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TENGO A JULIO EN EL BOLSILLO

A Ramonita y J&J

El mes de julio no es solo sol, playa y recreación. También es la temporada de prepararse para el regreso a clases. Para una soltera con compromiso suele ser bastante estresante sumar, restar, multiplicar, dividir y ver los números en negativo. Sí, causa ansiedad, mal humor y coraje. Máxime si es una sola quien cubre los gastos.

Sucede que muchas madres solteras no recibimos la ayuda monetaria que los padres tienen que proveerles a sus hijos. Las causas varían. Algunos se cantan pela’os, otros han tenido la mala suerte de “quedarse” sin trabajo, y los demás no pierden el sueño por estos “pequeños” detalles. Como consecuencia, aquí estamos nosotras arreando con todo, porque cualquier cosa es posible, menos que a nuestros hijos les falte algo. Así que en julio… tomamos menos sol, vamos menos a la playa y nos quedamos más en casa; con el propósito de economizar algunos dólares que luego utilizaremos para consumo escolar.

En mi caso, trabajo todo el verano y aun así los números son negativos. Y cuando reclamo para mi hija lo que le corresponde, me contestan que cambie mi estilo de vida. Así mismo, como si me quedara en casa sin trabajar esperando la pensión para hacerme el pelo y las uñas. Soy una soltera con compromiso, profesional y trabajadora. Mi estilo de vida lo mantengo yo y, por supuesto, el de mi hija. Porque cuando no recibe lo que le toca, ahí estoy yo, supliendo todas sus necesidades y complaciendo algunos caprichos.

Si me preguntan cómo lo hago, tengo dos respuestas. La primera es que agradezco al universo sus bondades y como consecuencia recibo lo que me corresponde por derecho divino. La segunda es que tengo amigos inigualables que velan tanto por mí como por mi hija. Cuando damos gracias recibimos, y no hay esfuerzo vano. Que no debería ser así, estoy de acuerdo y tengo mis luchas al respecto.

Sin embargo, al final lo que importa es que mi hija reciba lo que necesita, por la vía que el universo conspire. Doy gracias por lo que tengo y pido abundancia para los pela’os, empleo para los desempleados y conciencia para los que “duermen” bien. Todo está en perfecto orden. Tengo a julio en el bolsillo.

 

 

 

 

 

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MADRES TÓXICAS

A Nata y July

Los hijos son regalos hermosos que la vida nos da. Sin embargo, son prestados. Nos toca alimentarlos, cuidarlos y educarlos hasta el día que pueden hacerlo solos. Ciertamente queremos lo mejor para ellos y bajo esa premisa, regañamos y castigamos. Sin embargo, ese obsequio es para nuestro crecimiento personal. No hay un amor más grande que el de padres e hijos, ni sufrimiento mayor.

En el proceso de criarlos trasmitimos valores y también estereotipos. Acertamos y erramos. Con el paso de los años, esas pequeñas criaturas van desarrollando su propia personalidad, van definiéndose como personas. Nos corresponde que nuestra relación con ellos inspire confianza para conocerlos mejor, para que no haga falta que nos guarden secretos. Los hijos merecen respeto y muchas veces transgredimos ese precepto.  Con el paso de los años tomarán decisiones que no nos gustarán y desarrollarán gustos que no nos agradarán. No obstante, debemos apoyarlos, sean cuales sean.

Cuando era muy joven me sentía asfixiada ante tanta protección que mi padre me brindaba. Era excesiva. No me sentía cómoda, sino cohibida e infeliz. Un día se lo dije y aunque fue duro para él, porque pensaba que lo estaba haciendo bien, decidió darme mi espacio y prometió que nunca más interferiría en la toma de mis decisiones. Luego de eso, nuestra relación fue mejor. Tomé decisiones equivocadas, pero nunca me juzgó, su apoyo fue incondicional. Estoy segura que hice cosas que le rompieron el corazón, pero jamás dejó de amarme y demostrarme que era la persona más importante en su vida.

Aunque esa fue mi experiencia, no es la de todos los hijos. Tengo amigas cuyas madres son tóxicas y pretenden administrarle la existencia y hasta los pensamientos. Olvidan que los hijos tienen su propia vida y merecen vivirla como les plazca, a pesar de que, en ocasiones, no sea de su agrado. Hay madres tan justicieras que en otra época hubieran sido un terrible verdugo. Espero no ser así, jamás.

