equilibrio · propósito · reflexión · relecturas

Divagaciones V (Jamás me abandonaré)

Si quieres controlar tu vida, tienes que controlar tu mente.

      En lugar de intentar controlar todo lo demás, céntrate en eso.

      -Elizabeth Gilbert-

Doy la bienvenida al año 2022 con nuevas divagaciones. Esta es una reflexión de una segunda lectura del libro Come, reza, ama de Elizabeth Gilbert. Uno de los aspectos más interesantes que tienen algunos libros es que puedes leerlos varias veces y encontrar cosas distintas, no porque se hayan reescrito, sino porque la madurez adquirida a través de las experiencias de vida, nos permiten nuevas interpretaciones. El libro nos acoge como una madre o un padre con los brazos abiertos, dispuesto a dejarnos ser, a reencontrarnos con lo que siempre estuvo allí para nosotros. Pero eso ocurre en el momento en que estamos listos.

Tras dos años muy difíciles en busca de equilibro y hasta de mi propio ser (como habrán leído en las anteriores divagaciones) he hallado en estas líneas mucho esclarecimiento y fortaleza. Son palabras reflexivas que quiero compartir con ustedes con la esperanza de que le den acopio según su necesidad. Cito:

 «Esta es tu oportunidad. Saca todo lo que te hace sufrir. Enséñamelo todo. No ocultes nada». Entonces todos mis pensamientos y recuerdos tristes fueron levantando la mano, uno tras otro, y se pusieron en pie para identificarse. Al contemplar cada pensamiento, cada unidad de sufrimiento, asimilaba su existencia y (sin intentar resguardarme) soportaba la correspondiente congoja. Después decía a cada una de mis penas: «No pasa nada. Te quiero.  Te acepto. Te acojo con el corazón. Se acabó». Y la pena me entraba (como un ser vivo) en el corazón (como si fuera una habitación). Entonces yo decía: «¿Siguiente?» y afloraba a la superficie el siguiente sufrimiento.  Después de haberlo contemplado, experimentado y bendecido, lo invitaba a entrar en mi corazón también.  Esto lo hice con todos los pensamientos tristes que había tenido en mi vida -viajando por años de recuerdos- hasta que no quedó ni uno.

A continuación le dije a mi mente: «Ahora saca toda tu ira». Uno tras otro, todos los incidentes de mi vida relacionados con la furia fueron aflorando y dándose a conocer. Cada injusticia, cada traición, cada pérdida, cada indignación. Los fui viendo todos, uno por uno, y asimilé su existencia. Padecía cada fragmento de ira enteramente, como si estuviera sucediendo por primera vez, y decía: «Entra en mi corazón.  Al fin podrás descansar. Estarás a salvo. Se acabó. Te quiero». El proceso duró horas, en las que yo me columpiaba entre los poderosos polos opuestos de mis variados sentimientos. Tan pronto experimentaba una furia que me hacía crujir los huesos como una frialdad absoluta mientras la ira me entraba en el corazón como quien entra por una puerta, acurrucándose junto a sus hermanos y abandonando la lucha.

La última parte era la más difícil. «Saca toda tu vergüenza», pedí a mi mente. Y Santo Dios, qué horrores vi. Un desfile patético en que estaban todos mis fallos, mis mentiras, mi egoísmo, mis celos, mi arrogancia. Pero los contemplé sin pestañear. «Muéstrame lo peor», dije. Y al invitar a las peores unidades de vergüenza a entrar en mi corazón, se quedaron paradas en el umbral, diciendo: «No. A mí no querrás invitarme a entrar. ¿Sabes lo que he hecho?». Y yo decía: «Sí que quiero tenerte dentro. A pesar de todo sí que quiero. Hasta a ti te acojo en mi corazón. No pasa nada. Te perdono. Formas parte de mí. Al fin podrás descansar. Se acabó». Pág. 344

