: “¡Mamá, estás de cara a los nueve años!”

Cuando las niñas llegan a esta edad, nos enfrentamos a una transición entre la infancia y la pubertad. Ocurren cambios físicos y emocionales. Es todo una aventura y un nuevo reto. De pronto amanece, los vestidos le quedan muy cortos, los pies no entran en sus zapatos y te dicen: “Mamá, hay que ir de compras”. Y ni sueñes con trajes de volantes y lazos porque esos ya no son propios de su edad.

Mi hija, por ejemplo, desaparece en las tiendas y luego me busca con las piezas que le gustaron para probárselas y convencerme de que se las compre. Tiene buen gusto, mi chica. Hasta ahora no se ha antojado de ropa inapropiada, pero evidentemente ha cambiado su forma de vestir. Ahora quiere parecerse más a mí y también a las muchachas grandes. Ya busca zapatos con taco o plataforma y el área de maquillaje y accesorios atrae mucho su atención.

Mi hija ha crecido mucho. Dentro de unas semanas cumplirá nueve años. Observo cómo empiezan a desarrollarse sus pechos, sus caderas se ensanchan, su musculatura se afina… Me salta el corazón y añoro su infancia, pero luego se me olvida y disfruto la etapa en la que está.

Emocionalmente es más madura, aunque puede ir de risa al llano y viceversa, sin previo aviso. No obstante, nuestras conversaciones parecen de dos adultas y me cela más que nunca. Ciertamente en este periodo las amigas cobran más importancia, necesita sentir que pertenece a un grupo con las que tiene cosas en común. Por eso es imprescindible seguir cultivando una buena comunicación, apoyarla en sus actividades e incentivar que tenga buenas amigas y fuertes lazos afectivos.

A los nueve años las niñas son muy competitivas y empiezan a admirar a personas que son ejemplo para ellas. También desarrollan la empatía hacia los demás, e intelectualmente, son capaces de reflexionar con cierta profundidad y comienzan a elaborar una opinión sobre las cosas.

A esta edad son más independientes y autosuficientes. Es un momento propicio para delegar tareas. Ya pueden ordenar su cuarto y cooperar con los quehaceres del hogar. Aunque no lo acepten con mucho entusiasmo, tenemos que enseñarles a hacer sus cosas para que adquieran responsabilidad y comprendan que en el hogar se trabaja para un bien común. Si eres sola con tu hija, como yo, no será fácil. La mía riega mucho y le cuesta recoger, pero aun así debe hacerlo.

Los nueve años abren otra caja de pandora y ante tantos cambios debemos estar alertas y conversar. Nos toca hablar de la menstruación, del aseo personal, de la sexualidad, de los novios, etc. Mi hija ya sabe de todo esto, pero cada niña madura a su ritmo. Lo importante es que estés con ella e identifiques el momento justo para orientarla. No solo seamos madres, seamos su ejemplo y sus amigas mayores.

P. D. De cara a los nueve años… ¡felicidades!