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DIVAGACIONES DE MEDIO SIGLO

Para todos mis seres amados

Medio siglo no parece ser tanto tiempo cuando tengo vívidas memorias de mi infancia. Los paseos en carretilla que me daba mi hermano, Robert. Los juegos de mi papá fingiendo que me comería; la vez que se puso una careta para asustarme. La complicidad de mi madre cuando me pintaba las uñas o me cortaba la pollina. La ocasión en que mis dos hermanos y yo nos acostamos juntos para esperar a los reyes magos. Mi primera mascota, un gato blanco que nunca tuvo nombre y se subía por la ventana para dormir conmigo. Aquella muñeca casi de mi tamaño que me regaló mi abuela. Y el cielo siempre estrellado que no he vuelto a ver…

El tiempo solo es la disposición del alma… Lo cierto es que ha pasado medio siglo y eso suena como si fuera muy vieja. Pero recientemente entreabrí mi tercer ojo y este despertar intuitivo es el comienzo de otra etapa de mi vida. Debo seguir mirando hacia adentro, conociéndome más profundamente y dándole espacio a la percepción extrasensorial. El tercer ojo es la metáfora de nuestra capacidad de ver más allá de la realidad, en un plano espiritual que potencia nuestras emociones, nuestro ser y nuestra alma.

Cada etapa de la vida tiene su razón de ser. Lo comprendemos una vez que la pasamos y quisiéramos volver a ella. Cuando era niña quería ser señorita, cuando llegué a esa etapa quise ser adulta y cuando desperté a la adultez la vida se volvió tan complicada que anhelé los años juveniles en los que vivía sin responsabilidades, bajo el cuidado y protección de mis padres. ¡Era tan feliz y no lo sabía!

Nacimos, crecemos, maduramos… Luego comenzamos a perder seres amados. Llega la muerte o la distancia y el corazón se nos arruga, inevitablemente. Aunque es parte de la vida no es el momento más lindo. Lloramos, nos fortalecemos, volvemos a reír, volvemos a llorar.

Viviendo

La vida debe golpearnos fuertemente para comprender que cada año cumplido es un privilegio. Envejecer con dignidad es un regalo. Cada surco en el rostro es una batalla ganada. Ahora lo entiendo. Hay que llegar a esta edad para volver atrás y valorar cada experiencia.  Estas nos hacen crecer y nos enseñan a mirar hacia adentro; donde el tiempo no tiene principio ni final, donde está nuestro espíritu viviendo una experiencia humana necesaria.

Yo, como todos ustedes, estoy en medio de acontecimientos que hace unos años eran historias en un salón de clases. Cosas que le había pasado a otra gente, en otra época. Desastres naturales, pandemias, guerras… Experiencias materiales que nos ayudan a comprender su significado en la vida personal de cada uno.

En mi caso, las consecuencias pandémicas me conectaron más con el silencio, lo que me ha llevado a descubrir y a practicar la meditación para conectar conmigo. La intuición ha despertado y me ha llevado a la visualización y a la contemplación de mi propio ser. Trabajo, cada día, en fomentar la compasión personal. No soy una iluminada, pero centrarme en el momento presente, en el aquí y ahora, me llena de paz, me da sosiego. Y tenía que llegar al medio siglo para entender que el verdadero significado de la vida es permitirle al espíritu trascender. Cuando era más joven no pensaba en esto, no estaba lista.

Sembrar, cuidar y cosechar… Me crie con un padre y una madre que hacían eso todo el tiempo, pero no era algo que me interesara. Muchos años después, como otra consecuencia pandémica, me dio por tener un jardín en mi balcón. Aunque mi interés inicial era meramente ornamental, el propósito universal era mucho más profundo. Así aprendí a cortar ramas secas para que la planta pudiera seguir fortaleciéndose, creciendo y floreciendo. Así aprendí a aplicar remedios y abonar la tierra. Así aprendí que, con los cuidados necesarios, con paciencia y a su tiempo, una planta marchita puede volver a florecer. Así aprendí que algunas simplemente mueren porque cumplieron su propósito. ¿Son acaso las plantas menos que yo? ¿Menos que tú?

Esta experiencia me ha ayudado a comprender el ciclo de la vida, de forma tangible. Me ha enseñado a practicar cada paso, en mi vida cotidiana. Me ha permitido entender la trascendencia de la vida espiritual. Enfocarme en mí, no es egoísmo, sino parte del propósito del Ser, de conectar con la Divinidad, de volverme una con el Todo.