Al acabar, me quedé vacía. Ya no tenía la mente en guerra. Me miré dentro del corazón y me asombró lo grande que me pareció. Le quedaba mucho espacio para la bondad. Aún no estaba lleno, aunque había cobijado y atendido a todos los calamitosos golfillos de la tristeza, la ira y la vergüenza; sabía que mi corazón podía haber recibido y perdonado aún más. Su amor era infinito. Comprendí entonces que así es como Dios nos ama y recibe a todos […]

Pero también sabía, intuía, que ese remanso de paz era temporal.  Sabía que la labor no estaba terminada del todo, que mi furia, mi tristeza y mi vergüenza volverían a hacer acto de presencia, huyendo de mi corazón y volviendo a instalarse en mi cabeza.  Sabía que volvería a enfrentarme a esos pensamientos, una y otra vez, hasta que lenta y decididamente cambiase mi vida entera. Iba a ser una labor ardua y agotadora. Pero en la silenciosa penumbra de aquella playa mi corazón le dijo a mi mente: «Te quiero. Jamás te abandonaré. Siempre cuidaré de ti». Esa promesa me salió flotando del corazón y la atrapé con la boca, donde me la guardé, saboreándola mientras me iba de la playa a la caseta donde vivía. Saqué un cuaderno sin usar, lo abrí por la primera página y entonces abrí la boca por primera vez, pronunciando esas palabras en el vacío de la habitación, dejándolas salir en libertad.  Quebré mi silencio con esas palabras, cuyo colosal significado documenté a lápiz en la página: Te quiero. Jamás te abandonaré. Siempre cuidaré de ti».* Pág. 345

De estas últimas palabras escogí el título de esta quinta divagación: “Jamás me abandonaré”. De nuestros sufrimientos, nuestras iras y nuestras vergüenzas, surge el abandono de nuestro propio ser. Nos juzgamos duramente, nos desamamos y esto provoca un terrible desequilibrio. Necesitamos perdonarnos y dejar crecer nuestro amor propio para tener una vida con propósito. Ardua tarea. Un día a la vez.

*Citas de:
Gilbert, E. (2010) Come, reza, ama. Santillana USA Publishing Company, Inc.  
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P. D. Imágenes cortesía de Pixabay

destino · equilibrio · madre e hija · reconstrucción · valentía

[20]-[21]

“Los hechos llegarán por sí mismos, aunque yo los oculte con mi silencio”.

Tiresias (Edipo Rey)

¿Saben cómo la naturaleza nos alerta de una posible erupción volcánica? Según los estudios científicos, ocurre mediante una especie de grito agudo que deriva de la frecuencia de los temblores sísmicos previos a la erupción. Este acontecimiento es la mejor metáfora 20-21 que puedo nombrar. El año 2020 fue sísmico para la mayor parte de la humanidad, pero el 2021 para mi hija y para mí ha sido volcánico. La soledad impuesta por el encierro y el abrupto cambio de la rutina de nuestras vidas fueron el sismo que llevó a la erupción volcánica. Si bien es cierto que una explosión acarrea desolación, también es cierto que podemos utilizar las cenizas para reconstruir. Así lo hacen los agricultores cuando excavan conos en la capa de ceniza para que las plantas enraícen más fácilmente en suelo volcánico. Mi hija y yo hemos sufrido graves quemaduras, pero con las cenizas reconstruiremos, enraizaremos nuevas plantas en nuestra tierra, no importa el tiempo que nos tome.

Cortesía de Pixabay

El universo conspira y no nos deja desprovistos. La lectura de un libro me enseñó que no podemos cambiar las costumbres, pero sí crear nuevos hábitos, lo que equilibra perfectamente la balanza. Esta lección me llevó a establecer nuevas prácticas que me ayudaron a alcanzar el equilibrio. Entonces me sacudieron el piso para probar cuánto balance tenía.  ¿Y qué creen que pasó? ¿Me sostuve como acróbata? ¡Claro que no! Empecé a dar vueltas en el aire en medio de un vacío. La cabeza en los pies. Los pies en la cabeza. Hasta que poco a poco fui agarrando la cuerda, columpiándome.

