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EL ÚNICO EXCESO RECOMENDABLE

El único exceso recomendable es el de dar gracias. Cuando estamos agradecidos no tenemos lugar para las quejas, los lamentos, las frustraciones, mucho menos, para el rencor y la tristeza. Esta importante lección de vida no se aprende de un día para otro. A unos nos toma más tiempo que a otros. A mí, por ejemplo, me ha tomado años y aún trabajo en eso cuando lo olvido.

Lo cierto es que mientras más agradecidos somos más energías positivas atraemos a nuestra vida. Interesantemente, está comprobado que las personas gratificadas viven más y son más felices porque este sentimiento abre la puerta a la prosperidad y a la abundancia. Además, según estudios publicados por universidades y medios noticiosos, las personas agradecidas duermen mejor y se sienten bien al despertar, tienen más fortaleza mental, una mejor salud cardíaca y hasta una reducción en la ingesta de grasa.

Dar gracias no es labor de un solo día, es el secreto del bienestar de nuestras vidas. Si damos gratitudes constantemente tendremos amenos resultados porque el Universo sabrá que estamos listos para salir de donde estamos y llegar a un lugar mejor.

Hace poco comprendí que en lugar de lamentarme porque mis padres murieron debo agradecer cuánto me amaron y las herramientas que me dieron para salir adelante. Desde que hice este cambio de “canal mental”, cuando los recuerdo, (que es diariamente), siento menos coraje y más paz. Me ha tomado nueve años lidiar con esta perdida, los reproches y la culpa, pero durante estos tiempos he aprendido a caminar como si hubiera vuelto a nacer: paso a paso.

Agradezco al Universo la influencia positiva que han logrado en mí las personas que me han guiado este sendero de descubrimiento. Hoy estoy mejor que hace unos años y dentro de varios años más, estaré en un peldaño más alto. “Se hace camino al andar…”, como escribió el poeta Antonio Machado.

Con la clara convicción de agradecer lo que por gracia he recibido, invité a mi hija a que hiciera una lista de 10 cosas que gratificaba y también hice lo propio e intercambiamos listas. Concurrimos en que agradecemos al Universo por nuestras vidas, la salud, nuestros padres, tener una mascota, un techo, comida en nuestra mesa, disfrutar del amor, los amigos y la familia. Yo, por mi parte, igualmente reconozco tener un trabajo que disfruto y me permite sustentar un hogar. Asimismo, compenso al Universo por el regalo y el reto que significa para mí ser madre de Sofía Valentina. Y, por supuesto, gratifico las experiencias vividas…

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DE CARA A LOS NUEVE

El otro día fui a tomarle una foto a mi hija y cuando hizo la “pose”, quedé de una pieza. Lo que veía a través del lente ya no era una bebé ni una niña muy infantil. La mirada de sus ojos, el gesto de sus labios, el vestido largo, moderno y las sandalias de plataformas me alertaron: “¡Mamá, estás de cara a los nueve años!”

Cuando las niñas llegan a esta edad, nos enfrentamos a una transición entre la infancia y la pubertad. Ocurren cambios físicos y emocionales. Es todo una aventura y un nuevo reto. De pronto amanece, los vestidos le quedan muy cortos, los pies no entran en sus zapatos y te dicen: “Mamá, hay que ir de compras”. Y ni sueñes con trajes de volantes y lazos porque esos ya no son propios de su edad.

Mi hija, por ejemplo, desaparece en las tiendas y luego me busca con las piezas que le gustaron para probárselas y convencerme de que se las compre. Tiene buen gusto, mi chica. Hasta ahora no se ha antojado de ropa inapropiada, pero evidentemente ha cambiado su forma de vestir. Ahora quiere parecerse más a mí y también a las muchachas grandes. Ya busca zapatos con taco o plataforma y el área de maquillaje y accesorios atrae mucho su atención.

Mi hija ha crecido mucho. Dentro de unas semanas cumplirá nueve años. Observo cómo empiezan a desarrollarse sus pechos, sus caderas se ensanchan, su musculatura se afina… Me salta el corazón y añoro su infancia, pero luego se me olvida y disfruto la etapa en la que está.

Emocionalmente es más madura, aunque puede ir de risa al llano y viceversa, sin previo aviso. No obstante, nuestras conversaciones parecen de dos adultas y me cela más que nunca. Ciertamente en este periodo las amigas cobran más importancia, necesita sentir que pertenece a un grupo con las que tiene cosas en común. Por eso es imprescindible seguir cultivando una buena comunicación, apoyarla en sus actividades e incentivar que tenga buenas amigas y fuertes lazos afectivos.

A los nueve años las niñas son muy competitivas y empiezan a admirar a personas que son ejemplo para ellas. También desarrollan la empatía hacia los demás, e intelectualmente, son capaces de reflexionar con cierta profundidad y comienzan a elaborar una opinión sobre las cosas.

A esta edad son más independientes y autosuficientes. Es un momento propicio para delegar tareas. Ya pueden ordenar su cuarto y cooperar con los quehaceres del hogar. Aunque no lo acepten con mucho entusiasmo, tenemos que enseñarles a hacer sus cosas para que adquieran responsabilidad y comprendan que en el hogar se trabaja para un bien común. Si eres sola con tu hija, como yo, no será fácil. La mía riega mucho y le cuesta recoger, pero aun así debe hacerlo.

Los nueve años abren otra caja de pandora y ante tantos cambios debemos estar alertas y conversar. Nos toca hablar de la menstruación, del aseo personal, de la sexualidad, de los novios, etc. Mi hija ya sabe de todo esto, pero cada niña madura a su ritmo. Lo importante es que estés con ella e identifiques el momento justo para orientarla. No solo seamos madres, seamos su ejemplo y sus amigas mayores.

P. D. De cara a los nueve años… ¡felicidades!