En estos años he aprendido y desaprendido. Lo segundo es más difícil porque hemos sido domesticados. ¿Recuerdan al zorro y al principito? Cuando nos domestican nos enseñan un sistema de creencias y dependemos de otros. Sin embargo, para alcanzar la libertad tenemos que aprender a usar nuestra mente y nuestro cuerpo para vivir nuestro propio sueño y nuestra propia vida. Después de todo, la lección del zorro no es solo para el principito (El principito, Sainz-Exupéry). Nos toca desaprender para aprender a manifestar nuestra propia divinidad mediante el amor propio y el amor universal. Soy muy afortunada y estoy agradecida de mi familia, mis amigos, mis lectores.

Agradecida

Gracias a la vida que me ha dado tanto
me ha dado el sonido y el abecedario
con él las palabras que pienso y declaro […]

M. Sosa.

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DE CARA A LOS NUEVE

El otro día fui a tomarle una foto a mi hija y cuando hizo la “pose”, quedé de una pieza. Lo que veía a través del lente ya no era una bebé ni una niña muy infantil. La mirada de sus ojos, el gesto de sus labios, el vestido largo, moderno y las sandalias de plataformas me alertaron: “¡Mamá, estás de cara a los nueve años!”

Cuando las niñas llegan a esta edad, nos enfrentamos a una transición entre la infancia y la pubertad. Ocurren cambios físicos y emocionales. Es todo una aventura y un nuevo reto. De pronto amanece, los vestidos le quedan muy cortos, los pies no entran en sus zapatos y te dicen: “Mamá, hay que ir de compras”. Y ni sueñes con trajes de volantes y lazos porque esos ya no son propios de su edad.

Mi hija, por ejemplo, desaparece en las tiendas y luego me busca con las piezas que le gustaron para probárselas y convencerme de que se las compre. Tiene buen gusto, mi chica. Hasta ahora no se ha antojado de ropa inapropiada, pero evidentemente ha cambiado su forma de vestir. Ahora quiere parecerse más a mí y también a las muchachas grandes. Ya busca zapatos con taco o plataforma y el área de maquillaje y accesorios atrae mucho su atención.

Mi hija ha crecido mucho. Dentro de unas semanas cumplirá nueve años. Observo cómo empiezan a desarrollarse sus pechos, sus caderas se ensanchan, su musculatura se afina… Me salta el corazón y añoro su infancia, pero luego se me olvida y disfruto la etapa en la que está.

Emocionalmente es más madura, aunque puede ir de risa al llano y viceversa, sin previo aviso. No obstante, nuestras conversaciones parecen de dos adultas y me cela más que nunca. Ciertamente en este periodo las amigas cobran más importancia, necesita sentir que pertenece a un grupo con las que tiene cosas en común. Por eso es imprescindible seguir cultivando una buena comunicación, apoyarla en sus actividades e incentivar que tenga buenas amigas y fuertes lazos afectivos.

A los nueve años las niñas son muy competitivas y empiezan a admirar a personas que son ejemplo para ellas. También desarrollan la empatía hacia los demás, e intelectualmente, son capaces de reflexionar con cierta profundidad y comienzan a elaborar una opinión sobre las cosas.

A esta edad son más independientes y autosuficientes. Es un momento propicio para delegar tareas. Ya pueden ordenar su cuarto y cooperar con los quehaceres del hogar. Aunque no lo acepten con mucho entusiasmo, tenemos que enseñarles a hacer sus cosas para que adquieran responsabilidad y comprendan que en el hogar se trabaja para un bien común. Si eres sola con tu hija, como yo, no será fácil. La mía riega mucho y le cuesta recoger, pero aun así debe hacerlo.

Los nueve años abren otra caja de pandora y ante tantos cambios debemos estar alertas y conversar. Nos toca hablar de la menstruación, del aseo personal, de la sexualidad, de los novios, etc. Mi hija ya sabe de todo esto, pero cada niña madura a su ritmo. Lo importante es que estés con ella e identifiques el momento justo para orientarla. No solo seamos madres, seamos su ejemplo y sus amigas mayores.

P. D. De cara a los nueve años… ¡felicidades!