Creo que las madres podemos ser amigas y cómplices de nuestras hijas, en lugar de forzarlas a tomar decisiones que les marcarán la vida. Que se casen si lo desean, que convivan si es lo que quieren. Las madres no deben obligar a sus hijas a un matrimonio, que para bien o para mal, será solo de ellas. Que se acuesten con hombres si es su preferencia o con mujeres, si ese es su anhelo. Importa más que las amen, no que complazcan a otros, ni que sean víctimas de prejuicios sociales. Que tengan hijos si les complace, no exijan nietos como si fuera un pedido que ordenan por internet y les llega por correo, ¡qué bastante difícil es criar! Que estudien lo que les apasione, en lugar de decirle que se van a morir de hambre si escogen equis carrera. Si algo vamos a exigirles, demandémosle que sean felices.

Un viejo sabio dijo que en la medida que juzgamos dejamos de crecer porque solo somos capaces de ver un fragmento de la historia y no sabemos lo que ocurrirá mañana. En la medida que enjuiciamos dejamos de ser uno con el todo porque nos obsesionamos con una parte de la totalidad, y ni crecemos ni dejamos crecer. Evitemos ser madres tóxicas y disfrutemos del privilegio divino de ver a nuestros hijos formarse como hombres y mujeres únicos y dichosos. Seamos parte de su felicidad, jamás de su fatalidad, porque el amor de una madre debe aspirar a la complicidad.

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UN SOLTERO EN MI COCINA

A J&J

La “esclavitud” de mi madre a la cocina contribuyó a que yo no simpatizara mucho con el arte culinario. Máxime cuando aquel verano que Mami se fue un mes de vacaciones, me tocó ocupar su lugar, tres veces al día. Luego, mi padre bromeaba diciendo que cocinaba mejor que mi mamá y la sola idea de estar terminando el desayuno, pensando qué prepararía para el almuerzo, me espantaba. A raíz de esta experiencia, le perdí el amor a la cocina. No pienso en ella como un espacio creativo, sino como un terreno de sumisión.

Sé cocinar, pero pocas veces lo hago. Mi hija y yo sobrevivimos, no por mi mano. Lo bueno de esto es que Sofía Valentina ha aprendido a defenderse muy bien en ese espacio. Hasta creativa se pone, de cuando en vez. Lo no tan bueno es que me despisto de tal manera que los comestibles expiran en mi nevera y en mi alacena.  Y que eso de tener variedad de utensilios de cocina, no lo conozco.

Un soltero en mi cocina es testigo de ello. ¿Qué cómo es eso? Les cuento. Él es un soltero bien criado, por una mamá soltera (lo que no debe ser casualidad). Como su compromiso es él, es un hombre independiente y autosuficiente. Tanto así, que se fija en esas nimiedades como las fechas de expiración en los comestibles. Y en esas changuerías de que hay un cuchillo para cortar la carne y otro para picar el pan.

La primera vez que me vació la nevera y me regañó por un despiste inadmisible como el hecho de tener tantos artículos expirados, quedé patidifusa. Tanto así que, en lugar de ponerme pico a pico con él, como suelo hacer, me quedé en silencio. Luego me reí de su osadía y no le presté mucha importancia.  No obstante, ahora hasta le advierte a mi hija que revise las fechas de expiración antes de consumir lo que le ofrezco. Ya no me sorprendo, ahora me río.

Sin embargo, este soltero no entiende la palabra multiuso. ¿Qué es eso de pedirme un cuchillo para cortar la carne y otro para picar el pan? “Lo que tengo es un cuchillo multiuso”, le dije mientras le acercaba el filo. En mi biblioteca tengo buena variedad y separo los libros por autores y géneros literarios, pero en mi cocina no hay multiplicidad y la organización es algo incierta.

El soltero en mi cocina me ha dado buenas lecciones, a pesar de que aparente ignorarlo, siempre lo escucho y algunas veces le hago caso. En repetidas ocasiones intenta imponer orden a lo que él cree que es un desorden, pero en eso se equivoca, no hay tal desorden. Solo existe la diferencia de la “etiqueta”. Él siempre es bien “formalito”, yo una libertaria. Lo que es genial, porque nos divertimos más.