Estuve un tiempo como en Babia. Tocaba mi pecho y no sentía el corazón. No podía llorar. No podía gritar. No sentía nada. Creí que estaba muerta. Pero después empecé a experimentar una fuerte ira y me sentí capaz de convertirme en una feroz depredadora que defendería a su cría con garras y dientes. Fue entonces que agarré la cuerda. Comprendí que el equilibrio que había logrado antes fue el que me preparó para alcanzar el trapecio. Me enseñó a balancearme en la cuerda floja y a comprender que el infinito no tiene principio ni fin. Es un ciclo. El nuevo hábito de cultivar mi espiritualidad, meditar y practicar yoga, asentó la tierra de mis entrañas para sobrevivir a la erupción volcánica. Aprendí a sembrar, a ser una con la tierra. En mi jardín he visto florecer, he visto morir y he tenido que podar casi hasta el tronco para ver renacer. Otra metáfora de mi vida.

Cortesía de Pixabay

Este año volcánico he cuestionado hasta mi propia maternidad. Lo que es brutal. Mi hija es carne de mi carne, sangre de mi sangre, una parte de mí. Por ella sufro cualquier pesar que la embargue. Lo que contradice esa idea romántica de que lo mejor que le ocurre a una mujer es ser madre. Una mujer no es más ni menos si ha procreado o no. El amor de una madre es profundamente doloroso. Aprender a ver a una hija como un ser independiente que debe vivir su propia vida y resistir sus propias tormentas, es atropellante. Aceptar que por mejores madres que seamos no somos omnipresentes y no podremos salvaguardarlas del mal ajeno, es devastador. No poder sanar su corazón, no poder cambiar sus pensamientos, es una agonía. Soportar que la traición la golpee inevitablemente, es un calvario. ¿Qué tiene esto de romántico? Solo el sentido literal de la palabra porque la buenaventura de ser madre es un idealismo.

No obstante, debo pagar el precio de conocer el acertijo de la esfinge. Somos criaturas que en la mañana caminamos en cuatro patas, al medio día en dos y en la noche en tres. El destino de cada uno es inminente porque cada espíritu que está en este plano viene a vivir su propia experiencia humana, quizá repetidamente hasta estar listos para ser Uno con el Todo. Así como soy protagonista de mi historia, lo es mi hija de la suya. Si me dejo llevar por los recientes acontecimientos creo que madurará y comprenderá los misterios de la vida mucho antes de lo que yo lo he hecho. Creo que será más fuerte que Consuelo (su bisabuela) y Consuelo (su madre). Me parece particularmente interesante cuando recuerdo las recientes palabras que me dijo mi abuela Consuelo: “Ya queda poco de tu abuela”. Mientras su mirada me decía “prepárate” exactamente igual que hace 12 años cuando ella y tía Mary me dijeron “tienes que prepararte”. En ese momento mi papá estaba muy enfermo y poco después se despidió de mí con una mirada que me arrebató el mundo y me dejó en un mar de lágrimas. Suceso que solo le conté (en aquel momento) a mi madre quien evitó las despedidas.

En fin, creo que mi abuela intenta pasarle el cetro a la persona equivocada porque sospecho que Sofia Valentina nos superará en demasía. Solo tiene 12 años e ignora lo fuerte y valiente que es (escogí bien su nombre).  Lo que ahora mi hija cree que es demasiado para ella no es más que el anticipo de su fortaleza. ¡Qué grande es mi niña, qué valiente!

P. D. Abuela ponte pa’ tu número porque ni en sueños estoy lista para dejarte ir (aunque sea muy egoísta de mi parte).

Cortesía de Pixabay

Septiembre (fragmento)

Septiembre, me debes turbulencias, penas, dudas…

Me debes un duelo, una tumba vacía,

un muerto en fuga…

[…]

Pero me ganas, septiembre.

Me ganas un corazón ardiente como el infierno,

me ganas una fuerza como de Hércules

y una fiereza de Can Cerbero.

¿Qué recriminarte, septiembre?

[…]

Inconcluso.S, 2014