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LAS BUENAS MADRES NUNCA MUEREN

A Maritere, Lugo y Alana

Las buenas madres nunca mueren. Se van del plano físico, como es natural, pero se quedan en nosotros para siempre. Hasta las nenas de papi sufrimos más la muerte de mami.

Recientemente dos de mis mejores amigos perdieron a sus madres y una buena amiga dejó a su hija huérfana. Han sido semanas de sentimientos encontrados. Tristeza por el dolor de ellos, tristeza por mi propia pena. No hay pérdida que se compare a la de una madre, pero sobrevivimos a ella, por naturaleza. No pasa un día sin que las recordemos. Unas veces con alegría, otras con nostalgia, incluso con coraje…

Las madres nunca mueren. La mía está a punto de cumplir nueve años de haberse ido, pero ese tiempo no pasa. Los recuerdos son tan vívidos como los de ayer. Cuando se van es como si transmigraran a cada hijo. Así siento a la mía y me asombra cuando la escucho en mi voz. No se quedan en los objetos que le pertenecieron, su esencia nos habita, misericordiosamente.

Cuando tengo dudas ahí está ella, aclarándolas. Cuando cometo errores, aparece reprendiéndome.  Pelea conmigo en mis sueños como cuando vivía y nunca ha estado tan cerca como ahora. Creo que cuando se van, la mejor forma de honrarlas es escuchándolas, porque se vuelven un susurro en nuestro oído y aunque nos pese reconocerlo, siempre tienen razón.

Algunos me critican porque jamás he visitado la tumba de mi mamá. No me nace, no puedo ir a buscarla donde no está. Sin embargo, en mi casa, florece todos los años en la misma fecha y en mi corazón, habita.

Espero vivir muchos años para que mi hija no sufra, para pasar mucho tiempo con ella y disfrutarla. Ojalá que la vida me alcance para amarla lo suficiente y para quedar en ella, cuando me muera. ¡Qué sean tantos los recuerdos y no me extrañe, qué sea mi vida un ejemplo para guiarla!

Así que amigos míos, a pesar de que la pérdida de la madre es invaluable, la ganancia de conocerlas a través de los sentidos es casi inexplicable. Su forma de revelarse y sostenernos es comparable solo con la divinidad.  Entre risas y lágrimas ellas siempre están. Las buenas madres nunca mueren: ¡honrémoslas!

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