El hecho de que casi no cocine, no me hace mala madre porque me ocupo de que mi hija se alimente y como ven, está en perfecta forma y salud. No obstante, la experiencia en la cocina con un soltero experimentado y muy educado en esas artes, es refrescante y la disfruto, mientras Sofía Valentina observa, comenta, participa o me defiende.

P. D. Al soltero en mi cocina ahora debo que lea las etiquetas y encienda más la estufa.

 

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LAS BUENAS MADRES NUNCA MUEREN

A Maritere, Lugo y Alana

Las buenas madres nunca mueren. Se van del plano físico, como es natural, pero se quedan en nosotros para siempre. Hasta las nenas de papi sufrimos más la muerte de mami.

Recientemente dos de mis mejores amigos perdieron a sus madres y una buena amiga dejó a su hija huérfana. Han sido semanas de sentimientos encontrados. Tristeza por el dolor de ellos, tristeza por mi propia pena. No hay pérdida que se compare a la de una madre, pero sobrevivimos a ella, por naturaleza. No pasa un día sin que las recordemos. Unas veces con alegría, otras con nostalgia, incluso con coraje…

Las madres nunca mueren. La mía está a punto de cumplir nueve años de haberse ido, pero ese tiempo no pasa. Los recuerdos son tan vívidos como los de ayer. Cuando se van es como si transmigraran a cada hijo. Así siento a la mía y me asombra cuando la escucho en mi voz. No se quedan en los objetos que le pertenecieron, su esencia nos habita, misericordiosamente.

Cuando tengo dudas ahí está ella, aclarándolas. Cuando cometo errores, aparece reprendiéndome.  Pelea conmigo en mis sueños como cuando vivía y nunca ha estado tan cerca como ahora. Creo que cuando se van, la mejor forma de honrarlas es escuchándolas, porque se vuelven un susurro en nuestro oído y aunque nos pese reconocerlo, siempre tienen razón.

Algunos me critican porque jamás he visitado la tumba de mi mamá. No me nace, no puedo ir a buscarla donde no está. Sin embargo, en mi casa, florece todos los años en la misma fecha y en mi corazón, habita.

Espero vivir muchos años para que mi hija no sufra, para pasar mucho tiempo con ella y disfrutarla. Ojalá que la vida me alcance para amarla lo suficiente y para quedar en ella, cuando me muera. ¡Qué sean tantos los recuerdos y no me extrañe, qué sea mi vida un ejemplo para guiarla!

Así que amigos míos, a pesar de que la pérdida de la madre es invaluable, la ganancia de conocerlas a través de los sentidos es casi inexplicable. Su forma de revelarse y sostenernos es comparable solo con la divinidad.  Entre risas y lágrimas ellas siempre están. Las buenas madres nunca mueren: ¡honrémoslas!

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ASUME

Seguramente, al leer el título, muchos piensan que hablamos del sustento de menores ya que, en Puerto Rico, así se conoce a la organización gubernamental que atiende este asunto. No obstante, no se trata solo de eso. Asumir es hacerse cargo, responsabilizarse de algo, aceptarlo. Así que va más allá de la manutención. Cuando un padre tiene el deber de mantener a un hijo y el privilegio de compartir con él, debe asumir otros compromisos porque su bienestar va más allá de lo económico.

Hay veces que el padre que tiene la obligación de pasar la pensión, piensa que le está dando dinero a la madre y duda que esta lo manejará adecuadamente. En ese caso debería tener al hijo, por lo menos un mes, y asumir todos sus gastos y caprichos para que entienda que poco es suficiente porque las madres hacemos milagros. Doy fe de ello cuando he sobrevivido muchas veces sin la aportación económica del padre de mi hija y la gracia divina ha multiplicado nuestro pan y nuestros peces. Cuando el proveedor incumple con su obligación, las madres trabajamos más y hacemos malabares para que nuestros hijos no sufran ningún impacto.

Sin embargo, además del deber económico, existe el cometido moral. Si el padre goza del privilegio de pasar tiempo con sus hijos, no debe perderlo porque el momento que pasa ya no vuelve. A veces los papás buscan a los niños y en vez de disfrutar con ellos, los dejan con un familiar, o se los llevan a hacer cosas de adultos y no comparten tiempo de calidad con ellos. Eso también es asumir, ya que la responsabilidad de un padre es saciar todas las necesidades, y la parte emocional es sumamente importante. Un hijo que no se siente amado, no es feliz.

Los hijos crecen y con el paso del tiempo van comprendiendo cosas que en un momento no entendían o no percibían. De allí nace el vacío, el reproche y la tristeza por aquello que entienden que les faltó. Podemos herir a nuestros hijos accidentalmente, pero lastimarlos a causa de nuestra imprudencia, es desleal. Asumir lo que es ser madre y padre es encargarse de toda la complejidad de otro pequeño ser humano.

Yo asumo:

  • Asumo los buenos días, el beso y el abrazo mañanero.
  • Asumo la tranquilidad y la fe cuando la dejo en la escuela.
  • Asumo las tareas diarias y los caprichos furtivos.
  • Asumo su esparcimiento, su aseo, su descanso.
  • Asumo el cuento nocturno y el abrazo en la cama hasta que llega el sueño.
  • Asumo que esté bien física y emocionalmente.

¿Qué asumes tú?

P. D. Esta columna está escrita desde mi perspectiva como madre, pero me consta que puede ser a la inversa. Seamos juiciosos.

 

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CASADAS, PERO… SOLAS

A las titanas que conozco

Conozco mujeres casadas, pero… solas. Son unas madres titanas. Y admito que no quiero igualarlas.

Estas increíbles mujeres trabajan fuera del hogar, se levantan casi de madrugada para preparar y llevar a los niños a la escuela. Los dejan y son como el corre caminos, llegan puntuales a su trabajo. Cumplen eficientemente su jornada y salen como un petardo a buscar a los hijos a la escuela para llevarlos a las prácticas de deportes, de baile, de lo que sea. Mientras sus hijos están en eso, ellas no están conversando con los demás. Siguen trabajando o estudiando desde sus pequeños ordenadores. Luego, celebran lo bien que lo hicieron los chicos mientras van camino a la casa, si no es que hay que detenerse a comprar algo de última hora. Llegan y revisan que las tareas estén hechas, si falta alguna, a trabajar. Mientras los hijos se bañan y se preparan para descansar, estas mujeres cocinan, limpian y dejan todo listo para, al otro día, volver a empezar. Uf, solo con relatarlo estoy exhausta.

Conozco mujeres casadas, pero… solas. Son unas madres titanas. Y admito que no quiero igualarlas. No es un error, lo repito adrede. ¿Dónde están los maridos de estas mujeres? ¿O por qué estas mujeres están casadas? ¡Lo hacen todo solas!

Le he preguntado a algunas sobre este tema. Comparto algunas repuestas anónimas.

  • Mi marido cree que llevar a los niños a la escuela es cosa de mujeres.
  • Yo no delego la educación de mis hijos a su padre porque es incapaz de comprender cómo funciona.
  • Él siempre se levanta más tarde y piensa que su trabajo es más importante que el mío.
  • Mi esposo no puede ir a las prácticas porque termina discutiendo con los otros papás.
  • Mi marido no tiene hora de llegada.
  • Si delego algo en mi esposo, se le olvida.
  • A mí me gusta hacerlo todo, mi matrimonio es por costumbre.
  • Me basta con que él pague las cuentas.
  • Los maridos son como tener otro hijo, esperan que una les haga todo.
  • Ahora que lo preguntas y recapacito, no sé por qué hago todo sola.

Admiro el gran esfuerzo de todas estas mujeres que se esmeran como madres para que sus hijos tengan lo mejor. Sin embargo, no comparto la idea de que si tienen un compañero todo el trabajo del hogar y la crianza recaiga solo en ellas. Es agotador y sumamente machista (por ellos y por ellas). Avalo “la ayuda idónea”.

Prefiero vivir pausadamente, de forma más sosegada y respirar la libertad de ser Soltera con Compromiso.

 

 

 

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¡QUÉ BUENA VIDA!

Aunque se trata de una expresión muy común, encierra un significado muy profundo. ¿Qué es una buena vida? ¿Tengo una buena vida? ¿Contribuyo a que mi hija la tenga? Esta simple pregunta es un tema de profunda reflexión. Creo que debemos detenernos en distintos momentos de nuestro camino y examinar cómo estamos viviendo. Es lo que he hecho en estos días…

Claro está, el significado a esta interrogante puede ser distinto para todos. Para unos puede significar riqueza y placer, para otros; salud y paz, y así sucesivamente. No obstante, para mí, es una vida con propósito, alegría y satisfacción. Sin embargo, el propósito no es un camino recto al que se llega sin desvíos, por el contrario, es un laberinto. Por eso en distintos momentos podemos sentir que hemos perdido nuestro norte y nos toca arrear en busca de la salida que nos lleve nuevamente a ese sendero. En este proceso solemos perder la alegría, ya que nos invade la ansiedad ante nuestros pasos perdidos. Y como efecto dominó, la satisfacción de una buena vida, desaparece momentáneamente.

¿Qué hacer entonces? En mi caso, me detengo y pienso. No se trata de mí solamente, tengo a cargo la crianza de una niña, por lo que el llevar o no llevar una buena vida tiene un impacto en ella y es un asunto muy serio. Me toca soltar el ancla, examinar el horizonte y, poco a poco, halar la cuerda. Para lograrlo intento seguir algunos pasos, por ejemplo:

  • Disfrutar la alegría de los sencillos placeres de la vida: Un vino, un café, una buena lectura o conversación, un rato en mi balcón, la sonrisa de mi hija, los juegos con mi mascota…
  • Ayudar a hacer de este mundo un lugar mejor: Es importante tener una participación cívica. Ayudar a los demás y trabajar por un bien común, siempre trae satisfacción.
  • Ser agradecidos: La gratitud es un aspecto importante de la buena vida. Nos ayuda a superar la sensación de no tener suficiente.
  • No preocuparnos por las cosas que no podemos controlar: No somos capaces de controlar una gran variedad de eventos en la vida, pero sí de manejar nuestras respuestas ante estos eventos.
  • Valorar y mantener las relaciones interpersonales: Nada es más grato que pasar tiempo con las personas afines a nosotros, reír, charlar y disfrutar de esa compañía.
  • Vivir nuestras pasiones: Hacer lo que nos apasiona, nos da una sensación de plenitud, de realización y de verdadera satisfacción.
  • Vivir el momento: En lugar de estar atrapados en el pasado o temerosos sobre el futuro, debemos de disfrutar ahora, “Carpe diem”.

Desentender el rumbo que marca la brújula es permisible, perderla; inadmisible. Vivir una buena vida es tarea de todos los días. Reconocer que no nos fue bien; también. Detenernos siempre que haga falta y redirigirnos, es el reto que debemos enfrentar. Una vida con propósito, alegría y satisfacción, no se alcanza en un momento para siempre: se tiene, se pierde y se vuelve a tener. Con mucho esfuerzo. Nuestro bienestar es la garantía del equilibrio de nuestro hogar.

 

 

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TARJETAS, DULCES, AMOR ES…

Hace unos años, el día de San Valentín, mi hija regresó a casa con varias tarjetas dedicadas a su nombre. Recuerdo que cuando encontré la primera, en tono de broma, le pregunté que quién era el fulano. Luego siguieron apareciendo tarjetitas en el bulto, entonces me di cuenta que se trataba del tradicional intercambio de postales de San Valentín, que celebran en las escuelas. Sin embargo, yo, madre primeriza, no había comprado cartitas para los compañeros de Sofía. De esa ocasión aprendí que hay ciertos ritos que celebrar.

Recuerdo que cuando yo era pequeña tenía un traje blanco repleto de corazoncitos rojos, que mi mamá me ponía para ir a la escuela el día de San Valentín. De modo que era la niña más acorazonada del patio escolar. Para aquella época también repartíamos tarjetas de amistad a nuestros compañeros, solo que muchas veces, las hacíamos nosotros mismos. Además, coronaban a una reina y a un rey de corazones, que nosotros elegíamos por simpatía.

Hoy día veo el entusiasmo que Sofía Valentina le presta al famoso 14 de febrero y evoco la inocencia de aquellos años de infancia. Para ella es toda una ocasión porque es un día de fiesta en la escuela. Como ya está más grande se esmera en escoger la ropa casual que se pondrá y el peinado que se hará. Por supuesto, presta especial interés en los dulces que se comerá, en lo mucho que va a brincar y a bailar y en los detalles que le va a ofrecer a sus amigos, compañeros y maestras. Me toca entonces avalar su entusiasmo y lo hago con mucho gusto. Este año compramos pulseras de dulces que vienen en empaques individuales y con espacio para la dedicatoria.

Como todo momento es bueno para alguna lección de vida, le pedí a mi hija que hiciera un dibujo que representara a nuestra familia en San Valentín. Aquí se los comparto: Pepe, ella y yo. Me parece que es un dibujo muy lindo y representativo de nuestro amor. Ese amor que damos cada día a nuestra familia, amigos, compañeros… Pequeños gigantes que irradian luz en nuestros corazones.

Celebrar el amor y la amistad es cuestión de cada día, los insignificantes detalles son los grandes regalos. Mi hija es un ser de amor como todos los niños. Ellos son el verdadero significado del amor: sin prejuicios, inocente y desinteresado. Mis aplausos y reverencia a esos cachetitos rojos y sudados, que juegan libremente y corren hacia nosotros a abrazarnos. ¡Feliz día del amor y la amistad, todos los días!

 

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¿QUIÉN ES LA MADRE PERFECTA?

Mi madre era discreta, hogareña, laboriosa. Siempre estuvo pendiente de sus tres hijos, su esposo, la casa, la familia. Cuidó de todos hasta el último día de su vida. Pero ahora pienso en ella y me parece que muchas veces estaba triste. Hay cosas que probablemente no supe de ella. En alguna etapa de nuestras vidas, reñimos mucho, pero era mi madre y punto. Nunca pensé si era la madre perfecta, ni si hubiera preferido a otra.

Hace 8 años que me convertí en madre. Ya la mía se había ido, pocos meses antes. De modo, que ella no estuvo en mi “baby shower”, ni en mi parto, ni en los primeros días en los que estuve en casa. No podía llamarla por teléfono cada vez que tenía dudas de lo que estaba haciendo. Operé por instinto, si es que eso es válido.

Contrario a mi madre, soy soltera, tengo solo una hija y tomo todas las decisiones pertinentes a mi vida y a las de la niña que estoy criando. Son dos cuadros diferentes. Curiosamente, a veces, procedo de cierta forma en las que actuó ella, o pronuncio palabras que ella dijo, incluso en el mismo tono. Mis manos cada día se asemejan más a las de mi madre y hay cierta perfección en ellas.

Ser una madre perfecta es el reto de todas las que criamos, porque pensamos que eso es posible. A lo mejor, a muchas les ha pasado como a mí. Hay ocasiones en las que regaño a mi hija, le prohíbo hacer algo, le quito tiempo, le grito y luego pienso: “que mala madre soy, mi hija merece más”. Y es una pena que nos llevamos a la almohada cuando nos acostamos a dormir.

Sin embargo, amanece y la vida nos da una nueva oportunidad porque es mentira que seamos malas madres. Somos personas, seres humanos llenos de complejidad. Y en nuestro caso, somos mujeres empoderadas, guías únicas de nuestra vida extendida. Los errores son parte del quehacer, hay que cometerlos. En el futuro, si mi hija se convierte en madre, habrá aprendido de ellos, repetirá algunos, superará otros. Como he hecho yo.

¿Quién es la madre perfecta?, esa pregunta tiene respuesta. Se la hice a mi hija y ella me dijo que era yo, porque la amaba y la cuidaba. No mencionó los regaños ni las malas caras. Estoy segura que si mi madre me hubiera hecho esa pregunta a la edad que Sofía Valentina tiene, yo le hubiera respondido igual. No obstante, ahora que soy adulta, que soy madre y que extraño a la mía hace 8 años, puedo afirmar que ella fue una madre perfecta y es una pena que nunca se lo haya dicho.

Las madres perfectas no son solo las que paren, ni las que crían, son las que vivas o muertas, permanecen como una luz guiando tu vida, afirmando tus pasos, consolando tus penas. Si cuentas con ese resplandor, tienes la madre perfecta.